Eran las nueve y algo, con una temperatura normal para mi ciudad, ocho grados bajo cero.

Mis manos heladas estaban ocupadas con ocho o nueve bolsas de supermercado, por lo que abrir la puerta de entrada era casi una hazaña. Pasé cuidadosamente las bolsas de una mano a la otra (sin romper ni un huevo), me saqué el guante con los dientes y comencé a apretar los botones de la clave de mi cerradura.

En ese mismo instante, mi celular sonó. Hasta un mago hubiese tenido problemas para atender. Como no soy mago, yo respondí.

“¿Yaakov?”, comenzó la voz.

“Sí”. Me las arreglé.

“Yaakov Salomon… mi, mi… ¿cómo van las cosas?”.

“Bárbaro. ¿Cómo van las cosas contigo?”. Pregunté.

(‘Bárbaro’ era un poco exagerado en ese preciso momento glacial, especialmente porque creí haber escuchado a uno de los huevos romperse).

“Buenísimo. Qué bueno escucharte”, respondió la voz. “Eh, no estoy interrumpiendo nada importante, ¿no?”.

“No, para nada”. Contesté automáticamente.

El intercambio de palabras estaba a punto de ponerse raro, principalmente porque no había reconocido la voz del otro lado, y ya habíamos alcanzado el momento crítico en el que ya no podía preguntar con quién estaba hablando.

“Entonces”, continuó, “¿en qué has andado últimamente?”.

Yo me estaba fastidiando. No sólo no sabía con quién estaba hablando, ¡sino que después de veinte segundos de hablar todavía no tenía idea de lo que quería de mi! ¿Era esto una solicitación? ¿Una invitación? ¿Una investigación? ¿Un pedido de información? Mis pensamientos gritaban en silencio: “¿¡QUÉ QUIERES DE MÍ!?”

Me tomó alrededor de dos minutos más de conversación sin sentido darme cuenta de que esta llamada era en realidad para nada, era 'la llamada Seinfeld'. Al igual que el programa Seinfeld era “acerca de nada”, esta llamada era “acerca de nada”. Resultó ser un viejo amigo a quien no había visto por un tiempo. Estaba llamando solamente para “ponerse al día”. No era ni una declaración ni una justificación. Era solamente una sana conversación, sin apuro.

Pero para mí es fascinante. Yo soy lo suficientemente viejo como para recordar cuando hacíamos estas llamadas “Seinfeld” todo el tiempo. Los amigos hasta se visitaban en persona ¡SIN NINGÚN PROPÓSITO ESPECÍFICO! Ellos simplemente “hablaban largo y tendido y mataban el tiempo”.

Me doy cuenta que si tienes menos de 37 años y estás leyendo esto, tienes una fuerte sospecha de que te estoy mintiendo o engañando. “¿Por qué podría alguien en su sano juicio desperdiciar su precioso tiempo llamando o visitando a alguien sin necesidad o función, o, quizás, remuneración? ¿La gente REALMENTE hacía eso? ¿POR QUÉ?”. 

Sí, la gente realmente hacia llamados telefónicos y tocaba el timbre sólo para charlar. Pero lamentablemente se ha convertido en un arte perdido. Con el advenimiento de incontables e increíbles dispositivos ahorradores de tiempo y la presión de hacer QUE CADA SEGUNDO CUENTE, los encuentros sin propósito, sin un objetivo, sin significado, han compartido el destino de los cassettes. Ya no está de moda, no, ni siquiera es aceptable “desperdiciar” tiempo para nada.

La verdad es, por supuesto, que el tiempo en realidad no era “desperdiciado” para nada. Era utilizado para conectar con los demás de una manera natural y espontánea. Yo extraño esos días. La vida era más lenta, menos presionada, menos apurada, y posiblemente hasta más significativa.

¿Cuándo fue la última vez que tuviste toda la atención de una persona?

Yo digo más significativa porque junto con nuestra obsesión de estar al máximo nivel de productividad todo el tiempo, hemos perdido las sutilezas de la paciencia, el escuchar, el mirar a los ojos, interactuar y simplemente pensar. Es un precio alto para pagar. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste toda la atención de una persona? Las estadísticas nos dicen que si estás hablando por teléfono con otra persona hoy en día, solamente el 12% de las personas del otro lado de la línea no está haciendo nada mientras te habla. Ok, yo inventé el número, ¡pero si alguien hace un estudio te apuesto que el número sería aún más chico que eso! 

