El experimentado conductor de tren – que tenía una pasión por la velocidad – fue arrestado hace pocos días en su cuarto de hospital en el noroeste de España. Los investigadores aún están examinando el imprudente comportamiento que causó el accidente ferroviario que le costó la vida a 79 personas y que causó varias docenas de heridos el pasado miércoles. El conductor, Francisco José Garzón, se jactó el año pasado en su página de Facebook de haber sobrepasado los 200 kilómetros por hora. Francisco también escribió – en la ya eliminada página de Facebook – sobre su sueño de ir incluso más rápido. Las cajas negras del accidente ya han sido encontradas y ayudarán a explicar por qué el tren salió volando de sus rieles en una curva cercana a Santiago de Compostela, cuando iba al doble de la velocidad límite.

El deseo de velocidad de un hombre parece ser la causa de esta tragedia. 79 personas perdieron la vida porque Francisco quería ir más rápido. Él no estaba tratando de dañar a nadie, pero su comportamiento imprudente terminó matando a decenas de personas. Sin embargo, la cosa más aterradora de la que me di cuenta mientras leía esta historia fue que esto me podría haber pasado a mí también.

Todavía recuerdo el día que aprobé el examen de manejo, cuando tenía 16 años. Recibí un sobre rosado que decía que había aprobado, por lo que inmediatamente arreglé pasar por cuatro de mis mejores amigas para mostrarles mis nuevas habilidades de manejo. No sé si iba demasiado rápido o si iba dada vuelta conversando con mis amigas cuando se suponía que debía ir mirando hacia adelante – realmente no lo recuerdo. Pero fui afortunada de que cuando choqué con el auto de adelante, nadie salió herido y el otro auto ni siquiera pareció sufrir daño alguno.

La conductora del otro auto me pidió los datos de mi licencia y seguro. Su cara casi se cayó cuando le respondí que “aprobé mi examen de manejo hace pocas horas y sólo tengo este sobre rosado”.

Ella tomó el sobre y miró nuevamente mi auto, en el cual habían cuatro chicas jóvenes de 16 años que estaban a punto de estallar de risa.

“Te diré que haremos. No tenemos que intercambiar ninguna información si me prometes que te irás a casa ahora” – dijo ella con una pequeña sonrisa y luego caminó de vuelta a su auto moviendo su cabeza en señal de incredulidad. Mis amigas se burlaron de mí todo el camino a casa, y yo rápidamente olvidé todo el asunto. Sólo años después me di cuenta del daño que podría haber provocado y de las vidas que podría haber cercenado por mi falta de cuidado, lo cual gracias a Dios no ocurrió.

La gratitud no debiese estar reservada sólo para las cosas que tenemos. También debiese ser para las cosas que no ocurrieron pero que fácilmente podrían haber ocurrido. Los casi choques. Los accidentes de los que nos salvamos por poco. Los días en que volvemos a casa y todo está milagrosamente bien.

Y el accidente de tren me hizo pensar en todas las veces en las que estamos apurados. Atrasados para una reunión. O para una clase. O para recoger a nuestros hijos de la escuela. Y vamos más rápido de lo que deberíamos. Para ahorrar tiempo. No pensamos en las consecuencias porque hemos escapado de ellas en el pasado. Pero la velocidad puede matar. Ganar tiempo puede terminar haciéndonos perder la vida. Pocos de nosotros soñamos con alcanzar grandes velocidades en un tren, pero muchos de nosotros nos encontramos a veces preguntándonos cuán rápido podemos ir sin descarriarnos de los rieles de nuestras vidas. Y el reciente accidente de tren nos puede servir de advertencia.

La vida es preciosa. No podemos controlar las consecuencias de todo en nuestras vidas, pero sí podemos – y debemos – hacer nuestro mayor esfuerzo para vivir cuidadosamente. Debemos mirar hacia adelante. Debemos disminuir la velocidad. Debemos darnos cuenta que más frecuentemente de lo que pensamos, nuestras propias vidas y las vidas de quienes nos rodean están en nuestras manos.