1 de septiembre, 2014

Hace exactamente 75 años, la Alemania Nazi invadió Polonia. El ejército polaco buscó valientemente resistir el violento ataque, pero fue abrumado por la superioridad numérica y tecnológica del ejército invasor.

Dos días después, el 3 de septiembre de 1939, Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra a Alemania. La historia de los años subsiguientes, hasta el día de la rendición de Alemania el 8 de mayo de 1945, ha sido extraordinariamente bien documentada.

Durante el curso de casi seis años de batalla en el continente europeo —sin mencionar otros escenarios militares en África del norte, el Medio Oriente y, por supuesto, Asia— un estimado de 50-60 millones de personas fueron asesinadas, y decenas de millones más resultaron heridas, quedaron sin hogar o fueron exiliadas.

Seis millones de judíos, incluyendo un millón y medio de niños, estuvieron entre las víctimas. Casi la mitad de estos judíos era de Polonia. Otras —alguna vez vibrantes— comunidades desde Lituania hasta Grecia fueron totalmente aniquiladas.

Al dedicarse a lo que ellos llamaron la Endlösung, o Solución Final, los Nazis crearon un alfabeto completamente nuevo de genocidio, desde la letra “A” de Auschwitz, el más infame de los campos de concentración, a la “Z” de Zyklon-B, el mortal gas venenoso utilizado para asesinar a un gran número de judíos.

De hecho, la misma palabra “genocidio” no existía en esa época. El Primer Ministro Inglés Winston Churchill dijo en 1941: “Estamos en presencia de un crimen sin nombre”. Unos cuantos años después, un judío polaco, Raphael Lemkin, acuñó la palabra “genocidio” para referirse a la campaña Nazi de aniquilación del pueblo judío.

Esta solemne ocasión histórica contiene relevantes lecciones contemporáneas.

Primero, el mundo democrático —la mayor esperanza de la humanidad—, nunca debe sufrir de una falta de imaginación.

Adolf Hitler detalló sus metas en Mein Kampf (y en otros sitios) años antes de enero de 1933, cuando se convirtió en canciller alemán. Sin embargo, una selección de políticos, diplomáticos, periodistas y eruditos en Europa y Estados Unidos escogieron, por una gama de razones, no tomarle la palabra.

Más bien, se convencieron a sí mismos, y uno por uno buscaron persuadir a otros de que las responsabilidades de gobierno moderarían al Führer Alemán; que él realmente no quería decir lo que dijo sino que recurría a excesos retóricos para restaurar el orgullo alemán después de las humillaciones de la Primera Guerra Mundial y el Tratado de Versalles; o que él podía servir como un útil baluarte en contra de la Rusia Bolchevique.

Segundo, Winston Churchill fue una heroica excepción a esta mentalidad. Él nunca tuvo duda de las intenciones de Hitler, pero, por desgracia, él no tuvo el cargo durante los funestos años desde 1933 a 1939.

Estas son, por ejemplo, las propias palabras de Churchill: “Un día el Presidente Roosevelt me dijo que estaba pidiendo públicamente sugerencias sobre cómo debería llamarse la guerra. Yo le dije inmediatamente, 'La guerra innecesaria'. Nunca hubo una guerra más fácil de evitar que esta que acaba de destruir lo que quedó del mundo después de la batalla anterior (entiéndase la Primera Guerra Mundial)”.

Churchill se refería a los momentos clave entre 1933 y 1939 —y hubo varios— cuando resueltos líderes podrían haber enfrentado al Tercer Reich en vez de desviar su mirada o convencerse de que no estaban viendo lo que, de hecho, estaba frente a sus ojos.

Dado el peligroso estado del mundo hoy en día, no es sorpresa que tantos citen a Churchill y anhelen líderes que compartan sus inquebrantables cualidades de liderazgo.

Tercero, hay momentos en que las herramientas suaves de poder —tales como el diálogo, la negociación y los compromisos— no funcionan, por más que siempre deberían ser las opciones preferidas.

Motivados por diabólicas teorías raciales, ambiciones territoriales y el anhelo de un “Reich de mil años”, el régimen Nazi sólo podía ser detenido de una forma, y ese mensaje central fue entendido hoy hace 75 años.

Polonia lo entendió.

El ejército polaco luchó lo mejor que pudo en contra del blitzkrieg alemán, pero simplemente no era una lucha justa, ellos no estaban a la altura.

Luego Gran Bretaña —liderada por Churchill— y Francia declararon la guerra a Alemania, pero con la caída de Francia en junio de 1940, Gran Bretaña estuvo esencialmente sola hasta junio de 1941, cuando la USSR entró, después de su fáustica negociación de dos años con Hitler, el pacto Molotov-Ribentropp. Y entonces, por supuesto, Estados Unidos, con toda su fuerza, se unió a la causa de los Aliados en diciembre de 1941, después de Pearl Harbor.

La meta de los Aliados era la rendición incondicional de Alemania. Después de demostrar inmenso valor y gran sacrificio, lo lograron.

Y cuarto, hubiera sido imposible el 1 de septiembre, 1939, imaginar la formación de la Unión Europea, incluyendo, en su corazón, a Francia y Alemania como socios y aliados.

O pensar que 75 años después, un primer ministro polaco sería seleccionado para liderar a los 28 estados miembros de la UE, y un ministro de relaciones exteriores italiano —cuyo país fue aliado de la Alemania Nazi— se convertiría en el jefe de políticas exteriores.

La UE no surgió por accidente.

En vez, resultó de la extraordinaria visión de aquellos líderes quienes, después del final de la guerra, se propusieron crear un modelo alternativo para el continente europeo empapado de sangre.

Ellos tuvieron éxito más allá de sus sueños más locos. Y si bien mientras el Muro de Berlín definía este y oeste, ellos estaban limitados en términos de lo que podían lograr, después de la caída del muro, la UE pudo expandirse aún más lejos, ampliando la zona de paz y democracia, probando que la historia puede de hecho dar un salto hacia adelante.

Mientras tanto, cuando los judíos polacos y otros judíos aún tenían la oportunidad de dejar sus países a medida que las nubes de tormenta se avecinaban, muy a menudo no tenían dónde ir. Ellos estaban encerrados. En la década de 1930, Hitler se mofaba del mundo, diciendo que si todos estaban tan preocupados del destino de los judíos, entonces otros países deberían recibirlos y reubicarlos. Pero desgraciadamente, con pocas excepciones, no se extendieron muchos tapetes de bienvenida: no por Estados Unidos, Canadá o Australia, no por naciones de América Latina y no por otras.

Si Israel hubiese existido como un estado soberano en 1939 en vez de un mandato Británico con políticas de inmigración severamente restrictivas, ¿cuántos judíos europeos podrían haberse salvado de su trágico destino en Belzec, Buchenwald y Birkenau?

Sin embargo, sorprendentemente, tan sólo diez años después del comienzo de la guerra, la renacida nación de Israel —que cumplía la antigua visión y el anhelo del pueblo judío— fue admitida en la ONU, la cual había sido creada sólo cuatro años antes.

Sí, lo aparentemente imposible puede ocurrir.

Así como el mundo democrático debe estar vigilante en cuanto a los males que acechan, así también, nunca debe perder su capacidad de visualizar y luchar por los pasos futuros.

En este solemne aniversario, vale mucho la pena reflexionar sobre estas oportunas lecciones.

Este artículo apareció originalmente en el Huffington Post.