Una amiga de Lucy Letby (30 años) la describió como "una persona de buen corazón".

El comentario tuvo lugar la semana pasada después de que Letby, quien trabajaba como enfermera en el hospital Countess of Chester en el noroeste de Inglaterra, fuera acusada del asesinato de ocho bebés y de intento de asesinato de otros diez en la unidad neonatal del hospital.

El hospital llevó a cabo una investigación interna después de que una cantidad desmesurada de bebés prematuros sufrieran de insuficiencia cardíaca y pulmonar desde el año 2016.

Letby no sólo trabajaba en la unidad neonatal del hospital, sino que participó activamente en una campaña de recaudación de fondos para construir una nueva unidad, y expresó su esperanza de que ésta "proporcionaría un mayor grado de privacidad y espacio". En retrospectiva, su deseo de privacidad parece menos inocente de lo que pareció en ese momento.

Si los cargos contra Lucy Letby te estremecen, es entendible. Lo que hizo es espeluznante. Pero no debería ser algo sorprendente. Ya hemos visto este horror.

Por ejemplo, en el año 2002, Charles Cullen, un enfermero que había trabajado en hospitales en Nueva Jersey y en Pensilvania, dijo a los investigadores que durante 16 años él había puesto fin a la vida de entre 30 y 40 pacientes para "aliviar su dolor y su sufrimiento".

Otros famosos asesinos médicos fueron Beverley Allit, una enfermera inglesa que asesinó a cuatro niños y trató de matar a otros tres en 1991; la enfermera Kristen Gilbert de Massachusetts quien también asesinó a cuatro pacientes e intentó matar a otros dos y Donald Harvey, un auxiliar sanitario que dice haber matado a 87 pacientes en hospitales en Kentucky y Ohio.

Y hay más.

Aunque algunos de los asesinos en las instituciones médicas pueden haber estado mentalmente trastornados, muchos claramente se consideraban a sí mismos "ángeles de misericordia" que hacían lo correcto al enviar a otro mundo a personas, incluso bebés, que enfrentaban la perspectiva de una vida que los asesinos consideraban que no valía la pena.

Los judíos creyentes nos guiamos por la Torá, no por el "espíritu de la época", y consideramos que la vida humana está en un plano completamente diferente.

Lamentablemente, la perspectiva de la sociedad en general cada vez ve las cosas de una manera más diferente. "El espíritu de la época" es seguir el camino del profesor Peter Singer, el filósofo de Princeton famoso por proponer la legalización de la eutanasia activa para niños y ancianos con graves discapacidades.

El profesor Singer, quien dirige en la universidad el Centro para los Valores Humanos (vaya ironía en el nombre), caracterizó a los bebés humanos como el equivalente moral de los animales. Él escribió: "La vida de un recién nacido tiene menos valor que la vida de un cerdo, un perro o un chimpancé".

Cuando hace varios años The New York Times le preguntó qué idea, valor o institución que el mundo da por sentada en la actualidad él creía que podía llegar a desaparecer en las próximas décadas, el profesor respondió: "la visión tradicional de la santidad de la vida humana".

Lamentablemente aquella desaparición, con bastante ayuda del profesor Singer, parece estar en camino.

En los Estados Unidos, el suicidio asistido por un médico es legal en diez jurisdicciones y, de acuerdo con una encuesta de Gallup del 2018, el 72% de los norteamericanos están a favor de su legalización. Esto ya es legal en Canadá, en Suiza y en varios otros países.

En Holanda, un joven de 15 años con el consentimiento de sus padres puede solicitar la asistencia de un médico para suicidarse. Y si espera hasta cumplir 16 años, sus padres ya no tendrán voz en el asunto. Tampoco es necesario que sufra alguna enfermedad terminal. El dolor "emocional" es suficiente.

Además, es sabido que algunos médicos holandeses eligen por sí mismos "sedar de forma terminal" a los pacientes que sufren dolor. Es decir, administrar una dosis de un narcótico que no sólo aliviará el dolor, sino que provocará la muerte.

Todo esto en nombre de la misericordia. A fin de cuentas, ¿de qué sirve una vida si uno tiene muy mala salud, es muy viejo, está inmóvil o sufre de una condición terminal?

Estas personas tan "misericordiosas" quizás deberían reflexionar sobre la difícil situación de quienes padecen el síndrome de los 23 pares de cromosomas, que invariablemente es fatal.

Quienes lo padecen son susceptibles a sufrir una serie de enfermedades que incluyen enfermedades cardíacas, presión arterial alta, asma y varias clases de cáncer, y es probable que sufran episodios de depresión a lo largo de sus vidas.

También tienen tendencia a sufrir de dolores de cabeza, hemorragias nasales, dolores en las articulaciones y fracturas. Y en algún momento pueden llegar a estar tan discapacitados que precisarán que otros los cuiden.

Este síndrome es bastante común. Nosotros lo llamamos: vida humana normal. Sin dudas es algo que merece despertar misericordia. Pero para preservarla, no para terminarla.


Este artículo fue publicado originalmente en la revista Ami.