Hace algunos meses atrás, vi cerca de mi consultorio a un hombre parcialmente ciego que caminaba por la calle. Lo empecé a ver todos los días, con su vara ayudándolo en el camino, y observé como trataba de aproximarse a los peatones con su sonrisa torcida y sus ojos nublados. Me sentía avergonzada al ver como diariamente las personas lo ignoraban, cruzaban la calle, o tomaban otro camino para evitar pasar cerca de él.

Cuando tenía la posibilidad de atrapar a alguien él se le acercaba demasiado, le hablaba con su voz distorsionada en un tono bastante alto, y su cabeza se movía bruscamente hacia arriba y hacia debajo de la emoción. Las otras personas le sonreían, miraban alrededor y se iban tan pronto podían. Mientras persona tras persona lo dejaba solo con su vara y su gran sonrisa, me detuve a observar como se quedaba abandonado en la mitad de la bulliciosa acera, y me sentí adolorida por cuán solo y aislado se debía sentir.

Me entristeció que su evidente incapacidad se haya convertido en una barrera física. Lo que me di cuenta en mis 10 años de practicar la medicina es que la soledad no es exclusivamente la aflicción del minusválido, sino que está presente en todas las capas de la sociedad.

Muchas veces me encuentro confrontando pacientes que están buscando, no sólo un consejo médico, sino algo que para mí es mucho más difícil de dar.

Hace algunas semanas atrás, me llamó una mujer de 80 años a las 10 de la noche. Ella estaba preocupada de cómo tomar su medicina al día siguiente, ya que su nieto la iba a llevar a pasear, y ella no quería agobiarlo con sus problemas. Juntas planeamos una estrategia y colgamos el teléfono. A medianoche ella volvió a llamar para reiterarme la hora en la que tenía que tomar el medicamento.

Con cansancio le respondí, "Eh... suena bien... buenas noches".

Pero yo la había escuchado; la desesperación. Después de años de recibir estas llamadas a medianoche, he aprendido a reconocer la desesperación en la persistencia al final de la oración, o por el gran deseo de entablar una conversación.

"Mi nieto... él es un buen niño", me contó.

Tratando de dormir y de hablar simultáneamente, le respondí, "Sí, suena muy bueno... buenas noches... que duermas bien". Unos cuantos minutos más y finalmente tuve la oportunidad de despegarme del teléfono.

Ella me había llamado porque la noche estaba fría y larga, y ella estaba sola.

A las 2 de la mañana, cuando me volvió a llamar, mi esposo gimió y se paró para buscar un lugar más silencioso para dormir. Ella necesitaba revisar sus medicinas otra vez, pero yo podía escuchar el miedo en su voz. Aunque estaba exhausta, yo sabía que ella no había llamado por sus medicinas. Ella me había llamado porque era una noche fría y larga, y ella estaba sola. La podía sentir casi aferrada a mis palabras, para que yo me quedara en el teléfono un rato, y esperaba que mis aturdidos e inconexos murmullos le ofrecieran un poco de alivio.

Mientras que sus mundos se reducen debido a la muerte o las enfermedades, muchas personas mayores son dejadas solas, pero no es sólo por sus cuerpos que empiezan a fallar.

Uno de mis pacientes en sus 70, a quien no había visto en casi un año, vino para hacerse un examen. Una sobreviviente al cáncer, a quien recuerdo como una mujer valiente y práctica, una tormenta de fuego con arrugas y con cabello blanco, que a pesar de estar encorvada por la osteoporosis viajaba por el mundo. Noté una diferencia este año, su fino cabello estaba amarrado con un broche elegante, y un brillante lápiz de labio cubría sus labios agrietados.

"Está bien, Dr. Yaris... no se ría", levanté una ceja en señal de pregunta. "Lo hice... me hice cirugía plástica".

Esa era la diferencia. Me mostró como la cirugía le había extraído grasa de su abdomen y se lo habían inyectado en su rostro para formarle los pómulos.

"Pero la grasa se está escabullendo hacia mis orejas...".

Estaba sorprendida. El año pasado, ella parecía ser el tipo de persona que se burla de esas frivolidades, pero ella continuó. "Yo estaba en Egipto y tenía un guía turístico... tan guapo... ya sabes a lo que me refiero...". Ella frunció los labios conspirativamente. "Es sólo que... es sólo que...". Aquí fue cuando su voz se torno más débil e indecisa. "Él no me vio... yo charlaba y hacia chistes... pero él simplemente no me vio...".

