Para mi familia, encender las velas de Shabat es un momento mágico. Cada semana, ponemos las velas en el marco de la ventana, nos reunimos y después de las bendiciones cerramos ligeramente nuestros ojos mientras mis tres pequeños hijos invitan a los ángeles con sus brazos y sus voces.

"Vengan ángeles de Shabat, los necesitamos, los queremos...". Muy lenta y cuidadosamente, tal como les he enseñado a mis hijos, abrimos nuestros ojos para ver las velas. A través de nuestros ojos bizcos, titilan y parecen bailar en los múltiples vidrios de la ventana. "¡Veo ángeles!", mis hijos alegremente gritan y corren hacia el comedor cantando Shalom Alejem, convencidos de que los ángeles están celebrando con ellos.

Amo el entusiasmo inocente de mis hijos, pero desearía que los ángeles fueran claros también para mí. A pesar de que yo sí creo en ángeles, almas y en la vida después de la muerte, y he leído extensamente sobre el tema en textos tanto judíos como no judíos, mi entrenamiento como física me ha enseñado a ver el mundo como una científica y a explicar cada ocurrencia en términos físicos. La "curación milagrosa" se debe a que cierta medicina logró adherirse a una especifica célula receptora del paciente, penetrarla, incorporarse en el ADN, etc. La "falla médica" de otro paciente se debe a su falta de ciertas enzimas, sus electrolitos estaban demasiado elevados... etc. Generalmente, hay innumerables razones diferentes y explicaciones bioquímicas para todo lo que pasa en la medicina.

Generalmente, pero no siempre.

Hace un par de meses, durante mi turno de medicina interna, tuve una llamada de emergencia. El doctor a cargo tomó el teléfono. "Jackie, una paciente de 92 años presenta un leve ataque al corazón. Ella debe ser internada".

Manejé hacia emergencias y caminé hacia el cubículo. En la cama estaba tendida la Sra. Schwartz, una dulce anciana que me sonrió débilmente con un solo lado de su rostro. Su enfermera de varios años estaba a su lado y me entregó su testamento en vida, en el cual estipulaba que no quería ningún esfuerzo heroico para mantenerla viva.

Llamé a sus dos hijos que se encontraban al otro lado del país, ambos estaban extremadamente preocupados. Querían saber si tenían que venir. Les expliqué que a pesar de que esto parecía ser un leve ataque por ahora, ocasionalmente estas cosas avanzan más. En este caso cometí el error desde el lado de la precaución y les dije que vinieran. Ambos comenzaron a hacer planes de viaje para venir a Los Ángeles.

Al día siguiente fui a ver a la señora Schwartz, era claro que el ataque al corazón había progresado.

Al día siguiente fui a ver a la señora Schwartz, era claro que el ataque al corazón había progresado. Ella estaba tendida en la cama, con sus ojos cerrados y la cabeza para atrás, respirando con fuertes sonidos de gorgoteo. Llamamos a eso respiración agonal, la cual generalmente anuncia una muerte latente.

"¿Sra. Schwartz?", la llamé. No hubo respuesta; sus ojos no se abrían, nada. Intente un masaje de esternón; un masaje con el puño presionando en el esternón para dar una estimulación dolorosa. Sólo pacientes con un severo trauma, en profundo coma, no responden.

No hubo movimiento. Nada.

Llamé a su hijo, Ira, a su teléfono celular. Estaba conduciendo camino al aeropuerto más cercano. Le conté lo que pasó y me dijo que lo más pronto que podía llegar a Los Ángeles era en dos días.

Comencé a escribir "los hechos" en la ficha médica cuando de pronto la Sra. Schwartz, con sus ojos todavía cerrados y con la respiración a gorgojos, indicó con su mano que quería escribir algo. Yo estaba paralizada. Dos minutos antes, ella no había respondido para nada a la estimulación más dolorosa. La enfermera y yo nos miramos. Le di un lápiz a la Sra. Schwartz y le sostuve un papel para que escribiera.

Con una letra tambaleante pero clara, escribió, "Debo irme".

La enfermera comenzó a llorar suavemente. Temblando, tartamudeé, "¡¿Qué?!". Lentamente escribió otra vez, "Debo irme".

No me enseñaron nada acerca de esto en la escuela de medicina. Grité: "¡No! ¡No se puede ir! Ira y David llegaran aquí en dos días. Hoy es miércoles; tiene que esperar hasta el viernes. No estamos listos para que usted nos deje".

Llamé al teléfono de Ira y le sostuve el auricular en el oído a la Sra. Schwartz. Él le dijo lo mucho que la amaba y que tenía que esperar. El aire en la habitación, que había adquirido una cierta tensión, comenzó a cambiar. Ella bajó su mano y básicamente volvió al estado en que yo la había encontrado media hora antes.

Ella sí esperó hasta el viernes. Tuve una reunión con sus hijos, quienes me dijeron que ella había sido actriz y bailarina en los años 30, y una excelente madre. Un par de horas más tarde, con su familia rodeándola, ella murió.

Aquella noche era Shabat. Encendimos las velas, cerramos los ojos y las observamos de reojo luego de la bendición. "¡Veo ángeles!", mis hijos gritaron. Y esa noche yo también los vi.