Otra amiga está embarazada. Me prometí que nunca desearía que esto le ocurra a otra persona. Juré que nunca querría correr la mirada cuando viera un bebé. Amo los bebés. Amo a mis preescolares. Mis 12 niños “todos de la misma edad”, como tanto me gusta decir. Besar sus cabezas me llena. Se sientan en mi falda, calentándome por fuera y por dentro simultáneamente. Frotar sus espaldas me calma. Los llamo intencionalmente con los nombres equivocados sólo para escucharlos reír. Me arrodillo para hablarles a los ojos, de manera gentil pero firme, con una sensación de paz y sentido.

Pero los bebés están demasiado cerca. Y el embarazo lo está aún más. Siento que mis emociones son pinchadas y arañadas por cada nuevo anuncio, por cada barriga redonda. La alegría de los demás acostumbraba traerme alegría. También es loco cómo tengo un medidor de envidia relativa. La mujer que esperó más de diez años para casarse merece un bebé inmediatamente. Mi amiga que atravesó este infierno de infertilidad por más de cinco años antes de tener a su primero, merece su segundo. Por ellas puedo estar calma y excitada (la mayoría de las veces).

Incluso puedo manejar unos cuantos de esos embarazos de personas promedio. Pero ahora, me tienen rodeada. Subiendo la colina hacia la derecha, dos bebés llegan en unos meses. Subiendo la colina para el otro lado se está preparando otro. Bajando la colina fue anunciado otro durante Shabat, y a una cuadra hay uno con fecha de parto en seis semanas. Es bueno que enfrente de nuestro edificio haya un estacionamiento, porque si no, me tendrían rodeada en todas las direcciones.

En mi aula el mundo exterior desaparece. Pasamos con rapidez de servir snacks a entrenamiento con orinales y después a cerrar la cremallera del abrigo – agradeciéndole a Dios por las “galletas deliciosas” con una brajá [bendición], felicitando a un pequeño en su primer éxito en el baño, etc. Soy una experta solventadora de conflictos, abrazadora, enfermera, mesera y actriz. Mi día es un torbellino de cuidado y amor, es maravillosamente distractor. Mi aula es una distancia prudente de la infancia que añoro en mi propia casa.

Mi vida laboral y mi vida hogareña parecen ser tan opuestas. La docencia pone de manifiesto el potencial. La infertilidad es el potencial frustrado. Es una flor tratando de florecer con una roca sobre ella. El aula tiene esperanza y crecimiento, y cambia a cada instante. Mi vida se siente atascada. La esperanza da miedo porque las desilusiones duelen demasiado. Pero la falta de esperanza duele aún más. Ver bebés o futuras mamás me golpea con la realidad de sueños todavía incumplidos.

Durante el primer, o los dos primeros años de intentar, la alegría de otras personas no dolía tanto. Puede que haya sido porque todavía no era tan obviamente un objeto de lástima. Ahora no hay duda. Veo como la gente mide sus palabras a medida que se desenvuelve nuestra conversación.

“¿Tienes hijos?”, preguntan inocentemente.

“No, todavía no”, respondo tan calmadamente como puedo.

“¿Cuánto tiempo llevas casada?”.

“Tres años”, respondo, reuniendo más calma.

Y luego sucede. El breve momento de cálculo de años y de emociones. Estoy convencida de que conozco sus pensamientos. El dramático “Oh”, seguido por el “Debe haber un problema”.

Pero sin embargo la respuesta llega casi inmediatamente: “Todo en su debido momento”, o “que Dios te bendiga pronto”, u otras respuestas prefabricadas.

No quiero sentir que estoy escuchando uñas arañando un pizarrón cada vez que escucho que una mujer está esperando un bebé.

No las culpo. En su lugar, mi reacción sería idéntica. Pero como viví la misma escena tantas veces, el tono es diferente. Es como ver una y otra vez la misma escena de una película, o cuando tratas de deletrear una palabra y de repente suena raro. Si vieras la escena una o dos veces, o si deletrearas la palabra sin pensar en ello, todo parece normal. Quiero volver a ser normal. No quiero que la gente tenga que pensar en una respuesta cuando escucha sobre mi vida. No quiero que mi reproducción involucre la oficina de un doctor. Y tampoco quiero sentir que estoy escuchando uñas arañando un pizarrón cada vez que escucho que una mujer está esperando un bebé.

Quiero llorar y llorar, y gatear hasta Dios y ser confortada. Quiero arrojar el dolor en mis plegarias y rogarle a Dios que se apiade de nosotros – que nos bendiga con un niño en el momento que Él sabe que es el correcto.

Y hasta ese momento, seguiré besando cabezas y enseñándole a pequeñas neshamot [almas] a ser amables y a escuchar y a abrazar. Las ayudaré a hacer torres con bloques plásticos de colores primarios, y a hacer formas de jalá con masa de cotillón color naranja brillante los viernes por la mañana. El asombro en los ojos de mis pequeños continuará llenando mi espíritu. Los anuncios de embarazo y los cochecitos dobles todavía sacuden mi interior. Pero hasta ese momento en el que Dios le de vida a nuestros sueños y nos envíe un pequeño paquetito, continuaré amando a mis neshamot prestadas, ensayando el rol de guía y abrazadora a tiempo completo. Practicando –y rezando— para ser llamada mamá.

Nota del editor: Después que este artículo fue escrito, la autora fue bendecida con un hijo.