“¿Cuántos hijos tienes?”, es una pregunta horrible para aquellos de nosotros que hemos perdido un hijo. Rosa, una madre que llora la muerte de uno de sus hijos, me dice que su sicóloga insistió en que ella tenía solamente cuatro hijos, cuando ella dijo que tenía cinco. “Pero Shalom ya no vive contigo”, dijo su sicóloga.

“Bueno, los suyos tampoco vivirán con usted cuando crezcan”.

Su sicóloga le dijo que ella estaba rehusándose a enfrentar la realidad de su pérdida. Pero yo creo que la sicóloga estaba equivocada.

Es verdad que Rosa y yo hemos perdido un hijo. La expresión “perdido” es tan confortante. Como si simplemente hubiésemos ido de compras y el niño se hubiera escabullido y nosotras no lo podemos encontrar en el laberinto de los pasillos.

Al principio yo estaba perpleja y un poco enojada con la palabra. Pero ahora me doy cuenta de que la palabra perdido conlleva un significado que al principio no podía entender. Hay algo muy preciso y resonante sobre el término "perder" un hijo.

La ley judía nos enseña algo importante acerca de la pérdida; cada objeto tiene su lugar en el mundo, y cuando algo está perdido y nosotros lo encontramos, es nuestra obligación retornarlo. En Jerusalem, había un lugar en el Templo para retornar objetos perdidos llamado 'la piedra de las pérdidas'. “Quienquiera que encontraba un objeto iba hasta allí y quienquiera que perdía un objeto hacía lo mismo. El que había encontrado un objeto se paraba y proclamaba, y el otro mencionaba las marcas identificadoras y lo recibía de vuelta”. (Baba Metzía 28b)

Nuestros seres queridos no están físicamente presentes pero nosotros todavía estamos conectados a sus almas. 

 

Pero hay una estipulación intrigante en las leyes de cosas perdidas. Una vez que el dueño renuncia a la esperanza de encontrar el objeto, ya no hay obligación de devolverle el objeto. Y lo opuesto es también verdad.

 

De este modo, la propiedad no es solamente física sino también emocional. Si no renuncio a la esperanza de encontrar algo, todavía me pertenece. Su lugar todavía es conmigo. La ley nos dice esto: Puede ser que no recuperemos lo que perdimos, pero mientras no perdamos la esperanza, todavía nos pertenece. No es que yo piense que Koby va a volver. Pero ningún padre se separa de su hijo. También es difícil para un viudo o una viuda que les pregunten si están casados.  Nuestros hijos y esposas y maridos todavía nos pertenecen. Nosotros no renunciamos a ellos. Es por eso que es tan difícil para un padre que ha perdido un hijo responder a la pregunta: ¿Cuántos hijos tienes?

Vivimos con ellos y sin ellos, al mismo tiempo. Nuestro lugar en este mundo, nuestra identidad, ha sido perturbada; vivimos en este mundo y en el mundo de la memoria y de la nostalgia.

Pero nosotros también vivimos en el mundo de la eternidad, porque la parte perdida de nosotros vive allí ahora. Esa nostalgia crea una realidad. Nuestros seres queridos no están presentes físicamente pero nosotros todavía estamos conectados a sus almas.

Es verdad que los muertos no regresan. Como dijo el Rey David: “Yo iré a él, pero él nunca retornará hacia mí” (Samuel 2, 12:22-23). Pero todavía hay una conexión que es esencial y poderosa. Es por eso que no hay una sensación de cierre. Porque cierre significaría que hemos renunciado a la esperanza de estar conectados con ellos. No puedo responder cuatro niños y no puedo responder tres. Ambas y ninguna respuesta es verdad. Yo vivo en un mundo que está más allá de la aritmética que se me ofrece en este mundo. Yo vivo en un mundo que está más allá de los cálculos.

Este artículo apareció originalmente en el "Baltimore Jewish Times".