Respecto al desarrollo sin precedentes de dos nuevas vacunas en menos de un año, con más de un 90% de eficacia y la promesa de erradicar la pandemia global de coronavirus en el futuro cercano, el secretario de Salud y Servicios Humanos, Alex Azar, definió que este momento "no está lejos de ser un milagro médico".

Los judíos no podemos evitar prestar atención a la sorprendente coincidencia de que tanto la vacuna milagrosa de Pfizer como la de Moderna hayan sido aprobadas durante Janucá, la festividad que afirma el poder de la luz sobre la oscuridad y de la esperanza sobre la desesperanza como resultado de la milagrosa intervención Divina.

Lamentablemente, la plaga todavía no ha terminado. La enfermedad y la muerte nos siguen acompañando en cifras insoportables. Pero con el descubrimiento de la vacuna, la oscuridad de la noche promete ser seguida por la luz del amanecer y la alegría del alba.

Esperemos que no sea demasiado pronto para preguntar: ¿Cómo cambiarán nuestras vidas después del COVID? ¿Podremos volver a la "normalidad" que precedió a la pandemia? Y, quizás lo más importante de todo, ¿aprendimos algo de los días de horror que pueda brindarnos semillas de sabiduría y bendición para el futuro?

Lo que nos define es nuestra respuesta ante la tragedia.

No podemos anular lo que ocurrió y no hay suficientes explicaciones teológicas que puedan justificarlo. No somos más sabios que Job, a quien Dios le recordó las limitaciones del intelecto humano. La tragedia sigue siendo una tragedia. Pero como dijo perceptivamente Robert Kennedy: "La tragedia es una herramienta para que los vivos adquieran sabiduría, no una guía respecto a cómo se debe vivir". Y quizás como escribió poéticamente Richard Bach: "La oruga llama fin del mundo a lo que el resto del mundo llama mariposa".

Lo que nos define es nuestra respuesta ante la tragedia. La Torá ilustra una reacción común muy tonta, Nóaj fue el primero que fue testigo de una destrucción global. Apenas salió del arca y fue testigo de la devastación del mundo, él "plantó un viñedo, bebió el vino y se embriagó" (Génesis 9:20-21). Escape: vino, drogas, libertinaje… invariablemente ese es nuestro intento por aliviar el dolor desde la época de Nóaj, con resultados igualmente insatisfactorios.

Algunos piensan que la era post pandemia sufrirá un destino similar. Nicholas Christakis, profesor de Yale, en su nuevo libro Apollo´s Arrow: The Profound and Enduring Impact of Coronavirus on the Way We Live (La flecha de Apolo: el profundo y perdurable impacto del Coronavirus en nuestra forma de vida) , argumenta que la sociedad recuperará el tiempo perdido apenas sea seguro hacerlo, y que el hedonismo y el libertinaje "sumergirán a la humanidad en una era de vicio e indulgencia".

Pero eso no es lo que muestran las encuestas y las investigaciones contemporáneas.

Hay bendiciones que están esperando para florecer cuando termine este enfrentamiento global contra el ángel de la muerte.

En un maravilloso artículo publicado en The New Republic, "Imagining a Better Life After the Coronavirus" (Imaginando una vida mejor después del coronavirus), Jonathan Malesic formuló la siguiente pregunta a sus seguidores de Twitter: "¿Tu vida es mejor de alguna manera en esta situación?". Quienes respondieron desde todos los rincones de los Estados Unidos encontraron varios aspectos positivos en su nueva realidad: más tiempo para compartir con la familia, menos presión laboral y mayor flexibilidad en las horas de trabajo. Ninguno de ellos quiere regresar al "viejo concepto de normalidad".

La gente también manifiesta una nueva valoración de la conversación con sus seres queridos. El 72% dice que la pandemia impactará de forma positiva cómo se comunicarán en el futuro.

"Pienso que habrá algunas ventajas" en esta disrupción que los trabajadores querrán preservar, afirma Debra Dinnocenzo, presidenta de VirtualWorks, una firma consultora que asesora a las empresas para transitar a la modalidad de trabajo a distancia (teletrabajo). "La gente, las familias, pasarán más tiempo juntas. Creo que la gente se mantendrá firme en que desean trabajar desde casa más tiempo y no volver a la locura de viajes que había antes".

En muchos casos, sus jefes estarán de acuerdo. Casi un 75% de los funcionarios de las corporativas encuestados a fines de marzo por Gartner, una firma de consultoría e investigación empresarial, dijeron que sus empresas planean trasladar a muchos de sus empleados a un estatus de trabajo remoto permanente como parte de sus esfuerzos para reducir los costos después del COVID.

A esta altura, todos tienen una lista de cosas que una vez dieron por obvias y que ahora extrañan terriblemente, o de cosas que descubrieron y de las que se enamoraron durante este período de permanecer en casa. Hay personas, lugares y cosas que ahora valoramos mucho más. Lamentamos no haberlas valorado antes de la pandemia y nos prometemos que no volveremos a cometer el mismo error cuando las cosas vuelvan a la normalidad previa.

La pandemia sacó a la luz muchos defectos y valores de nuestra sociedad, entre ellos la devoción religiosa al trabajo. La noción de que sólo a través del trabajo nuestra vida tiene sentido. El Kinder Institute for Urban Research concluyó que "Nuestra cultura a menudo nos obliga a elegir entre nuestro trabajo y las personas que amamos". A muchos, la pandemia nos enseñó cuál es la mejor opción.

"Sin los viajes y sin el tiempo que se pierde sin sentido en una oficina, pude leer, estudiar y aprender mucho más que lo que podía antes", fue la respuesta de la gran mayoría.

Un escritor del New York Times escribió: "Parte de la condición humana es no valorar algo hasta que lo perdemos. Cuando nuestras vidas vuelvan a la normalidad (espero que sea muy pronto), nunca volveré a dar por sentada la alegría de abrazar y besar a mis hijos, a mis hermanas y a mis amigos".

Estas ideas hacen eco de lo que las tradiciones judías nos enseñan potentemente sin la necesidad de aprender a partir de la tragedia. El Shabat, no sólo el día de descanso sino más bien de propósito humano, enfatiza que no vivimos para trabajar, sino que trabajamos para vivir vidas de significado, conexión y cercanía con lo Divino.

Quizás en alguna medida estos valores se convertirán en parte de la lección de la pandemia cuando nos curemos de sus maldiciones. Tal vez también lograremos captar finalmente que la peor tragedia de la vida no es que termina demasiado pronto sino que la comenzamos demasiado tarde.