Nunca pensé que mi familia era numerosa, al menos no hasta nuestro reciente paseo por Ámsterdam. En un país donde la familia promedio tiene 0,68 hijos, ¡una familia con tres es una sensación!

Todo comenzó en el aeropuerto cuando la delegada de la aerolínea nos dijo que harían todo lo posible para ayudarnos con la distribución de nuestros asientos en el próximo tramo de nuestro viaje a Israel. “Aquí tenemos mucho respeto por las familias numerosas”, explicó.

¿Familias numerosas? ¡Sólo tenemos tres niños! Pero bueno, aceptaremos toda deferencia que podamos obtener, especialmente cuando eso significa que la empleada de la aerolínea te escoltará hasta el frente de largas filas. Una vez en Ámsterdam, la gente literalmente nos tomaba fotos en las calles. Finalmente tuve que ponerme firme cuando la gente intentó acariciar a mis hijos. "Somos una familia normal con tres hijos", exclamé yo, "¡no la madre de octillizos!".

Pero la verdad es que viajar con tres hijos tiene sus desafíos, especialmente cuando tienes una escala de diez horas. Primero, está la plegaria en el avión para que algún otro niño en el avión llore más fuerte que el tuyo. Luego está la interminable procesión de bocadillos y juegos que les ofreces a los niños para mantenerlos en calma, pero después de no dormir en una cama durante 28 horas, la razón y la lógica ya no los persuade mucho.

Él piensa que los niños son demasiado trabajo. Y, después de estar sentado detrás de mí durante unas cuantas horas, realmente no podía culparlo.

En el último de los cuatro vuelos que conformaron nuestra experiencia viajera de Pesaj, las cosas finalmente se habían calmado, y yo tenía la esperanza de dormir un poco. Luego el hombre en la fila detrás de mí me empezó a hablar entre los asientos. Primero me dijo que no sabía si quería tener hijos, que son demasiado trabajo. Después de estar sentado detrás de mí durante unas cuantas horas, realmente no podía culparlo. Luego me dijo que también había estado evitando el matrimonio porque es demasiada responsabilidad. Finalmente, me dijo que notó que nos sirvieron comida casher, y que él también era judío. Antes, él acostumbraba comer casher, continuó, pero se puso demasiado caro y lo dejó.

Yo estaba cansado y desgastado, pero algo me llamó la atención –un patrón que estaba emergiendo. No a los hijos –demasiado trabajo. No al matrimonio –demasiada responsabilidad. No a la comida casher –demasiado dinero. ¡Este tipo parecía reacio a invertir demasiado esfuerzo o recursos en cualquier cosa!

Desafortunadamente, no está solo; esta perspectiva es compartida por millones en todo el mundo. Esta perspectiva es parcialmente responsable por el rápido decrecimiento de la tasa de natalidad en los países en vías de desarrollo, por la creciente proporción de gente que elige no casarse nunca, por la creciente tasa de divorcio, y por la tendencia a la baja en las labores de voluntariado social que procedió a la actual recesión.

Un artículo recientemente publicado en la revista Newsweek titulado: “Desanimado camino hacia la paternidad” destaca esta idea. El subtítulo declaró audazmente: “Creí que ser padre sería fácil. Pero poco después del nacimiento de mi hijo, estaba buscando una salida”. Aquí hay un extracto de ese artículo:

"Cuando llegó un hijo a mi vida, fue como si algo inmenso y codiciado hubiera sido sacado a cambio, y la transacción me dejó tambaleado, como alguien que acaba de apostar su alma. Caí en un pozo de depresión tan profundo que ni siquiera era consciente de él… Nuestro matrimonio recibió un golpe fatal… Un día, me senté en el piso de madera al lado de mi hijo, los dos estábamos exhaustos. Mi hijo comenzó a llorar. Luego comencé a llorar yo también. En realidad, gritamos. No sé por qué estaba llorando él, pero yo estaba lamentando la pérdida de mi vida como la conocía".

El artículo mejora un poco al final, pero el autor estaba describiendo exactamente lo que el hombre sentado una hilera detrás de mí sentiría probablemente si tuviera un bebé–es demasiado.

