Cada año, con el primer sonido del shofar mi alma se compunge. Con el fin de las vacaciones de verano y la vuelta al frenesí de la escuela, estoy normalmente desprevenida para enfrentar los tristes desafíos de mi carrera. Sin embargo, este año, recibí una carta que me sacudió de mi complacencia y me hizo comenzar a pensar un poco antes sobre las oportunidades del Año Nuevo. A medida que iba leyendo, recordaba una vieja época, hace más de diez años...

Los Cirujanos

¡ALUMNO DE MEDICINA! ¡ALUMNO DE MEDICINA! El grito resonó a lo largo del pasillo. Me sobresalté y alcé la vista. Cinco hombres vistiendo largas batas blancas andaban a zancadas por el pasillo impecablemente limpio. Iluminados por la luz de la mañana que empezaba a atravesar los ventanales, ellos parecían más grandes que la vida, como los salvadores del universo en una película clase B.

Pero esto no era una película, esto era un hospital. Y aunque su comportamiento definitivamente sugiriera al de héroes cinematográficos, ellos no eran los salvadores del mundo. Ellos eran CIRUJANOS. Eran las 5:30 a.m., yo tenía 24 años, en mi primera rotación como alumna de tercer año de medicina, y ya había entrado en el territorio donde sería interna por las próximas seis semanas. El campo del cirujano era distinto a cualquier otro que yo hubiese visto, y ciertamente mis dos años de aprendizaje teórico no me habían preparado del todo.

Ellos empezaban su día mucho antes del amanecer, y finalizaban después de que estuviese oscuro. Concisas declaraciones gobernaban sus hábitos: "Coman cuando puedan, duerman cuando puedan, y ¡NO SE METAN CON EL PANCREAS!". Como residentes en el hospital más grande del condado al oeste del Mississippi, ellos estaban siempre ocupados. El sonido de sus buscapersonas interrumpía cualquier momento tranquilo y parecía que hubiese una infinidad de apendicectomías, cálculos biliares, y víctimas de balazos.

Quizás la alocada intensidad y la presión determinaron que ellos, tal como los soldados, se volvieran indiferentes.

Quizás la alocada intensidad y la presión determinaron que ellos, tal como los soldados, se volvieran indiferentes. El jefe de residentes, Dr. David Rosen, quien llevaba seis años en el programa y era altamente talentoso, personificaba esta actitud. Después de un caso particularmente difícil en el cual no pudieron salvar al paciente, sarcásticamente diría a los otros cirujanos quienes estaban notoriamente afectados, "Bueno, toda hemorragia con el tiempo se detiene...".

Él dirigía a su equipo de subalternos a través de los ocupados pisos del hospital y tenía la esperanza de que la multitud se apartara. Recuerden, estos eran los cirujanos. Frecuentemente, él se detendría y acribillaría a su grupo con preguntas técnicas complicadas, y se burlaría si ellos no las respondieran correctamente. Él los estaba entrenando para ser severos – para tener la audacia y el ego necesario para abrir una persona, y lo hacía muy en serio.

Mis seis semanas pasaron en una nebulosa de noches sin dormir, estando disponible a cualquier hora, extrayendo infinitos tubos de sangre y sosteniendo múltiples abdómenes abiertos. Incluso yo, con una indudable inclinación hacia la medicina interna, comencé a despersonalizar a los numerosos pacientes. Los problemas de su vida familiar son intrascendentes si su apéndice está a punto de reventar.

Yoda

Pero una paciente se hizo notar. En retrospectiva, pienso que incluso los cirujanos reconocieron algo en ella porque la apodaron "Yoda."

Ella tenía 75 años, fue traída al hospital desde su pequeño pueblo en Oaxaca, México y yo fui asignada para examinarla. Cuando me acerqué a su cama por primera vez, me di cuenta que algo era muy diferente. Lejos del caos que caracteriza a los hospitales, una sensación de tranquilidad subsistía a su alrededor. Su cara arrugada y deteriorada se asomaba por debajo de las sábanas, su expresión cálida y agradable. Ella sonreía con su cara completa, y desde el momento que yo entraba a la habitación podía sentir su arrugada mirada hacia mí, observando y aprendiendo.

En mi vacilante español, supe por medio de sus hijos que por un mes su abdomen había estado aumentando en dimensiones, pero que solamente pudieron convencerla de venir a EEUU cuando su piel se tornó amarilla. Ella tenía un trabajo que hacer en su pequeño pueblo; ella era la altamente venerada curandera.

Cuando examiné su abdomen, ella abrazó mi mano y la sostuvo en el lugar que le dolía. Mi mano se estremeció cuando ella la tomó como si estuviera transmitiendo alguna clase de energía. Miré a sus ojos y me dio escalofríos. Su mirada fija era trascendente. Las manchas de luz parecieron convocar la sabiduría de los años. Traspasada, miré fijamente las intensas profundidades color café por unos segundos más, pero mi buscapersonas sonó y tuve que marcharme.

