Durante el coronavirus corrí todos los días por el mismo sendero. Queda cerca de casa y no hay mucha gente. Una de las razones por las que no es demasiado popular es porque todo el camino es cuesta arriba. Y no se trata de una leve pendiente, sino que más bien es como una colina de esquí.

Cuando comencé a correr por ese camino, me resistía a dar cada paso con la misma fuerza que me resistía a la cuarentena. ¿Otra vez? Esto es una locura. No puedo creer que me levanto y vuelvo a hacerlo. Pero a medida que transcurrieron las semanas, noté que aunque correr cuesta arriba todavía no era fácil, me costaba menos. A medida que me acostumbraba al esfuerzo, comencé a levantar la cabeza y a prestar atención al paisaje. El arroyo que brillaba bajo el sol matutino. El puente de madera que retumbaba bajo mis pisadas. Las flores rosadas del cerezo contrastando contra el cielo celeste. El olor fresco del césped recién cortado y las flores amarillas que se abrían paso en la tierra como la esperanza obstinada de la primavera.

Además, la sensación del camino de regreso, al descender, comenzó a opacar el esfuerzo. Sentirme volar los kilómetros hacia mi auto. Como un pájaro al que le abrieron la jaula. Como un niño en una plaza. Como una larga exhalación de gratitud después de mantener la respiración demasiado tiempo.

Un día, después de correr, esperaba en el supermercado detrás de un hombre anciano. Él debe haber tenido unos ochenta y tantos años. Mientras trataba de respirar detrás de mi máscara, sentí pena por él. Mi hermano y yo estuvimos ocupándonos de las compras de nuestros padres, que son mucho más jóvenes que ese hombre, y me pregunté qué hacía él en medio de ese negocio con tanta gente. Quizás no tenía hijos o tal vez vivían demasiado lejos.

Pero cuando terminó de pagar su compra y yo ya estaba lista para avanzar más allá de la cinta que marcaba los dos metros de separación entre nosotros, noté que no él no avanzaba. Aunque la máscara opacaba un poco su voz, oí que le dijo al cajero: “Muchas gracias por trabajar hoy. Te lo agradezco enormemente”. Entonces le dijo a la persona que empacaba sus productos: “Muchísimas gracias. Realmente valoro que estés trabajando para que nosotros podamos comprar nuestros alimentos. Cuídate y que tengas mucha salud. Gracias”.

Él empujó lentamente su carro de compras y vi que también se detuvo al lado del mostrador de servicio al cliente para agradecerle también a ese empleado. Dejé de lado mi pena por ese hombre y comprendí que era testigo de una porción de grandeza. Una grandeza que sólo se consigue al esforzarse por subir muchas colinas a lo largo de muchas etapas de la vida practicando siempre la gratitud. Estoy segura de que esta persona no dedicaba ni un segundo a pensar lo que estaba diciendo. Quedaba claro que decir gracias y valorar a las personas que lo rodeaban eran parte de su naturaleza. Estaba acostumbrado a levantar la cabeza y reconocer la belleza que lo rodeaba.

Esa noche vi un video clip de un hombre de 88 años en Watermon al que levantaron en un grúa para que pudiera ver a su esposa a través de la ventana de su hogar de ancianos. “No me hubiera molestado que me levantaran 10 pisos con tal de poder verla”, dijo Nick Avtges.

Antes de la pandemia del coronavirus, Nick visitaba a su esposa cada día y se quedaba acompañándola todo el día. Pero desde que no pudo visitar a su esposa de 61 años, la extrañaba tanto que sus hijos tuvieron esa idea para ayudarlo a que pudiera volver a ver su rostro. Cuando llegó a la habitación de su esposa, colocó su mano sobre la ventana y sostuvo un cartel que decía: “Te amo, cariño”. Yo pensé en todas las cuestas que esa pareja debe haber subido durante 61 años para llegar a un lugar en el que un anciano de 88 años esté dispuesto a subirse a una grúa para que lo levanten por el aire y poder volver a ver los ojos de su esposa. También aquí había una pequeña porción de grandeza. La grandeza de años de amor.

A veces, la grandeza nos susurra en el oído.

Estas dos manifestaciones de gratitud y amor me recordaron una historia que vi hace poco. Una maestra les pidió a sus alumnos que nombraran las Siete Maravillas del Mundo. La mayoría de los estudiantes respondieron: las grandes pirámides de Egipto, el Taj Mahal, el Gran Cañón, el Canal de Panamá, el edificio del Empire State, la basílica de San Petersburgo y la gran muralla china. La maestra notó que una alumna no había respondido a su pregunta. Le preguntó cuál era su respuesta y la niña le dijo que no podía decidirse porque había demasiadas cosas maravillosas. La maestra le pidió que compartiera lo que hasta ese momento había anotado.

Después de dudarlo, la niña le dijo: “Yo pienso que las maravillas del mundo son: 1. Tocar. 2. Saborear. 3. Ver. 4. Escuchar. 5. Sentir. 6. Reír. 7. Amar”.

La maestra se sorprendió y el aula quedó en absoluto silencio. Creo que en medio de ese silencio muchos de los alumnos entendieron que no tenían que cruzar el mundo para ver cosas extraordinarias. A menudo los escenarios más bellos y extraordinarios están a nuestro alrededor. Frente a nosotros, en la fila del supermercado. Brillan a través de las manos temblorosas apoyadas sobre las ventanas de un hogar de ancianos. Nos esperan cuando subimos nuestras colinas. Cuando lenta pero obstinadamente avanzamos a pesar de las dificultades.

A veces, la grandeza nos susurra en el oído. A veces la belleza espera que levantemos los ojos del suelo. A veces, correr cuesta arriba es la única manera de ver el paisaje.