Todos estamos de acuerdo en que el 2020 fue un año muy difícil, plagado de dolor, enfermedad, decepciones, pérdidas y angustia. Sin embargo, al prepararnos para dar la bienvenida al 2021, me detengo y cuento mis bendiciones. Sorprendentemente hubo muchas, incluso durante la pandemia.

Hace poco, mi nuera nos llamó con su iPhone desde California. Mis nietos querían agradecernos los regalos que les mandamos por Janucá. Pasó un año desde que vimos en persona a nuestros hijos y nietos de la costa occidental. En la pantalla se ven mucho más altos de lo que eran cuando los visitamos el diciembre pasado. Formulan más preguntas y se expresan mucho mejor. Quería sacarlos de la pantalla y abrazarlos.

Mi nieto de seis años le preguntó a su madre por qué no podía vernos en el teléfono:

—¡No hay ninguna foto! No puedo ver a los abuelos. ¡Quiero verlos!

—No estoy en Face Time. Sólo podemos verlos cuando estamos en FaceTime —le explicó mi nuera.

Me reí al pensar que un niño de seis años pueda dar por obvio ver virtualmente a una persona, que piense que es algo que forma parte de cualquier llamada telefónica. Le conté un recuerdo de mi propia infancia. Le dije que cuando oí que alguien sugería que en un futuro lejano uno podría ver a la persona que estaba del otro lado del teléfono, no podía imaginar que algo así pudiera llegar a ser cierto.

Al oír esa predicción, observé cuidadosamente el teléfono con disco giratorio y con escepticismo me pregunté cómo los inventores serían capaces de instalar una pantalla de TV dentro de un teléfono. Mi nuera y yo tratamos de explicarle cómo se veía un teléfono antiguo. Cuando un niño de seis años piensa en un teléfono, él piensa en un celular. Finalmente, mi nuera le mostró su teléfono de línea, y él pudo ver que allí no había lugar para una pantalla. Luego ella nos volvió a llamar por FaceTime para que mi nieto pudiera vernos y continuamos la conversación.

Por mucho que antes de la pandemia se criticara a la tecnología como una amenaza a punto de apoderarse de nuestras vidas, descubrí que me regocijé con sus maravillas mientras nos refugiamos con mi esposo en nuestro hogar. En muchas formas, la tecnología nos acercó a la familia y a la fe, nos permitió trabajar de forma más productiva y conectarnos con amigos.

Mi esposo continuó conectado a diario con su sinagoga a través de Zoom y chat con su rabino y amigos. Esto fue un cable a tierra. Ambos asistimos a programas de las tres sinagogas a las que pertenecemos en Nueva York, California y Florida. A través de la tecnología, pudimos mantenernos involucrados sin salir de nuestro hogar.

La semana pasada, le celebramos por Zoom el cumpleaños número 95 a un pariente que vive en otro estado, conectándonos con primos que no vimos en décadas y disfrutando de la fuerza, estamina y flexibilidad del cumpleañero. Él comentó que "en muchos sentidos, esto fue mucho mejor que una fiesta regular de cumpleaños… ¡y no tuve que proveer el refrigerio!".

Algunos días antes, celebramos Janucá encendiendo las velas por Zoom. Esta fue la primera vez en muchos años que los 14 miembros de nuestra familia pudimos celebrar juntos la festividad.

El mes pasado, pasamos un par de horas en una shivá por Zoom, consolando a un amigo que perdió repentinamente a su hermano menor. Fue una conversación íntima y profunda, pero sin abrazos.

Por supuesto que ya no hay más abrazos en ninguna parte, y todos esperamos retornar a un período de abrazos después de la vacuna.

Facebook, el medio tan criticado, me reunió con amigos de muchos años, incluso de la escuela primaria, y me permitió conectarme con lectores de todo el mundo. Cuando publiqué mi primera novela, The Takeaway Men, en medio de la pandemia, pensé que mi oportunidad de hablar del libro frente a audiencias se vería gravemente limitada o completamente eliminada. De hecho, ocurrió exactamente lo contrario. Conectarse por Zoom con lectores en clubes de lectores, Centros del Holocausto, Hadasa y otros grupos judíos de todo el mundo, se transformó casi en un trabajo de tiempo completo.

Me siento agradecida con la tecnología como una herramienta útil que tuvo su momento. ¿Pueden imaginar cuán solos y aislados nos sentiríamos ahora sin ella? Al mismo tiempo, espero que en el nuevo año los niños y los maestros puedan regresar a las escuelas, los adultos a sus trabajos y a sus actividades recreativas. Espero que los negocios vuelvan a abrir y que la gente pueda irse de vacaciones. Añoro el día en el que todas las sinagogas vuelvan a funcionar normalmente. Tal vez entonces podamos aprender a usar la tecnología de forma proporcional y positiva. Pero más que nada, espero y rezo para que la gente deje de enfermarse y de morir por COVID-19.

Al entrar a un nuevo año con la pandemia todavía en pleno auge, celebremos las bendiciones de la familia y el apoyo de los amigos. Que podamos valorar los regalos de salud y seguridad. Que encontremos consuelo en la fe, en la ciencia y también en la tecnología. Elogiemos el heroísmo de los que ayudan a los demás. Y que podamos recibir el poder sanador de la esperanza, de los sueños, y el milagro de la resiliencia. Con el 2020 en el espejo retrovisor, quizás entraremos al 2021 más sabios y más agradecidos.