Ocurrió de nuevo en Haití

Un terremoto azotó al país dejando horrible devastación y muerte a su paso. Las estimaciones vigentes prevén más de 70,000 víctimas. En las secuelas, un resultado es una posibilidad desafortunada, el otro una certeza verificable.

Lo primero es una observación irónica de Amos Oz posterior al terremoto en Irán: “Es muy claro para mí”, escribió, “que si los árabes presentaran una resolución culpando a Israel por el reciente terremoto en Irán posiblemente conseguirían una mayoría de votos, los Estados Unidos lo vetarían y Francia e Inglaterra se abstendrían”.

Habiendo sido los chivos expiatorios de la historia, los judíos ya no se asombran cuando son culpados por casi cualquier desgracia, incluyendo desastres naturales. Pero lo que a menudo escapa al reconocimiento es el otro evento que siempre sigue a una tragedia de la escala de un tsunami o un terremoto, en donde sea que ocurra: la certeza es que el Estado de Israel extenderá su mano para brindar ayuda y asistencia, para colaborar con espíritu humanitario, sin importar que esta ayuda sea apreciada o incluso reconocida.

Sin duda, los periódicos israelíes reportan la historia: “Israel envía ayuda a Haití, quien afronta una cantidad masiva de muertes por el terremoto. El ministro de relaciones internacionales preparó un equipo de rescate para que partiera hacia el país afligido por el desastre. El equipo de rescate incluye cuerpos elite de ingenieros del ejército y cuerpos de médicos listos para desplegar un hospital de campo, reportó el consulado en Nueva York”.

Es una declaración que merece una explicación. Para jugar el rol de abogado del diablo por un momento, ¿acaso no sería razonable que Israel no se involucre, con la excusa de que su propia miríada de problemas merece prioridad? ¿Por qué Israel debe ocuparse de los problemas de los demás cuando hay tantas necesidades locales que requieren de fondos y atención? ¿Cuál es la urgencia moral y ética del pueblo judío en términos de sus relaciones con “los otros”, las naciones que tan a menudo le han dado la espalda a los judíos y a sus intereses a través de los siglos?

La respuesta para nosotros debe venir de la Torá. Y está en la Torá, así como señalan nuestros comentaristas, Dios define claramente los estándares con los que juzga nuestros intentos por conseguir perfección espiritual.

Tres Niveles de Cuidado

El hombre que alcanzó la grandeza espiritual más alta fue Moshé. Fue él quien recibió el llamado de la zarza ardiente para sacar a los judíos de Egipto y traerlos al Monte Sinaí para recibir el mensaje de Dios para la humanidad. ¿Qué fue lo que Dios vio en él que lo hizo merecedor de ésta misión? Hay solamente tres historias registradas en la biblia sobre Moshé antes de que nos informen acerca de su nombramiento. Todas comparten un tema poderoso. En cada una de ellas, Moshé no se sentó pasivamente en la presencia del mal. No justificó su pasividad con la excusa de que no era su problema. Intervino e hizo lo que pudo porque entendió intuitivamente que todos los hombres son responsables el uno por el otro.

Las tres historias son bien conocidas. En la primera, Moshé vio a un egipcio golpeando a un hebreo y lo mató antes que el egipcio pudiera asesinar a su víctima inocente. En la segunda historia, Moshé vio dos hebreos peleando entre ellos y los separó. En la tercera historia, después de huir a Midián, se enojó al ver a unos pastores abusando de algunas doncellas midianitas que buscaban agua para su ganado y nuevamente intervino para salvar a las jóvenes de los abusadores.   

La característica distintiva de la grandeza: la voluntad de interceder cuando se atestiguan las dificultades enfrentadas por los demás.

Éstas son las únicas tres cosas que la Torá considera apropiado registrar sobre la vida del hombre que fue divinamente elegido para la grandeza. En la ley judía, una triple repetición asegura la constancia del carácter. Moshé demostró tres veces el rasgo más importante que Dios utiliza para definir las características de grandeza y liderazgo: la voluntad de interceder cuando se atestiguan las dificultades enfrentadas por los demás.

Hasta acá un simple entendimiento de la historia. Sin embargo, en un nivel más profundo, los rabinos señalan que estas tres historias representan una secuencia con un poderoso mensaje teológico. En un orden ascendiente de dificultad, las historias transmiten tres niveles de nuestro entendimiento del principio de que somos todos responsables los unos por los otros.

La primera historia necesitó una respuesta cuando Moshé vio a un egipcio golpeando a un hebreo. La víctima era un hermano, mientras que el asaltante era un enemigo declarado. Este es el tipo de incidente que más fácilmente causa una respuesta activa. En términos modernos podría ser el equivalente a que un judío viera a un antisemita, a un nazi o a un miembro de Hamás a punto de matar a otro judío. La intervención es casi segura. ¿Quién podría sentarse a mirar a un inocente hermano siendo asesinado por un enemigo declarado de su propio pueblo?

En la segunda historia, la identidad de los combatientes cambió. Ahora era un judío en contra de otro judío. El antisemitismo ya no juega un rol. La prueba para Moshé era ver si se enfurecería de la misma forma y actuaría, aún si no había ningún extraño envuelto. Y Moshé estuvo a la altura de las circunstancias. También superó esta prueba.

La más difícil todavía lo esperaba. Ahora estaba en una tierra extraña. Ni el abusador ni las damas abusadas tenían relación con él. No conocía ni a las víctimas ni a los asaltantes. En resumen, lo que estaba ocurriendo delante de él no tenía ninguna conexión personal con su vida, más allá del hecho de que seres humanos estaban en peligro y de que él estaba en posición de ayudar. La tercera y última prueba era la que nosotros enfrentamos cada vez que emerge una situación en la que ni nuestra familia, nuestro pueblo o nación está siendo amenazada sino solamente otros seres humanos con quienes sólo compartimos una cosa: que fuimos creados a imagen de Dios.

Moshé se convirtió en nuestro héroe más grande al pasar esta prueba final de carácter. Esta es la característica que debe servirnos como nuestro máximo ejemplo.

Yo me enorgullezco mucho por nuestro pueblo cuando sea que respondemos a los desafíos del antisemitismo en cualquier lado del planeta. Pienso que también es admirable cuando los judíos con diferentes visiones políticas, comunales y religiosas aprenden a convivir juntos en armonía y a no ignorar ataques a los derechos y privilegios de cada uno. Pero lo que más me emociona es cuando aprendo que una de las primeras naciones en responder a las necesidades humanitarias por un desastre, como el terremoto en Haití, es siempre el Estado de Israel. Eso es lo que me asegura que nunca hemos perdido esa característica que hizo que Moshé fuera tan amado por Dios, y que nos permite seguir cumpliendo nuestra misión de tikún olam, rectificación de la creación.