Recientemente, una columna que habla sobre ética en The New York Times Magazine no sólo revela la superficialidad de lo que hoy en día se considera ética, sino que también los límites del multiculturalismo en lo que respecta a los judíos ortodoxos.

Una mujer envió a esta columna de ética la siguiente pregunta. Su "muy gentil y competente agente de bienes raíces" se negó a darle la mano después de firmar un contrato, explicando que como judío ortodoxo no toca mujeres. La mujer se describió a sí misma como "sorprendida y ofendida". Pero como ella se consideraba una buena liberal que, además de estar en contra de "cualquier discriminación por motivos de género", también "apoyaba la libertad de expresión religiosa", ella ahora estaba en un dilema.

El escritor de la columna, Randy Cohen, le respondió que ella tenía el derecho de trabajar con alguien "que la trate con la misma dignidad y respeto con el que trata a sus clientes hombres". El escritor consideró irrelevante que el agente inmobiliario estaba actuando en consonancia con sus creencias religiosas: "Machismo es machismo, aun cuando está siendo motivado por convicciones religiosas". Cohen estaba de acuerdo en que el comportamiento del agente fue "ofensivo" -- le pareció un intento de "convertir a cierta clase de personas en intocables" -- y decir que es por motivos religiosos "no lo hace aceptable".

Por si hiciera falta, el escritor citó el fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos en el caso de Brown vs. el Consejo Educativo que declara que las escuelas que separan sus instalaciones ya sean para niños blancos o para afroamericanos son desiguales en esencia. En resumen, el escritor de ética dictaminó, "Yo pienso que deberías romper el contrato".

Honestamente, en una ciudad políglota como Nueva York, yo hubiera esperado un mensaje más tolerante hacia las prácticas que en primera instancia suelen parecer extrañas. El agente de bienes raíces, después de todo, no le estaba pidiendo nada a la mujer. Él no le pidió que se pusiera una falda larga y un chal, como sí les es requerido a las miles de feministas que todos los años visitan la Basílica de San Pedro. Ni tampoco le negó nada tangible. (Es de suponer que ella no tenía ningún interés en darle la mano).

Cuanto mucho, él utilizó una forma de lenguaje simbólico, cuyo mensaje el escritor de la columna y la escritora de la carta no entendieron.

Vamos a decir que después de firmar un contrato con un agente inmobiliario, la señora que escribe la carta se da cuenta de que el agente, ahora una mujer ortodoxa, está usando peluca. Y vamos a suponer que ella considera que la halaja que dice que una mujer, y no un hombre, debe cubrirse el cabello es "ofensiva" y degradante para las mujeres. ¿Le hubiese también recomendado el escritor de la columna romper el contrato?

Cohen debió haber contestado: Fue tu decisión "sorprenderte y ofenderte". Tu reacción no refleja objetividad ante el comportamiento del agente. Te sorprendiste solamente por la falta de conocimiento acerca de una práctica muy común entre judíos ortodoxos.

Igualmente, no hubo nada intrínsecamente ofensivo con el rechazo del agente. En el caso de Brown vs. el Consejo Educativo, en el cual la Corte Suprema correctamente dictaminó que la segregación educacional transmite a los niños afroamericanos un mensaje de inferioridad apoyado por el Estado, pero este ejemplo es extremadamente irrelevante para nuestra discusión.

 

Las judías ortodoxas tampoco tocan hombres, por lo que la prohibición claramente no convierte a las personas de ningún sexo en "intocables".

 

En contraste, el agente no hizo ninguna declaración, ya sea implícita o explícita, en la que le falte el respeto a la escritora de la carta o a las mujeres en general. Las judías ortodoxas tampoco tocan hombres, por lo que la prohibición claramente no convierte a las personas de ningún sexo en "intocables". En cambio, prohíbe equitativamente el contacto físico con miembros del sexo opuesto.

Si algo se está declarando mediante el rechazo al contacto físico con miembros del sexo opuesto por parte del judío ortodoxo (con excepción de su esposa/o, hijos y padres) es el respeto hacia su pareja y hacia la santidad del matrimonio.

Cada vez que un ortodoxo se distancia hasta del contacto físico más inocente, hay que recordar que lo que se le prohíbe en un momento es promovido en otro – en este caso dentro del contexto exclusivo del matrimonio.

Cada acto de distanciamiento es también un acto de acercamiento hacia la propia pareja.

Es verdad, estrechar las manos es una forma de contacto muy inofensiva, y por esta razón algunas autoridades ortodoxas lo permiten en el mundo laboral. Pero el mismo argumento de "inofensivo" se trae acerca de besos y abrazos en muchos círculos. En vez de ponerse en situaciones dudosas y dejar el tema a determinaciones subjetivas sobre el contenido erótico de cualquier acto, muchos judíos ortodoxos prefieren simplemente evitar cualquier contacto físico.

 

La prohibición de tocarse reconoce la atracción natural que hay entre un hombre y una mujer, y sirve como una advertencia.

 

La prohibición de tocarse reconoce la atracción natural que hay entre un hombre y una mujer, y sirve como una advertencia. Aquellos que cumplen con la prohibición transmiten el mensaje de que "el elemento erótico está excluido de nuestra relación". Lejos de mostrar una falta de "dignidad y respeto" a los miembros del sexo opuesto, la observancia de esta prohibición refleja la determinación de tratar a los miembros del sexo opuesto con el mayor respeto posible – y no como objetos de deseo sexual. Juzgando por el crecimiento de las denuncias por acoso sexual en los trabajos y otros lugares, muchas mujeres prefieren exactamente este tipo de relaciones.

Interesantemente, el escritor pasó por alto la falla de ética más grande – su propio consejo para romper el contrato que la escritora ya había firmado. En ningún lugar del contrato el agente aceptó estrecharle la mano a la señora. En cambio, el acordó representarla fielmente en el arriendo de su apartamento, y estaba preparado hacer su trabajo de la mejor manera posible.

El escritor le aconsejó a ella no cumplir su promesa para castigar al agente por observar las reglas que él considera de mandato divino, pero que el escritor con mucha seguridad descarta simplemente como "machistas" y "ofensivas".

Me imagino que si el escritor se hubiese llamado Charley O'Sullivan, y no Randy Cohen, no hubiera sido tan rápido en rechazar prácticas propias de la tradición judía.