Una de las características de la sociedad de hoy en día es evitar el dolor a toda costa. La gente evitará discutir algo importante con su pareja porque llevará a una conversación difícil. Mucha gente toma fármacos por unas semanas después de la muerte de un pariente en lugar de experimentar verdadera aflicción. La gente pospone el matrimonio, los hijos, las elecciones religiosas, las elecciones de carrera, etc., porque perturbará el "cuidado equilibrio" que han trabajado tan duro para conseguir. ¿Pero acaso el objetivo de la vida es no experimentar dolor?

La gente a menudo comete el error de pensar que lo opuesto al dolor es el placer.

Rav Noaj Weinberg, de bendita memoria, un hombre con un excepcional entendimiento de la psicología humana, tenía una perspectiva muy diferente del dolor. Decía que la gente a menudo comente el error de pensar que lo opuesto al dolor es el placer. Sin embargo, lo opuesto al dolor es la ausencia de dolor, el confort. Igualar el confort con el placer es la decadencia. Todos los placeres verdaderos vienen de logros personales, y eso sólo se logra mediante experiencias desafiantes. La realización personal conlleva esfuerzo, diligencia, dolor, vulnerabilidad y trabajo duro, pero el placer resultante es exponencialmente más grande que el confort.

Vivir sin pareja y sin hijos puede darle a una persona calma y confort, pero no placer. Observemos el matrimonio. Cualquiera puede ser un buen esposo en los días en los que todo marcha perfectamente. Nadie te molesta en la oficina. El cielo es azul y despejado, la temperatura anda por los 23 grados. Cuando llegas a casa del trabajo tu esposa te está esperando, muy arreglada, con un vaso largo de té helado, el diario y un plato de galletitas caseras. La casa está inmaculada, tu cena favorita se está cocinando en el horno, y los niños están sentados alrededor de la mesa, en calma y haciendo sus tareas. Siendo un buen esposo en ese escenario no es la manera en que te ganas tus medallas.

Es sólo cuando todo anda mal en la oficina, el clima es malo, llegas a casa cansado y hambriento y la casa está llena de ruido y desordenada, tu esposa agotada, y no hay nada en el horno, que tienes la oportunidad de sacar afuera todo tu potencial. Las personas que se casan para los mejores momentos, es decir, para el escenario Nº1, seguramente estarán bastante decepcionadas cuando lleguen al escenario Nº2, y a menudo renunciarán al matrimonio en un abrir y cerrar de ojos.

Pero las personas que entran al matrimonio esperando el escenario Nº2, y lo aceptan alegremente porque les dará la oportunidad para crecer y convertirse en mejores personas, no se ven desconcertadas por esta situación, y se llenan de alegría y agradecimiento cuando se encuentran con el escenario Nº1.

“De acuerdo al esfuerzo es la recompensa”.

Lo mismo se aplica para cualquier otro esfuerzo significativo. Si encaramos las situaciones buscando confort, calma y conveniencia, usualmente nos desilusionaremos cuando esos beneficios prometedores inevitablemente se desvanezcan, y probablemente sería mejor no entrar a la relación en primer lugar. Pero si entramos a una relación buscando lo que podemos dar, cómo podemos empujarnos a nosotros mismos y cómo podemos crecer, descubriremos que aquellas relaciones traen una alegría inconmensurable.

Esta idea es resumida en la Ética de Nuestros Padres (Pirkei Avot): “Ben Heh-Heh acostumbraba decir: De acuerdo al esfuerzo es la recompensa” (Avot 5:22). El equivalente moderno de este sentencia sería: “Sin dolor no hay beneficio”. Si no nos desafiamos a nosotros mismos, si permanecemos alejados de cualquier situación que nos traerá dificultades, no tendremos que invertir “demasiado” esfuerzo, pero tampoco cosecharemos una gran recompensa. Esperar ansiosamente los momentos desafiantes de la vida parece funcionar mucho mejor que tratar constantemente de evitarlos.

¡Acepta dos desafíos y llámame al otro día!