Ella bajó su mirada para que yo no viera que sus ojos estaban húmedos. "Puedo tener esta apariencia, pero todavía me siento de 25... y ahora tengo orejas gordas...". Ella suspiró y trató de sonreír, pero yo podía notar su desesperación.

Empecé a reconocer cuán solitario se debe sentir la persona tan marginalizada y malentendida en una sociedad orientada hacia los jóvenes.

Empecé a reconocer cuán solitaria se debe sentir una persona tan marginalizada y malentendida en una sociedad orientada hacia los jóvenes. Desde entonces, cuando veo a las personas mayores con sus ojos forzosamente hacia abajo debido a sus cuellos retorcidos por la artritis o encarcelados en sus rígidos rostros inmovilizados por la parálisis, ocasionalmente siendo empujados por extranjeros que hablan por celular, yo busco sus ojos para mostrarles que yo si los veo.

Yo hubiera pensado que la soledad pertenece solamente al ámbito de los mayores en una cultura que no aprecia al envejecimiento, pero mis años de práctica me han enseñado lo contrario.

El frecuente movimiento, las largas horas de trabajo y las pocas relaciones familiares, aíslan a los jóvenes también. Uno de mis pacientes, una hermosa cantante y compositora que acaba de sacar su primer disco, me llamó a las 5:30 a.m., rogándome que la atendiera temprano en la mañana. Cuando llegó a la cita, su pelo estaba recogido hacia atrás y llevaba lentes oscuros; se veía decaída, y movía distraídamente su bufanda.

"Te pido disculpas por haberte llamado tan temprano en la mañana. Esperé hasta tan tarde como pude". Se sacó los lentes y sus ojos estaban rojos e hinchados.

Miré su rostro pálido, y sus delgados labios y recordé la portada de su disco, donde aparece brillante, preparada y segura, y me asombré del gran cambio que estaba presenciando.

"Fue una noche difícil". Ella se estaba hospedando en el Hotel Beverly Hills porque estaban fumigando su casa. "No se que ocurrió" me dijo, "pero de repente sentí una sensación de temor, mi corazón empezó a correr y sentía que no podía respirar".

Vi que ella estaba moviendo su bufanda de un lado a otro con sus dedos. "Traté de relajarme, pero mi corazón seguía latiendo violentamente. No sabía que hacer". Ella respiraba con dificultad. "Era horrible... Pensé que me iba a morir... quería llamar al 911, pero me sentía tan tonta. En su lugar, llamé a los encargados de servicio al cuarto porque si me moría, no me quería morir sola". Ella me miró sin parpadear, y pellizcó una de sus manos con sus uñas. "Pensé que me iba a morir" susurró mientras temblaba.

"Abracé fuertemente a mi peluche de Dumbo, me acurruqué en la cama y finalmente a las 2 a.m. pude dormir un poco". Ella sacudió su cabeza. "No quiero pasar por una situación así nunca más".

Un análisis completo reveló que probablemente tuvo un clásico ataque de pánico. Pero es la imagen de esa bella chica, sola, en la mitad de uno de los hoteles más caros del mundo, temblando incontrolablemente y aferrada a su elefante de peluche, la que se queda conmigo.

Yo escucho en las llamadas telefónicas a medianoche a la soledad en ciernes, habitando en el silencio.

He aprendido que la soledad es un problema universal. Y aunque las personas no mencionen la soledad que sienten, yo la puedo escuchar. La escucho en el eco de lo que dicen. En el silencio de las respuestas incompletas, cuando pregunto sobre parejas e hijos. Yo escucho en las llamadas telefónicas a medianoche a la soledad en ciernes, habitando en el silencio.

Pero en la época de los celulares, correos electrónicos, Blackberries y BlueBerries, en donde las personas pueden estar conectadas ahora más que nunca, ¿Por qué hay tantos que se sienten solos?

Yo no lo se, pero algo que vi el otro día, me da esperanzas.

Era el hombre ciego. Pero esta vez él no estaba solo. A su lado estaba una mujer con su frente ligeramente deformada, ojos blancos, y con ropa sin combinar. Observé como ellos se inclinaban hacia adelante y se hablaban mutuamente, con una voz distorsionada, con un tono bastante alto, y demasiado de cerca. Unos cuantos minutos más tarde, el hombre ciego estaba tan emocionado, que su cabeza empezó a moverse hacia atrás y hacia adelante. Como por instinto, la mujer tomó su brazo, y empezó a mover la cabeza.

Mi garganta se contrajo mientras los veía a los dos sentados en la parada del autobús, con sus bastones apoyados a un costado, sus cabezas bailando hacia arriba y hacia abajo al unísono, y acurrucados contra el frío.