Una mujer que conocí hace poco me dijo que estaba pensando seriamente en divorciarse. “No es que mi marido sea malo”, dijo, “es que me parece que trae más problemas que soluciones”.

Pasó a describir su ocupada vida, su alto salario, sus cabalgatas y los clubes de esgrima a los que asisten sus hijos, así como la meditación personal y las clases de yoga a las que asiste.

“¿Por qué necesito que ‘trabajar en la relación con mi marido’ sea un ítem en mi lista de quehaceres? ¡Es un tema omnipresente y genera culpa! De todos modos, hago todo sola y me gusta que sea así”.

Pensé en esta mujer mientras leía los inteligentes comentarios que escribió la gente en respuesta a mi artículo: ¿Dónde se han ido todos los buenos hombres judíos? Muchos de los comentarios señalaban que las buenas mujeres judías son igualmente difíciles de conseguir. Incluso si es cierto que la obligación, el compromiso, la responsabilidad y la autodisciplina deberían ser las características que definen la masculinidad, los comentarios señalaban que nada de eso ayudará si las mujeres continúan siendo tan exigentes respecto a lo mínimo que debe tener un hombre para salir con él. Algunas mujeres parecen estar más interesadas en su realización personal que en tener una relación.

Pero quizás no es necesario que haya una contradicción entre esas dos cosas.

En la antigüedad, las mujeres necesitaban a los hombres porque no podían hacer nada por su cuenta. No podían ganarse la vida, a veces eran analfabetas, no podían votar, a menudo no tenían permitido viajar solas y ni siquiera se esperaba que tuvieran una opinión propia. En la actualidad la realidad es diferente. Como lo dijo inmejorablemente Gloria Steinem: “Nos hemos convertido en los hombres con los que alguna vez quisimos casarnos”. Si es así, ¿para qué necesitan las mujeres a los hombres?

Se necesitan dos para bailar un tango

Cuando Dios vio al primer ser humano que creó, dijo: “No es bueno que el hombre esté solo”, y creó a la mujer como la solución.

¿Qué agrega la mujer a la ecuación que el hombre aún no tenía?

La mujer trajo una invitación a una relación. A pesar de que la primera experiencia del hombre fue la soledad existencial (que se vio resaltada cuando nombró a todos los animales y descubrió que sólo él, de toda la creación, no tenía una pareja), la mujer fue creada y ubicada frente a él, invitando eternamente al diálogo y a la relación.

La fuerza femenina representa el entendimiento de la vida como una red compleja de relaciones interdependientes.

Todas las funciones biológicas típicamente femeninas resaltan la capacidad de relacionarse que tienen las mujeres. Por ejemplo, una mujer embarazada continúa viviendo su vida, pensando sus propios pensamientos y haciendo sus propias cosas, pero por otro lado el corazón de su bebé late junto al suyo y la existencia de ambos está entrelazada. Amamantar, otra función biológica femenina, lleva nuevamente a la mujer a una relación de dependencia. A pesar de que la dinámica de la relación entre madre e hijo cambia a medida que el niño crece y se independiza, algunas madres opinan que, en un nivel profundo, esa ampliación de los límites del ser para incluir a los hijos nunca se contrae; una madre entrando a una sala de parto está en una travesía sin retorno.

Los hombres también se relacionan

Obviamente no todas las mujeres se relacionan con el mundo de esta manera sólo por haber nacido mujeres. Muchas mujeres nunca dieron a luz ni amamantaron a un bebé, mientras que otras que sí lo hicieron no se identifican con esta descripción. Y por otro lado hay también muchos hombres que viven centrados en las relaciones. El misticismo judío ve al mundo físico como una metáfora, pero una vez que una fuerza ha sido delineada como masculina o femenina en base al modelo biológico, hay una gran fluidez entre los dos polos; a menudo, cada rasgo se manifiesta tanto en hombres como en mujeres en ocasiones y circunstancias diferentes.

La mujer, que fue creada como “opuesta” al hombre porque no era bueno que la humanidad esté sola, representa el entendimiento de la vida como una red compleja de relaciones interdependientes. Esta fuerza femenina entiende que el héroe de Horatio Alger, que pasó de la pobreza a la riqueza “por sus propios medios”, es un mito. La verdad es que nadie hace nada solo, todos nos necesitamos mutuamente. La esencia de la vida es desarrollar nuestra capacidad para sortear los abismos que nos separan, mientras que el éxito real es medido en base al bienestar emocional, espiritual y moral nuestro y de quienes nos rodean.

