Ayer mi familia tuvo el entierro de la hermana de mi bisabuelo, que a los 86 años, había vivido toda su vida sin poseer un carro o una casa. Su vida se caracterizaba por una extrema prudencia, una personalidad formada por pasar su niñez en la Gran Depresión. Cuando se mudó del apartamento que compartía con su esposo de 60 años, que falleció un poco antes que ella, descubrimos que ella nunca había botado un recipiente vacío o una bolsa de papel. Como muchos de su generación, las cosas no se malgastaban. Y aún así, sin haber tenido hijos propios, ella nunca dejaba pasar los cumpleaños de los nietos de sus hermanos sin enviar una tarjeta y un cheque.

Horas después, luego de que la gente se fue, planeé encontrarme con mis padres en casa para una visita. Mientras volteaba a la derecha en una calle angosta que llegaba a mi casa, una mujer en un carro estacionado hablando por celular abrió su puerta en plena vía, justo por donde yo venía. La parte delantera de mi carro golpeó el borde de su puerta. Sentí un impacto y me detuve.

La persona del otro carro comenzó a gritar, "¡Este carro es nuevito! ¡Lo acabo de comprar!" Ella insistió en que hiciéramos un reporte en la estación de policía.

Llamé a la policía desde mi celular y describí el accidente.

"¿Hay algún herido?", me preguntó el policía.

"No", le respondí, "y las dos tenemos seguro, pero la otra persona involucrada en el accidente insiste en que quiere un reporte policial".

El oficial sugirió que intercambiáramos la información de los seguros. Luego la mujer llamó a su agente de seguros y lloró, "¡Mi carro nuevo! ¡Mi carro nuevo! ¡Me lo acaban de chocar!", también la escuché decir de mala gana, "No, no estoy herida", y "No, ella es una buena señora".

El agente de seguros pidió hablar conmigo. Yo le expliqué que habíamos tenido un accidente, sin heridos, y que el daño en su puerta era mínimo. (Mi carro estaba inmanejable). Él me preguntó si había algún daño aparte de la puerta, que si los airbags se habían activado, o si había marcas de las llantas de mi carro. Cuando respondí no a todas estas preguntas, él también sugirió que solo intercambiáramos la información de los seguros.

Luego ella insistió en llamar ella misma a la policía desde su propio celular. Nuevamente, ellos le dijeron que no vendrían, lo cual hizo que llorara más, y muy brava dijo, "¡Yo quiero un reporte de la policía! ¡Es un carro nuevo!" Luego llamó a su esposo, le lloró y le gritó.

Finalmente accedió a darme la información de su seguro, llorando histéricamente todo el tiempo.

"Esto debe ser muy triste para ti. ¿Necesitas un abrazo? Cayó en mis brazos y lloró.

"¿Alguna vez habías estado en un accidente de carro?", le pregunté.

"No".

"Esto debe ser muy triste para ti. ¿Necesitas un abrazo? Cayó en mis brazos y lloró". Segundos más tarde se dio cuenta de que prefería su propia tristeza a la calidez de un abrazo y se alejó, reviviendo una vez más sus lágrimas y sus llantos.

Finalmente arreglé todo para poder irme, mi padre (de 70 años) estaría esperándome afuera de casa todo este tiempo, en el calor del verano de Los Ángeles. Mientras me iba, ella estaba arreglando para que viniera un remolque a llevarse su carro, el cual ella insistía que también era inmanejable, aunque a su carro no le había pasado nada. Yo de alguna manera llevé mi carro a casa, y luego llamé al remolque, a mi agente de seguros, a mi aseguradora, y a su aseguradora para que hicieran los reportes necesarios.

En mi casa con mis padres, la discusión recién comenzó cuando supieron que nadie había salido herido. Un accidente de carro en el que los dos están asegurados es una pérdida financiera para la compañía de seguros y un inconveniente, nada más que eso.

Mi padre perdió un hermano en la Segunda Guerra Mundial, y todavía recuerda el día en que un enviado del ejército vino a contarle la noticia a mi abuela. Bombas explotan en los buses y cafés de Jerusalem, matando mujeres y niños pequeños. Hace dos años, aviones chocaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono, matando a miles de personas y destruyendo la seguridad de una nación para siempre. Y recién esta mañana, habíamos enterrado a una mujer que nunca pudo tener hijos y que había vivido hasta los 86 años sin haber sido dueña de un carro.

Me molestó mucho que esa señora me gritara tan fuerte por tanto tiempo, pero más que todo me sentí triste. Qué clase de vida debe vivir ella, que un accidente sin heridos, en la que las dos teníamos seguro la pudo destruir de tal manera. Para mí, el deducible del seguro de mi carro me pareció pequeño comparado a las cosas que enfrentamos en la vida.

Uno de mis autores favoritos, Geneen Roth, aconseja que nos relacionemos con las cosas nuevas como si ya se hubieran roto. "La naturaleza de las cosas es que si no se pierden, se las roban, y si no se las roban, se rompen, y si no se rompen, ya no las podemos usar. Esta ley aplica para tazas, carros, personas, abrigos, mascotas, computadoras, ganancias, y casi todo lo que podamos tocar, comprar o tener". Esta simple idea nos permite disfrutar completamente de las cosas cuando son nuevas, y no llorar terriblemente cuando pierden su condición.

Con esto en mente, he tratado de vivir con una norma, si sé que no puedo soportar perder algo, no lo compro. Si voy a estar triste cuando un bebé me mancha la ropa, no la compró, porque prefiero poder cargar al bebé que usar ropa fina.

El valor total de las cosas no es sólo el precio que pagas al comprarlas, también es la energía que pones para cuidarlas, preservarlas, asegurarlas, y lamentarlas.

Cuando manejé mi carro hacía mi casa el día que lo compré, imaginé que ya había participado en un accidente para así evitar la pérdida que vendría a continuación, y que claramente ocurrió un mes después cuando encontré mi carro en el estacionamiento con un golpe y sin ninguna nota. Seguro que lamento el dinero que perdí, pero no quiero agregar otra pérdida, perdiendo la belleza de otro momento de mi vida mientras lloro por la pintura de mi carro.

Si tener posesiones significa que vivimos con el miedo de perderlas, estas posesiones no nos enriquecen.

En Pirkei Avot, La Ética de Nuestros Padres, está escrito, "Mientras más posesiones tienes, más preocupaciones". El valor total de las cosas no es sólo el precio que pagas al comprarlas, también es la energía que pones para cuidarlas, preservarlas, asegurarlas, y lo que las lamentas cuando se destruyen o ya no sirven. El vestido nuevo se mancha o se rompe; el abrigo se queda en la escuela o se pierde; el libro lo prestas y nunca te lo devuelven.

Nuestros sabios nos advierten que no debemos preocuparnos por nuestras posesiones, no porque no nos debe importar malgastar el dinero, sino porque luego de que ya lo gastamos, perdemos mucho más al invertir nuestro tiempo, nuestra mente, y nuestro espíritu en recuperarnos de las pérdidas. De esta manera, perdemos la oportunidad de vivir el presente al estar apegados a las cosas materiales que hemos perdido.

Como muchas de su generación, mi Tía Betty vivió una vida ahorrativa pero murió con un patrimonio neto substancial, dinero del esfuerzo de ahorrar cuidadosamente en las cuentas y del salario de su esposo que trabajaba en un estacionamiento. Alguna gente dice que ella era demasiado "tacaña" como para comprar un carro. Pero desde mi punto de vista, Tía Betty se ahorró mucho sufrimiento al usar el bus.