Cuentan que una joven pareja se mudó a un nuevo barrio. A la mañana siguiente mientras desayunaban, la mujer vio que su vecina colgaba la ropa y dijo: "Esa ropa no está muy limpia, ella no sabe cómo lavar correctamente. Quizás precisa un detergente mejor". Su esposo la miró y se mantuvo callado.

Cada vez que la vecina colgaba su ropa, la joven mujer hacía los mismos comentarios. Un mes más tarde, la mujer se sorprendió al ver que la ropa colgada estaba impecablemente lavada y le dijo a su esposo: "¡Lo ves! Finalmente aprendió a lavar la ropa como se debe. ¿Me pregunto quién le habrá enseñado a hacerlo?".

El esposo le respondió: "Esta mañana me levanté temprano y limpié nuestras ventanas".

Últimamente pensé mucho en esta historia a causa de la tensión y los juicios que creó la pandemia. La historia registrará los datos, cuántas víctimas, cuántos casos confirmados, cuántos se recuperaron, cuántos resultaron con anticuerpos positivos. ¿Pero quién calculará cuántas amistades terminaron, cuántos compromisos se rompieron, cuántas relaciones se dañaron? ¿Quién cuantificará la constante ansiedad, tanto por el miedo a contraer la enfermedad como por ver a otros que lo toman demasiado a la ligera o demasiado estrictamente?

¿Cómo se pueden capturar con precisión todos los meses de fuertes emociones y su impacto final sobre nuestro bienestar físico, mental, emocional y espiritual?

Cuando el COVID-19 comenzó a expandirse y las comunidades se cerraron, en cierto sentido la vida era bastante sencilla. Cumplir las regulaciones consistía en ser responsable y respetuoso, y los que no lo hacían arriesgaban sus vidas y las de los demás. Pero en los meses siguientes cuando paulatinamente empezaron a abrirse las cosas y los números comenzaron a dispararse, la realidad se volvió sumamente confusa. La pandemia está lejos de haber terminado y no podemos bajar la guardia. Las precauciones y el cumplimiento de las directivas siguen siendo fundamentales en muchos casos para salvar o preservar vidas. Sin embargo, aunque estamos lejos del final, tampoco estamos donde estábamos al principio.

Sin dudas hay comportamientos que, incluso ahora, todos estamos de acuerdo en que son irresponsables y peligrosos. Pero es mucho menos claro dónde se debe trazar exactamente la línea entre ser temerario y despiadado. ¿Enviar a los niños a un campamento de verano (o a la escuela) es justo o es tonto? ¿Es posible juntarse a jugar con amigos o compartir las comidas de Iom Tov con distanciamiento y precauciones? ¿Los minianim deben realizarse al aire libre, en lugares cerrados o directamente no deben existir?

Como resultado de la ambigüedad inherente y los lineamientos opuestos o no específicos, muchos culpan y avergüenzan a otras personas.

Como resultado de la ambigüedad inherente y los lineamientos opuestos o no específicos, muchos culpan y avergüenzan a otras personas. Algunos se indignan por la falta de cuidado de sus amigos y vecinos, mientras que otros se horrorizan por la forma extrema en que actúan quienes los rodean. Dado lo que está en juego casi con todos los aspectos involucrados, es difícil no esperar y exigir que todos tengan exactamente tu misma actitud frente a este temido virus y los comportamientos que consideras adecuados para evitar su propagación. Esto me recuerda la brillante observación de un famoso comediante: "Cualquiera que conduce más lento que tú es un tonto, y cualquiera que conduce más rápido es un maníaco".

Si bien nosotros como comunidad adoptamos y continuamos alentando los protocolos y las políticas de seguridad, como individuos sería bueno comprender que no hay demasiado que podamos controlar. No agravemos los desafíos de esta época perdiendo la serenidad por las cosas que las personas no pueden controlar, y en cambio, concentrémosnos en lo que sí podemos hacer. He aquí algunas sugerencias:

En Los siete hábitos de la gente altamente efectiva, Stephen Covey dice: "Si tuviera que resumir en una frase el principio más importante que aprendí en el ámbito de las relaciones interpersonales, sería este: primero trata de entender y luego de ser entendido". Antes de criticar o juzgar las elecciones de otros o las decisiones de tu sinagoga o de la escuela de tus hijos, primero tómate el tiempo para tratar de entender su posición, cómo llegaron a esas decisiones y con qué parámetros las adoptaron.

El Talmud (Eruvín 13) nos dice que seguimos la opinión de Beit Hilel por sobre la de Beit Shamai porque Beit Hilel siempre escuchaba primero lo que tenía para decir Beit Shamai y analizaba su opinión antes de llegar a sus propias conclusiones. No tienes que estar de acuerdo con todo el mundo ni con cada institución. La crítica constructiva es justa y debe ser bienvenida, pero sólo después de que hayas escuchado y analizado el proceso de pensamiento de la otra parte.

Lo que vemos cuando miramos a los demás depende de la limpieza y la claridad de la "ventana" a través de la cual miramos. Antes de reaccionar con incredulidad ante el comportamiento de los demás, pregúntate a ti mismo cuán consistente eres con todas tus elecciones y con todos tus actos. ¿Acaso nunca racionalizas tus excepciones a tus propias reglas? Sé sincero contigo mismo y sólo entonces examina a los demás. Dicen que cuando señalas con un dedo a otro, hay otros tres dedos que te apuntan a ti.

No tenemos que sentir ni reaccionar con enojo, ansiedad, frustración, resentimiento, impotencia o desesperanza.

Podemos sentirnos impotentes al tratar de controlar a los demás, pero podemos controlarnos a nosotros mismos. No tenemos que sentir ni reaccionar con enojo, ansiedad, frustración, resentimiento, impotencia o desesperanza, sin importar lo que ocurra o cómo se comporten las personas que nos rodean. Nosotros elegimos a qué dedicamos nuestro tiempo, qué actitud y comportamiento tenemos y en qué nos enfocamos. Nosotros controlamos nuestros pensamientos y regulamos nuestras emociones. No entregues la llave de tu felicidad y de tu serenidad a los demás.

Con toda la incertidumbre y la impotencia que sentimos, podemos reforzar nuestro enfoque en la plegaria. Además de creer fundamentalmente que Dios desea nuestras plegarias y responde a ellas (incluso si la respuesta no siempre es "sí"), la plegaria también tiene beneficios corroborados para la salud. Las plegarias pueden lograr que seas menos reactivo a las emociones negativas y que te enojes menos. Canaliza la frustración con los demás y la ansiedad que sientes para acercarte más a Dios, para hablar con Él, apoyarte en Él e incluso para cuestionarlo.

Este año en las Altas Fiestas nuestras plegarias serán más breves, nuestro canto más silencioso y muchos directamente no podrán participar en un minián. Pero sin importar en dónde estemos, ahora no es el momento de ser más descuidado o irreverente con las plegarias. Es el momento de incrementar nuestro fervor, intensificar nuestra concentración y profundizar para compensar lo que nos falta, para que nuestras oraciones puedan traspasar las puertas del cielo.

Y recuerda, al mirar el mundo, asegúrate de limpiar primero tu ventana. Haz todo lo que puedas para mantenerte a ti y a tu familia sanos. Y decide que en vez de concentrarte en lo que no puedes controlar, te enfocarás en lo que sí puedes.