Admítelo. La mayoría de nosotros a la vez que estamos al teléfono estamos navegando en internet, o manejando, cocinando, mirando TV (con o sin sonido), enviando un mensaje de texto (sí, puedes hacerlo mientras hablas con el mismo teléfono), haciendo una lista de cosas para hacer, jugando Solitario o Tetris, maquillándote, calentando comida en el microondas, haciendo el balance de la chequera, o durmiendo una siesta (difícil, pero no imposible, ¡inténtalo!).

De hecho, puede ser la hora de crear un nuevo grupo de auto-ayuda: RTSA - Realizadores de Tareas Simultáneas Anónimos.

Es verdad, es maravilloso ser más productivo. Nadie quiere renunciar a los logros. Todos queremos obtener el máximo de nuestro tiempo. El problema es que nos hemos convertido adictos a eso. Simplemente no podemos tolerar esos momentos en los que es imposible o no conveniente hacer muchas cosas al mismo tiempo. Sólo trata de ir a algún lugar sin tu teléfono celular o tu Blackberry. O peor, trata de ir a algún lugar solo, sin tu laptop o tu teléfono celular. ¡Seguro te vuelves loco!

Un amigo mío fue hace poco a una boda en donde no conocía a casi nadie. Gracias a Dios, tenía un conocido sentado al lado. De repente, el hombre anunció que tenía que irse de la boda temprano y, para colmo de males, ¡mi amigo había olvidado su celular en casa! El hombre se fue de la boda y mi amigo quedó solo. Como me lo describió al otro día: “Fui dejado solo… con sólo mis pensamientos. Fue muy, muy incómodo”.

Hemos reemplazado contemplación con implementación.

Lo que pasó es que hemos reemplazado contemplación con implementación. En realidad no pensamos, sólo hacemos… y hacemos… y hacemos un poco más. Nos colgamos tanto con cuánto hemos hecho y qué tan eficientes podemos ser, que ya no hay tiempo ni lugar para reflexionar sobre por qué hacemos las cosas o si las cosas que hacemos son realmente significativas o importantes o sirven para un propósito más grande en este mundo. Necesitamos tener un poco de tiempo para pensar. ¡Que terrorífico!

¿Pero de qué estamos asustados? ¿Por qué la idea de solamente pensar nos aterra?

Hay muchas posibilidades. Muchos de nosotros podemos temer que pensar nos forzará a ver lo aterrorizados que estamos de fracasar, de desilusionarnos, del dolor, del cambio, de perder personas queridas, de enfermedades, de perder la cordura, de nuestra propia muerte, del apocalipsis. Es el miedo de confrontar nuestros miedos. Y la única manera de mantenernos seguros es mantener nuestras mentes locamente ocupadas.

Otra razón por la que pensar es peligroso es porque nos encontramos a nosotros mismos confrontando el significado de la vida y preguntas problemáticas como: ¿Estoy cumpliendo con mi propósito aquí? ¿Mis decisiones realmente reflejan mis valores en la vida? ¿Cuáles son mis valores verdaderos? ¿Conozco mis prioridades? ¿Qué es lo que realmente me importa? Tantos de nosotros vivimos en una burbuja de negación. Es simplemente más seguro, más cómodo. Y todas las tareas simultáneas que hacemos aíslan esa burbuja y nos evitan enfrentar las preguntas realmente difíciles que la vida pone en nuestro camino.

Pero el cambio solamente puede ocurrir gradualmente. Cada tanto, no necesariamente todos los días, puede ser cada semana o una vez al mes, necesitamos sentarnos solos, sin distracciones, y pensar sobre lo que somos y lo que queremos lograr.

La sesión completa de soledad posiblemente no debería durar más de cinco minutos. Eso es todo. Créeme, cinco minutes pueden ser mucho tiempo.

Sólo cinco minutos a la semana sin un celular, un libro de sudoku, una computadora, o una lapicera, pueden cambiar tu vida para siempre.

Y eso es parte de la genialidad de Shabat. Es una gran oportunidad para la reflexión, un tiempo designado para la contemplación, no hay celulares, computadoras ni TV. Con el mundo exterior relegado al status de 'persona no grata', podemos cavilar y meditar libres de distracciones que envenenan nuestra capacidad de reflexionar. Y si las 25 horas completas parecen desmoralizadoras, posiblemente la noche del viernes es un buen lugar para empezar.

No temas.

Deja de hacer.

Simplemente comienza a pensar.