El coronavirus me hizo pensar en mi hijo, que pasa demasiado tiempo en su teléfono. Él se divierte mucho al pasar horas hablando con sus amigos, con juegos interactivos y viendo cosas graciosas. Él hace lo que le gusta. Entonces, ¿por qué me molesta tanto?

Porque yo veo que hay mucho más a su disposición. Veo un talento increíble, potencial, contribución, creatividad… y veo todo eso desperdiciado cuando pasa otra hora más mirando en la dirección equivocada.

Como madre, siento que me dieron una tarea de alto calibre. Yo soy socia de Dios para ayudar, guiar, nutrir, cuidar, proteger y educar almas pequeñas apenas llegan a este mundo y mientras recorren sus caminos por la vida.

¡Qué privilegio increíble!

Mi tarea no es hacer que “mis” hijos sean felices. Digo “mis” porque ellos en verdad no me pertenecen… Ellos son los hijos de Dios, me los otorgaron por un breve período como un regalo, una oportunidad, una responsabilidad… Yo soy socia de Dios para ayudar a esas almas en sus caminos.

Cada alma nace muy bien equipada, capaz, sabia, resiliente, fuerte, valiente, talentosa, creativa y con recursos… Mi tarea es ayudar a esa alma a crecer, entender y valorar cuán bien equipada en verdad está y a encontrar en ella el bien y la grandeza; compartir lo que he aprendido en mi propio camino, tratar de guiarla y quizás mostrarle la posibilidad de hacer las cosas de otra manera.

Por eso le saqué a mi hijo el teléfono, aunque él piensa que le estoy quitando todo su universo.

Asimismo, si mi hijo más pequeño quiere desayunar siete barras de chocolate y yo le digo que no, él puede sentir que yo le quito toda la "alegría" en su vida. Pero de todas formar se las voy a quitar, porque quizás, sólo quizás, yo puedo ver más de lo que él ve en este momento. Mi visión y mi experiencia quizás son mayores que las de él.

Si mi hijo mayor continúa con su teléfono todo el día y toda la noche, día tras día, yo entiendo que va a terminar perdiendo de vista el sentido de su vida.

Mi hijo menor no ve cuáles pueden ser los efectos terribles de comer cada día siete barras de chocolate en el desayuno, si es que yo se lo permitiera. Pero yo sí los veo.

Quizás, sólo quizás, lo mismo ocurre con Dios, nuestro Padre Celestial. A veces Él ve algo que yo no entiendo. Lo que a mí me parece difícil e incómodo tal vez sea muy diferente de lo que yo veo desde mi perspectiva.

Si doy un paso atrás, me calmo y escucho, realmente escucho con atención, con curiosidad, quizás podré aprender algo útil, abrirme y ver algo que puede ser invisible para mí en este momento.

Quizás Dios, mi Padre Celestial que me ama, ve algo en mí, cierto potencial, algunas posibilidades que yo no valoro y no estoy aprovechando.

Por eso doy un paso atrás durante esta epidemia de coronavirus; estoy abierta, escucho, me miro a mí misma, a mi propia vida, a mi esposo, a “mis” hijos, mi familia, mi comunidad, mi mundo…

Me pregunto si aquí realmente hay un regalo, un mensaje, algún aprendizaje.

Necesito detener la preocupación, la ansiedad, la devastación…

Necesito detenerme, estar abierta, escuchar y volver a analizarlo desde un lugar más tranquilo…

Lo que parece difícil puede terminar siendo uno de los mayores regalos…

Doy un paso atrás porque me parece que Dios nos está hablando muy en serio. Él no le va a devolver tan rápido a mi hijo su teléfono ni le dará al más pequeño sus siete barras de chocolate.

Intento escuchar mejor, mirarme con honestidad, y ya tengo algunas ideas de lo que Él puede estar tratando de decirme. Lo que Él me dice a mí probablemente no sea lo mismo que te dice a ti. Todos somos diferentes.

Me emociona comenzar a intentar hacer cambios y mirar en una nueva dirección.

Veo esperanza y posibilidad, veo el resplandor de un mundo mejor, mayor perspectiva, cambios en la dinámica familiar, potencial para relaciones más cercanas, formas de vida más simples, mayor estabilidad, menos corridas, una oportunidad de conectarme más conmigo misma y con los demás, una oportunidad para bajar la velocidad, hacer menos, ser más, conectarme, educar, nutrir, cuidar, apoyar, guiar y amar.

En definitiva, yo quiero que mis hijos puedan tener su teléfono para utilizarlo como es debido y sus chocolates para disfrutar con mesura. Quizás cuando ellos entiendan que no soy mala sino que con amor intento guiarlos para que tengan una vida mejor, ellos aprenderán a encontrar un mejor equilibrio, y es de esperar que entonces me agradecerán por lo que hice.