Unos pocos exámenes revelaron lo que incluso yo, como una estudiante de tercer año, sabía que era malo –cáncer pancreático, un diagnóstico usualmente fatal. Para los cirujanos, sin embargo, esta era una oportunidad, una posibilidad de probar el jactancioso procedimiento "Whipple". En el diez por ciento de los casos de cáncer pancreático, el procedimiento Whipple es efectivo, y el jefe de residentes estaba ansioso, casi excitado, de agregar esta complicada cirugía a su repertorio.

Los cirujanos entraron a la habitación en masa y el médico que la atendía le pidió a Yoda que se levantara para poder examinarla.

Allí estaba ella – todo su metro cuarenta de altura en un camisón blanco largo, su pelo canoso que caía en cascada por su espalda, rodeada por el gran grupo de cirujanos. Cada uno era por lo menos 30 cm. más alto que ella, vistiendo chaquetas blancas nuevas y almidonadas, escuchando atentamente al cirujano mayor y tratando de congraciarse gritando respuestas a sus preguntas.

Los ojos de Yoda se posaron en el jefe de residentes. Él era alto, confiado y sano, mientras que ella se veía encorvada, serena y casi angelical.

Mucho más interesante que la interacción de los cirujanos, era el sol que fluía a través de las ventanas sucias que iluminaban diminutas partículas de polvo flotante. Éste se enfocaba no en los cirujanos, aquellos representantes de la vitalidad, sino que en Yoda, iluminándola con una luz casi etérea. Ella alzó la vista hacia los cirujanos no con temor, sino que con bastante confusión y compasión. Mientras ellos hablaban con suficiencia y desde una posición manipuladora, ella giró su mirada rugosa a cada cirujano hasta que sus ojos se posaron en el jefe de residentes. La yuxtaposición era chocante; él era alto, confiado y sano, mientras que ella se veía encorvada, serena y casi angelical.

En la mañana siguiente ellos abrieron su abdomen, lo encontraron invadido por el cáncer, y sin poder hacer nada lo cerraron de vuelta. Supe por medio de su hijo que ella estaba volviendo a su pueblo para morir.

El Jefe de Residentes

Tres años después, en una selecta clínica privada al otro lado de la ciudad, yo era interna en la sala de oncología. Una noche de sábado mientras estaba de guardia, divisé a una persona conocida. Era el jefe de residentes, pero se veía completamente diferente. Su confianza jactanciosa se había reducido a una postura desgarbada, y sus ojos, que una vez brillaron con el destello de la conquista, estaban apagados.

¿Dr. Rosen?", me aventuré, "¿Está usted trabajando aquí ahora?".

"Oh, Jackie, por favor llámame David", ordenó. "No, estoy aquí por ella... es mi hermana...". Él señaló una habitación del hospital donde una mujer de 36 años y madre de dos niños pequeños, estaba muriendo de cáncer cervical.

Él no se veía como un poderoso cirujano, sino que como un hermano desconsolado.

Él entró a la habitación y unas cuantas horas después salió. Pude apreciar la pena que mojaba sus ojos, pero detrás de eso había algo nuevo; la fanfarronería había desaparecido, reemplazada por la vulnerabilidad.

"Lo siento", tartamudeé.

Me miró algo ausente y batió su cabeza ligeramente. "Oh Dios, es tan diferente desde este lado".

Respiró profundamente y se alejó, quebrado, moviendo su cabeza. Su hermana falleció temprano la mañana siguiente.

* * *

Yo no pensé en él nuevamente sino hasta que recientemente recibí una carta. En realidad, un catálogo con ofertas de cursos de mi antigua escuela de medicina. Me sonreí cuando leí el título de un nuevo seminario obligatorio:

"Moralidad en la Medicina: Cómo Aplicar el Toque Humano a la Cirugía", dictado por el Dr. David Rosen, mi jefe cuando yo era interna.

Por alguna razón, me acordé de Yoda y sus sabios ojos. Dudo de que cuando ella estaba mirando fijamente al joven jefe de residentes estuviera rezando para ser salvada. Yo pienso que ella conocía su destino. Me pregunto si en su mirada ella esperaba que él abriera sus ojos al dolor y al sufrimiento a su alrededor, y se permitiera ser ablandado, ser afectado. O tal vez rezó para que él cierre sus ojos y escuche la claridad que viene del interior. O quizás las dos.

Yo no sé, pero este año en Rosh Hashaná, mientras el shofar se lamenta, implorándonos que cambiemos – que miremos fuera de las trivialidades de nuestra propia vida, pero que también tengamos la valentía de escuchar a la pequeña voz interior – yo voy a estar pensando en Yoda, la anciana de ojos puros, y en la extraordinaria transformación del cirujano, y estaré animada por saber que un cambio real es realmente posible.

Shaná Tová.