Si preguntas si es correcto que los rabinos apoyen a ciertos candidatos o partidos, la mayoría de las personas te responderán que no. Pregúntales si desean que su sinagoga sea un lugar con una línea política, y te dirán que no. Sin embargo, algunas de estas mismas personas, te dirán que estas reglas se aplican en tiempos normales, pero no en circunstancias extraordinarias.

No te equivoques. Yo valoro como cualquier otro cuán importantes son los temas de nuestra época. Pero, si hay algo que debieron enseñarnos los últimos ocho meses de pandemia es: humildad. Lo poco que sabemos, el poco control que tenemos y lo poco que podemos predecir. Si bien esto es cierto respecto al coronavirus, también se aplica a cualquier otro tema.

La gente que habla con certeza sobre lo que ocurrirá basados en qué candidato o partido llegue al poder, haría bien en recordar esto. No quiere decir que no podamos tener un debate sano y respetuoso, que no podamos defender o hacer campaña por el candidato, el partido o las políticas que pensemos que son mejores. Sino que significa que debemos hacerlo con un sentido de humildad, no con arrogancia; con preocupación, sin un exceso de confianza; con esperanza y no con certeza.

Las personas razonables pueden llegar a conclusiones razonables en cualquier dirección. Por supuesto, es justo —y a veces incluso constructivo— tratar de persuadir a los demás para que vean las cosas tal como tú las ves. Pero si no puedes lograrlo, reconoce que la otra persona no sólo tiene derecho a su perspectiva, sino que su opinión es razonable, legítima y justa. El hecho de que el otro llegue a una conclusión diferente, incluso cuando uno está convencido de que está equivocado, no significa que tenga un carácter corrupto, que sea menos patriótico, que no esté suficientemente comprometido con Israel o que sea menos devoto a la Torá.

Yo soy un rabino ortodoxo, y quiero que quede claro, como rabino ortodoxo, nunca te diré por quién debes votar. En política, las personas pensantes, razonables y respetuosas, pueden llegar a conclusiones opuestas.

Y si bien continuaré aceptando y subyugándome a los grandes líderes y sabios de Torá en temas de ley y filosofía judía, no quiero que ellos, sin importar cuán "importantes" sean, decreten por quién debo votar, ni me digan que saben con certeza qué es lo mejor para el pueblo judío o para Israel, o que simplifiquen temas verdaderamente complicados.

Lo que más me molesta sobre las declaraciones rabínicas dictaminando cómo se debe votar y articulando con absoluta confianza qué ocurrirá si no lo hacemos, no es sólo la injusta negación de que las personas puedan pensar por sí mismas y sacar sus propias y legítimas conclusiones, sino que creo que también se desvían significativamente de un importante principio de la Torá.

Hace mucho, el Rey Shlomó (Mishlé 21:1) enseñó que "El corazón de un rey es como una corriente de agua en la mano de Dios. Él la dirige hacia donde Él desea". Cada día decimos en nuestras plegarias: "No coloques tu fe y tu confianza en príncipes o en diplomáticos".

Como judíos creyentes, reconocemos que es el Amo del universo quien orquesta todos los asuntos domésticos, extranjeros y, por supuesto, todas las políticas y sus consecuencias. Ser un estudiante de Torá y de historia judía es reconocer la mano de Dios guiando la historia. Su mano dirigió nuestra historia y, en definitiva, Su mano es la que guía nuestro destino, sin importar el resultado de una elección, incluso si es "la más importante de nuestra vida".

Nuestros sabios (Bamidbar Rabá 18a) enseñan que "Dios tiene muchos agentes y emisarios". Si bien nosotros debemos tomar nuestras elecciones basados en nuestra perspectiva finita y limitada, la visión de Dios es ilimitada. No sabemos por qué Él elige emplear a cualquier persona o líder particular en determinada situación o momento. Cuando se cuentan los votos finales, el candidato que gana cualquier elección no sólo refleja la voluntad del pueblo sino algo mucho más importante: la voluntad de nuestro Creador.

Recemos por una reacción pacífica a la elección, para que haya unidad y civilidad en nuestra comunidad, y que tengamos la capacidad de ver la mano de Dios en este y en cada aspecto de nuestras vidas.