Finalmente me despido de mi 'to-do list', mis lista de las cosas que debo hacer. La mayoría de las mañanas, me despierto con una letanía de las cosas que deseo lograr. Una lista de lo que debo hacer siempre fue la manera más simple y utilitaria de recordarlo todo.

Un amigo me contó que cuando comenzó el COVID-19 y cerraron su oficina, él vio el potencial de una oportunidad maravillosa. Finalmente tendría tiempo para todas esas cosas que siempre quiso hacer: los libros que quería leer, los estantes que quería ordenar, el estudio que quería completar.

Muy pronto entendió que la vida no marcharía a un ritmo lento y que gran parte de esa lista quedaría sin cumplirse. Como muchos descubrimos, el aislamiento hace que muchas de nuestras actividades cotidianas sean tediosas y consuman gran cantidad de tiempo. Comprar alimentos, algo que solía llevar 15 minutos, se convirtió en toda una odisea. En vez de un rápido desayuno mientras salía de la casa y un sándwich para el almuerzo, ahora mi amigo y su esposa preparan tres comidas diarias para toda una familia hambrienta. Además de mantener una escuela hogareña y una guardería infantil de tiempo completo, coordinar innumerables clases por Zoom y Google, preparar la computadora y mantener el cronograma de las clases.

Al terminar el día, están completamente agotados y la mayor parte de su lista de las cosas que tenían que hacer no se concretó.

Entendí perfectamente sus comentarios, y no somos los únicos. En un fantástico artículo del New York Times llamado "Deja de tratar de ser productivo”, Taylor Lorenz cita a Chris Bailey, consejero de productividad, quien dice: “Es suficientemente difícil ser productivo en los mejores momentos, mucho más cuando estamos en una crisis global. La idea de que ahora tenemos mucho más tiempo disponible es una fantasía. Estamos en casa porque tenemos que estar en casa y tenemos mucha menos atención porque estamos experimentando demasiadas cosas”. Lorenz cita a varias personas que tenían grandes expectativas respecto a sus potenciales logros durante la crisis antes de llegar a aceptar que hay que “tratar de estar satisfechos sólo con existir”.

Las listas de las cosas que hay que hacer se concentran en lo que no hemos logrado, en vez de celebrar lo que sí logramos.

Llegué a entender el peligro inherente de las listas de lo que hay que hacer. Por su misma definición, ellas se concentran en lo que no hemos hecho, en vez de celebrar lo que sí logramos. Al mirar constantemente nuestra lista de cosas por hacer y pensar qué tenemos que hacer a continuación, perdemos de vista nuestros logros y no notamos nuestro progreso. Al fin del día puedes sentirte improductivo y agobiado por lo que no has hecho, en vez de estar orgulloso de lo que hiciste.

Por eso, temporalmente dejo de lado mis listas de cosas por hacer y en cambio voy a comenzar una lista diaria de cosas “hechas”. En El principio del progreso, los psicólogos Teresa Amabile y Steven J. Kramer analizaron más de 12.000 textos de diarios personales escritos por 238 empleados de una compañía. Ellos descubrieron que en los días que los empleados se sintieron productivos y que tuvieron logros, también registraron emociones positivas como alegría y orgullo.

También descubrieron que en vez de que la presión negativa creara mejores resultados, cuando los empleados sentían progreso y se focalizaban en sus logros pasados, también se veían más inspirados para continuar su trabajo con mayor entusiasmo, productividad, creatividad y felicidad.

Como escribió el psicólogo Karl Weick: “Una vez que se logra un pequeño triunfo, se ponen en movimiento las fuerzas que favorecen otro pequeño triunfo”. O como dijeron nuestros Sabios: “Mitzvá goreret mitzvá – un buen acto lleva a otro buen acto”.

El Ómer nos enseña a celebrar nuestros logros y a usar esa energía positiva para alentarnos a lograr todavía más.

Concentrarnos en nuestros logros también infunde resiliencia y coloca las dificultades en perspectiva. Quizás hay una o dos cosas que no llegué a hacer, pero hay muchas cosas que sí hice. Sólo eso puede darte el empuje necesario para volver a intentarlo.

También esto lo aprendemos de la cuenta del Ómer, donde contamos los días de forma ascendente y no descendente. Cuando esperamos que llegue un gran evento, generalmente hacemos una cuenta regresiva. Pero durante el Ómer, sumamos los días que pasan a medida que nos acercamos a Shavuot. De esta manera nos entrenamos para valorar cuánto hemos avanzado y cuánto crecimos espiritualmente en vez de concentrarnos en lo que nos falta lograr. El Ómer nos enseña que en vez de focalizarnos en lo que carecemos, tenemos que celebrar nuestros éxitos y usar esa energía positiva para alentarnos a lograr todavía más.

Por lo tanto, al fin del día dedica 5 minutos para escribir tus éxitos del día y valorar tus triunfos. No tienen que ser cosas impresionantes ni grandes éxitos. Cada logro cuenta.