¿Quieres sentir el amor de Dios en tu vida diaria?

¡Abre una tienda!

Sí, correcto. Una de las cosas más espirituales que puedes hacer en la vida es vender al por menor.

Yo fui a la escuela en el lado este de Manhattan. A fines de los 60 y principios de los 70, el este de Manhattan era la Meca de la vida judía en Norteamérica. Cientos de negocios – casi todos ellos llenos de “gangas” – vendían sus mercaderías a todos los clientes judíos de todo el mundo.

No había GAP, Circuit-City, nada de Wal-Mart. Si necesitabas un traje ibas a la calle Rivington, un nuevo reloj con radio transistor, ibas a la calle Canal o Delancey, un chocolate por un centavo, ibas a Hester, una camisa hawaiana, a la calle Orchad. Esos eran los lugares para ir, para ver y ser visto. Cada día, cada tienda, cada interacción era una nueva excitante aventura. Era increíble.

Pero mi locación favorita era una calle más bien oscura, la calle Allen. Era conocida sólo por una prenda, corbatas.

Deben haber habido 20 tiendas en la calle Allen, y todas vendían las mismas corbatas.

Ahora, yo no era un fanático de las corbatas cuando era adolescente. ¿Qué me llevó a ese extraño boulevard? Las corbatas no tenían nada que ver.

Nunca las conté realmente pero deben haber habido 20 tiendas en la calle Allen, y todas ellas vendían corbatas. ¡Todas ellas! No estoy exagerando. No sólo eso, ¡todas vendían las mismas corbatas! Los mismos colores, estilos, fabricas, patrones – y todas por más o menos el mismo precio.

Recuerdo tiempos en los que caminaba por esa calle después del colegio y simplemente me detenía a observar, como las personas pasaban por los pasillos y ocasionalmente entraban y adquirían alguna prenda. Yo me preguntaba. “¿Qué hace que alguien escoja entrar en una tienda en vez de la otra?”.

No parecía haber ninguna razón en particular, porque casi todas eran más o menos lo mismo. Cuando se me ocurrió que el factor X podía ser el servicio que las tiendas ofrecían, personalmente visité algunos de los establecimientos y no encontré ninguna diferencia entre una tienda y la otra – la misma recepción desinteresada. 

Ahí fue cuando sentí la Presencia Divina. ¿Quién más podía conducir a esos clientes desprovistos de corbatas? A pesar de que todos tenemos libre albedrío y cada cliente elige de hecho a que tienda va a entrar, ¡parece no haber ninguna razón convincente para entrar en una tienda o en otra! Para mí, la única explicación posible es que cada cliente era personalmente conducido por la mano invisible de Dios.

Cada vez que necesitaba una inspiración espiritual, simplemente tomaba mi chaqueta, me dirigía hacía la calle Allen, buscaba un buen asiento y esperaba. De manera infalible, veía a Dios trabajando silenciosamente.

 Sintonizando

Ya no estoy más en el colegio y el teatro de la vida me ha permitido costear un asiento de primera fila para observar a Dios a todo color. Los actores cambian, los asientos pueden variar, pero el director siempre deja Su marca. Que emocionante es sentarse atrás, comer pasas con chocolate y observar la obra que llamamos vida. Si realmente estas sintonizado, el espectáculo parece nunca terminar.

Hasta hace muy poco tiempo, la vocación familiar estaba exclusivamente enfocada en el campo profesional; psicoterapia, profesorado, literatura. Ciertamente estas y casi todas las profesiones, le brindan al participante la oportunidad de ver la mano de Dios en el trabajo. Pero, para mi placer y sorpresa, hemos descubierto un nuevo y poderoso camino para la conexión divina.

Cinco largas semanas atrás, mi esposa y yo (mayormente mi esposa) abrimos una tienda. Vendemos camisetas de mujer y de niño. El negocio realmente le pertenece a mi hija y a su esposo. Ellos empezaron hace dos años atrás y nos convencieron de abrir otra sucursal en Brooklyn.

Se esparce la noticia de boca en boca y las personas están entrando. Con la ayuda de Dios… ¿Quién sabe? La tienda abre los domingos mas dos noches a la semana y mi querida esposa maneja la caja. ¿Yo? Bueno, los clientes son todas mujeres, y yo realmente no me siento cómodo. Hasta ahora, reviso las cajas después del cierre, saco la basura, y hago los trámites del banco. Pero no encuentro otra manera de involucrarme.

Alguien podría pensar que no hay nada más mundano que la venta. Yo me estoy dando cuenta cuán lejano a la verdad es eso.

De vez en cuando, cuando la vida parece pesada, cuando lo mundano oscurece los logros verdaderos, cuando se derrama la leche y los niños rayan el auto, tomo mi chaqueta y me voy a caminar. Dos minutos después estoy frente a la tienda, en una vista perfecta del escenario divino. Y observo. Ellos van y ellos vienen. Algunos pasan la tienda y ni siquiera miran. Otros miran y entran a otros teatros. Y algunos abren la puerta y entran.

Cierro los ojos y veo la calle Allen. Me río. No, ya no tengo 16. Y no hay 20 tiendas. pero la película es muy muy clara. Sí. La gente todavía tiene libre albedrío y deciden dónde y cuánto comprar. Pero hay tantos lugares para elegir, tantos estilos, colores y telas a considerar, y una amplia gama de precios para regatear. ¿Cómo se toman todas esas decisiones realmente? No puedo sino creer que en algún lugar, en el gran más allá, una mano Guiadora está involucrada. 

Muchos pueden pensar (como yo lo hacía) que no puede haber una actividad más mundana que las ventas. Yo estoy descubriendo cuán lejos de la verdad está eso. Cada adquisición, cada publicidad, cada decisión – lugar, precio, política, etiqueta, locación, luces, ambiente y tiempos – está saturado de la voluntad de Dios. Él es quien provee.

Los actores han cambiado, y el escenario, de hecho, también ha cambiado. Pero la música todavía suena muy profundamente en mi alma.

El Director siempre deja Su marca.