En mi infancia en Toronto tenía muchas dificultades para imaginar que había un país llamado Unión Soviética que existía detrás de una impenetrable cortina de hierro en el cual los inocentes civiles vivían llenos de miedo y eran mantenidos cautivos por un régimen que les había robado sus libertades más básicas como la libertad de prensa, expresión, reunión, religión, consciencia, viaje, emigración y propiedad. Un gobierno que era responsable por la muerte de decenas de millones de personas, al cual Ronald Reagan llamó "el imperio del mal".

Era como los buenos contra los malos de la Guerra de las Galaxias, pero en la vida real.

Yo no estaba seguro de la existencia de Dios, y tenía las mismas dudas sobre la existencia del mal. Era un joven ingenuo que vivía absolutamente protegido, quien era incapaz de comprender la realidad de que gente aparentemente normal era capaz y estaba dispuesta a matar a seis millones de judíos. ¿Cómo alguien podría realizar un acto tan inhumano? Recuerdo a mi padre hablándome antes de que me fuera de casa por primera vez a estudiar a Israel por un año: "Ten cuidado. Hay gente malvada allí afuera". Él sabía que yo aún tenía mucho por aprender.

Bueno, ya no soy tan ingenuo. Una rápida mirada a la historia mundial y a la historia judía dan una amplia evidencia de lo que es capaz de hacer una persona malvada. Incluso un solo día de noticias bastaría para esto. Está lleno de personas a la vuelta de la esquina donde vivo en Jerusalem que estarían felices de degollarme, y hay otros muchos a pocos kilómetros en Gaza y muchos más alrededor del orbe.

Pero todavía hay momentos en los que quedo totalmente estupefacto por la inmensa monstruosidad del mal. Así es como me sentí hoy al leer sobre la horrorosa decapitación del periodista James Foley en manos de un militante del EI. ¿Qué clase de persona puede cortarle la cabeza a un hombre vivo con un cuchillo de 15 centímetros? ¿Cómo es posible que él y yo seamos de la misma especie?

Pero sin embargo lo somos. Dios creó a los seres humanos con libre albedrío; podemos hacer increíbles actos de heroísmo y bondad, y podemos hacer también innombrables actos de maldad, daño y degradación. El bien y el mal son dos caras de la misma moneda. Y una persona educada con un correcto acento británico puede usar ese poder para elegir decapitar a otro ser humano.

¿Cómo debemos responder ante un mal como este?

El primer paso obvio es reconocer que existe. No podemos pelear en contra del mal si no reconocemos su existencia. El mundo expresó indignación por la espantosa decapitación de James Foley. Nadie intentó bajarle el perfil a la monstruosidad del acto u ofrecer razones para entender al asesino del EI. Y el mismo absoluto aborrecimiento debería ser expresado por el uso de niños inocentes como escudos humanos por parte de Hamás en su intento por matar civiles israelíes. Debemos llamar a las cosas por su nombre; Hamás está sacrificando a sus propios hijos y mujeres, y eso es malvado.

Segundo, debemos luchar en contra del mal. No podemos tolerarlo, no podemos aceptarlo. Ser moral significa no quedarse en silencio ante las injusticias. Debemos levantarnos en contra del mal y erradicarlo. Esto aplica al individuo que ve a un abusador en la escuela, violencia intrafamiliar en la casa del vecino o una marcha anti israelí en tu ciudad. Y aplica a las naciones del mundo que saben que está ocurriendo un genocidio en Irak, Siria, el Congo, que saben que hay un fuerte aumento del antisemitismo y de la amenaza del islam radical.

Cada uno de nosotros tiene un desafío moral de utilizar su libre albedrío para construir una vida buena y un mundo justo. Y si nos rehusamos a reconocer la existencia del mal y a luchar contra él, habremos fallado la prueba.

Como dijo alguna vez Edmund Burke: "El que confunde el bien con el mal es un enemigo del bien".