A medida que el brote de COVID-19 crece en escala y alcance, las víctimas tienen que enfrentar el estigma adicional de la culpa por “el crimen” de poner en riesgo la salud de los demás.

En un principio estaba limitado dentro de China, en Wuhan. No pasó mucho tiempo antes de que comenzaran a aparecer numerosos informes dirigidos contra los chinos y la aversión a los diferentes.

Una vez que el virus se dispersó, la discriminación ya no quedó restringida a una fuente geográfica. “La culpa de la víctima” se focalizó en cualquiera suficientemente desafortunado como para mostrar señales de estar afectado. Como dijo con aguda percepción Madeline Hsu, profesora de historia y estudios asiáticos-americanos en la universidad de Texas: “Los gérmenes y los virus no operan sobre una base racial”.

La semana pasada un gran periódico de Nueva York publicó una fotografía que identificaba a “un abogado judío” en Westchester con flechas de personas que “él infectó” al tener contacto con ellos en los servicios de Shabat en su sinagoga y en un funeral al que asistió.

La Organización Mundial de la Salud, sensible a la posibilidad de que se culpe a las víctimas, publicó con urgencia una campaña en contra de decir que las personas “transmiten Covid-19”, “infectan a otros” o “dispersan el virus”, porque esas palabras sugieren cierta medida de culpa o responsabilidad. En cambio, la OMS pide que se diga que la gente “adquiere” el virus.

”Mientras más pánico hay, mayor es la tentación de culpar al diferente, al otro”.

Culpar a la víctima tiene muchos precedentes. Robert Fullilove, profesor de ciencias médicas sociales en el Centro Médico de la Universidad de Columbia, observó que la historia nos enseña esta lección lamentable y universal: “Mientras más pánico hay, mayor es la tentación de culpar al diferente, al otro”.

Las plagas del pasado verifican esta verdad, y los judíos conocemos personalmente esta tragedia.

Cuando la peste bubónica, más conocida como la “peste negra”, diezmó un cuarto de la población de Europa en unos pocos años a mediados del siglo XIV, los cristianos encontraron rápidamente una explicación. El antisemitismo era una simple razón teológica para asignar la culpa a los judíos, quienes obviamente habían programado el brote, envenenado los pozos de agua o, como proclamaban los teóricos medievales de la conspiración, “deseaban extinguir a los cristianos, a través de sus venenos de ranas y arañas mezclados en el aceite y el queso”. En cuanto a los judíos que también murieron, eso no era nada más que un merecido castigo divino por sus pecados y por no aceptar a Jesús.

Cientos de comunidades judías fueron exterminadas por el crimen de supuestamente haber creado una enfermedad que no contemplaba diferencias religiosas, salvo que trataba con menor rigurosidad a aquellos judíos que observaban fielmente el ritual de lavarse con frecuencia las manos como una mitzvá.

En el siglo XV la sífilis volvió a convertirse en una razón aceptada para el odio y la xenofobia. Como explican los historiadores, cada grupo nacional en Europa definió a la sífilis como una enfermedad de las otras naciones. Los alemanes culpaban a los franceses y la llamaron “la enfermedad francesa”. Los franceses culparon a los italianos. Los polacos culparon a los rusos, los persas a los turcos, los musulmanes a los hindúes y los japoneses a los portugueses. De alguna forma esta fue una de las pocas ocasiones en las que los judíos no fueron considerados los principales culpables.

Pero los judíos no tuvieron tanta suerte en los Estados Unidos a comienzos del siglo XX, cuando los inmigrantes judíos fueron acusados de llevar la tuberculosis a Norteamérica. Con el apodo de “la enfermedad judía” o “la enfermedad de los sastres” (una de las ocupaciones más habituales entre los judíos), la tuberculosis y su conexión con los judíos ayudó a crear la imagen de los judíos enfermizos y débiles. Lamentablemente, eso se usó más tarde como un “estereotipo racial” para justificar las restricciones a la inmigración judía en las décadas del 20, del 30 y del 40, incluso cuando el Holocausto decretó que la única alternativa posible era la muerte.

“Culpar a la víctima” no sólo es irracional, sino que es cruel. Se dirige a inocentes que ya están sufriendo innecesariamente. Sherry Hamby, profesora de psicología en la Universidad del Sur y fundadora de Psychology of Violence journal, considera que la fuente está en un intento muy humano de calmar nuestros propios miedos respecto a la seguridad personal. “Considerar a las víctimas responsables de su mala suerte es en parte una manera de evitar admitir que algo tan impensable podría llegar a sucederte a ti mismo, incluso si haces todo ‘de la forma correcta’”.

Ahora que el coronavirus se expande rápidamente por el mundo, cada uno puede llegar a ser la próxima víctima, que Dios no lo permita. Por nuestro propio bien, no seamos culpables del crimen que incrementa todavía más la tragedia: el crimen de culpar a la víctima.