El día que íbamos a cortarle por primera vez el cabello a mi hijo mayor, fuimos a visitar a mis abuelos para recibir una bendición. Mi hijo de tres años lucía sobre la cabeza su nueva kipá, sus tzitzit flotaban al viento y su adorable sonrisa iluminaba la habitación.

Neih!", dijo mi abuela, y yo sabía que esa era su forma húngara de decir: ¡Uauu!"

"¿Qué ocurre, Mama?", le pregunté.

Asombrada me dijo: "¿Puedes imaginarlo? Tú puedes sacar a tu hijo a la calle y él puede caminar así. Con una kipá sobre la cabeza y tzitzit debajo de su camisa. Cuando estábamos en Hungría, si salíamos así nos golpeaban. ¡Neih!".

Yo abracé a mi abuela y me reí.

"Mama, esto es Norteamérica. Por supuesto que podemos caminar en la calle con nuestras kipot y tzitzit".

Al volver a casa no podía dejar de pensar cómo había sido la vida para Mamá y para todos los padres y abuelos cuyos niños eran golpeados en la calle porque usaban kipá y tzitzit. Esos fueron los actos que abrieron el camino para el Holocausto. Mi tío me contó que cuando era un niño pequeño sabía que lo iban a escupir, insultar, empujar y golpear cada día cuando caminaba hacia la escuela. "Idisher shvine - cerdo judío", le gritaban.

¿Quién podía sentir tanto odio? Simplemente eso no era algo normal, pensé.

Pero ahora lo "anormal" se está convirtiendo en la norma. Ya no necesito cuestionármelo.

Las redes sociales difunden veneno sobre mi pueblo y mi tierra como si fueran verdades absolutas. Quienes tratan de hablar y defenderse son intimidados y apaleados en línea.

Estoy rodeada de videos noticiosos repletos de viles actos antisemitas. Cada día la pila crece más alta. Nueva York. Londres. Boca Ratón. Los Ángeles. Brooklyn. Ohio. Maryland. Alaska. La lista se alarga. El Museo del Holocausto de Florida fue vandalizado con grafitis, esvásticas y el mensaje: "los judíos son culpables". En Shabat, dos niños judíos en Los Ángeles fueron atacados con una pistola de paintball que dispararon desde un auto que pasó. Palabras que no se pueden imprimir aquí amenazan a nuestras mujeres y niños, y las gritan desde automóviles en movimiento que ondean banderas palestinas en Londres. Un hombre joven fue golpeado y agredido, lo arrojaron en las calles de Manhattan mientras le gritaban: "Judío sucio. Judío inmundo. *** Israel. Hamás los va a matar".

¡Suficiente!

¿Qué tenemos que hacer cuando sentimos que el mundo que nos rodea está repleto de oscuridad?

Aferrarnos a esta bella porción de sabiduría judía: "Un poquito de luz puede dispersar mucha oscuridad".

Incluso un poquito de luz puede marcar una diferencia. La cueva más oscura y profunda revelará rayos de luz a través de los hoyos más pequeños. De repente aparece la luz y se encuentra un camino. Hay una manera de combatir la densa niebla del odio que estamos experimentando.

Conviértete en un embajador de luz en este mundo. La luz trae esperanza. Pequeños momentos crean grandes cambios. La esperanza aleja la desesperación.

La semana pasada en mi comunidad hubo una manifestación en protesta contra el antisemitismo y en apoyo a nuestro pueblo. Al caminar hacia el parque local, vi que llegaba gente desde todas las direcciones. Jóvenes y ancianos. Diferentes clases de personas, diferentes clases de judíos uniéndose. Algunos llevaban banderas estadounidenses. Otros estaban envueltos en la bandera azul y blanca de Israel. Todos nos dirigíamos en la misma dirección. Quise llorar. Al mirar a mi alrededor sentí que un rayo de luz penetraba entre las rendijas. Sentí unidad. Sentí fuerza. Sentí esperanzas.

No se trata tanto de lo que se dijo o no en la manifestación. Se trata de saber que no estás solo. Que eres parte de una nación que pasó de exilio en exilio, que fue expulsado de un país tras otro, que fue gaseado, asesinado, quemado y denigrado. Desde el cielo nos llueven misiles y el mundo quiere que nos quedemos quietos y los dejemos asesinarnos. Gritan que deben arrojarnos al mar. Las últimas palabras que Hitler escribió en su último testamento y voluntad claman a "luchar sin piedad contra los envenenadores de todos los pueblos del mundo, la judería internacional". Esa soy yo. Eso somos nosotros.

Y yo no me voy a rendir.

Decidí aprovechar el momento para alejar la oscuridad del mundo con un poquito de luz.

Me acerqué a un grupo de policías que estaban allí para proteger a la multitud y les dije: "Oficiales, me gustaría agradecerles". Ellos me observaron y yo continué hablando.

"Mis padres y abuelos eran sobrevivientes del Holocausto. Ellos llegaron a este país después de perder a gran parte de su familia. Mi padre era rabino y se convirtió en capellán del departamento de policía de Nassau County. Mi madre fue por todo el mundo hablando sobre su vida como una niña pequeña durante el Holocausto. Ella nos pedía que recordáramos y que nunca permitiéramos que ese mal volviera a tener lugar en el mundo. Un día mi madre habló en Fort Hood, en Texas, para el ejército de los Estados Unidos. Al final de su charla, un niño pequeño, el hijo de un soldado, levantó la mano para formular una pregunta.

"Rebetzin, Señora, ¿por qué simplemente no llamó a la policía o al ejército?". Mi madre comenzó a llorar. "¿Qué puedo decirle a este niño?", preguntó mi madre. "¿Cómo le digo que los que nos llevaban eran la policía y el ejército?". Por eso estoy aquí, oficiales, una hija de sobrevivientes del Holocausto, para agradecerles por estar hoy aquí".

Les brillaban los ojos. Vi que los policías se secaban las lágrimas mientras asentían.

Podemos usar nuestras palabras para convertirnos en embajadores de luz. Donde hay división podemos crear unidad. Donde hay debilidad podemos generar fuerza. Donde hay ignorancia podemos difundir conocimiento.

Quizás sea sólo un pequeño acto de bondad. Una expresión de gratitud, una bendición por las velas de Shabat o una clase sobre identidad judía y la historia de nuestra tierra. Con cada acto iluminamos nuestro mundo y alejamos la oscuridad. Creamos esperanza. Nos conectamos a nuestras raíces. Nos mantenemos como una nación fuerte.

Recordemos que incluso un poquito de luz puede marcar una diferencia en este mundo.