Ver el mundo desde esta perspectiva femenina tiene muchas ramificaciones. La filosofía occidental tiende a ver a las personas como seres intrínsecamente egoístas; en el mejor de los casos las personas pueden ser entrenadas para interesarse en los demás convenciéndolas de algún beneficio que recibirán (si no en este mundo, en el venidero). Pero el cariño y la relación son tan intrínsecos al ser humano como la competencia y la conquista, depende solamente del enfoque que adoptes, si es un enfoque femenino o uno masculino. Un enfoque femenino entiende la vida como un diálogo. Las personas nunca se convierten en un medio para un fin; las relaciones son siempre el objetivo de toda interacción.

Las relaciones, con los demás, con Dios y con uno mismo, son la característica determinante de la vida.

Rav Wolbe, en su obra clásica Alei Shur, señala que el hebreo es el único lenguaje en el que la palabra ‘vida’ está en plural. En realidad, jaim significa ‘vidas’, no vida. La esencia de la vida, desde una perspectiva judía (así como desde una perspectiva femenina), es extenderse más allá de los angostos límites de uno mismo y relacionarse con la persona que se tiene enfrente, que ve el mundo tan distinto a mí que definitivamente no es yo. Es claro que el judaísmo ve al mundo desde una perspectiva femenina. Las relaciones, con los demás, con Dios y con uno mismo, son la característica determinante de la vida.

Una persona cuyo enfoque en la vida es adquirir, sobresalir y producir —lo cual trae emparejada la pregunta de “¿Vale la pena esta relación?”— no encontrará escape de la prisión de su egocentrismo. ¿Cuánto estoy dando? y ¿Cuánto estoy recibiendo? son preguntas que uno hace desde la estrechez de la conquista y la competencia; en el marco de una relación no tienen sentido.

Un regalo llamado nosotros

Es cierto, las mujeres ya no necesitan a los hombres para protegerse de los leones, los tigres y los osos (aunque la protección masculina es realmente agradable), pero eso significa que los hombres y las mujeres pueden pasar a una relación más madura y recíproca. Pueden relacionarse uno con el otro menos por necesidad y más por deseo; el amor es lo único que no puedes lograr por tu cuenta. En la actualidad, una mujer puede acercarse a un hombre no porque necesite lo que él puede darle, sino porque quiere estar con él.

No es bueno que la humanidad esté sola, porque cuando estás solo —cuando no tienes un modelo de las fronteras dinámicas y las relaciones interconectadas que ofrece la fuerza femenina— la humanidad puede fácilmente caer en el entendimiento de que las personas son objetos para manipular, que cuando no entregan lo suficiente se vuelven irrelevantes. Se logró el estado de “bueno” sólo mediante la creación de la mujer. La humanidad necesita la voz femenina para que se oponga a este mundo opositor y combativo, y ofrezca una entrada a un mundo de conexión.

Ser hombre o mujer no es sólo en base a lo que hacemos, sino a lo que somos. No somos mujeres sólo en la sala de parto o cuando horneamos galletas. Aprovechar esa capacidad de conexión femenina (que un hombre también puede lograr y que es la norma de oro para todo judío) puede convertirse en un presagio de un mundo ideal de interdependencia y amor.

Mujeres a bordo

La mujer tenía el objetivo de ayudar al hombre a alcanzar su potencial. Se aluda a esta idea la primera vez que el hombre es llamado ish (‘hombre’), en lugar de ser llamado con el nombre más genérico Adam. Ish siempre se refiere al aspecto más elevado del hombre, y la primera vez que aparece esta palabra es cuando Adam conoce a Javá: “Y se llamará ishá (‘mujer’) porque fue creada a partir del ish (‘hombre’)”. Adam se convierte en ish cuando conoce a la ishá. Su consciencia intrínseca sobre las verdades respecto a las relaciones tiene como objetivo ayudar a los hombres —y al mundo— a mantener la mirada puesta en el objetivo.

En un mundo de negocios y avanzar en la vida, un marido que no produce un gran ingreso puede ser un albatros en el cuello. En un mundo espiritual de interconexión e interdependencia, todo ser humano (y más aún aquel con quien nos unimos mediante el matrimonio) es una oportunidad para liberarnos de los muros de la prisión que protege nuestra torre de marfil y conectarnos a la vida por medio del amor. La falta de perfección es lo que nos hace humanos; aceptar las deficiencias y defectos de los demás es lo que nos permite entrar en contacto con nuestra chispa divina y brindar amor real.

Los atributos como compasión, bondad, confianza, esperanza, aceptación, paciencia, creencia en el proceso y una voluntad para avanzar son despreciados en un mundo que sólo valora la aspiración a ser el número uno (en una gloria solitaria). Pero son específicamente esos rasgos los que definen la fuerza femenina y que son entendidos como el ideal para todo judío. El judaísmo celebra este modelo femenino, insistiendo en que la forma en que nos relacionamos con los demás es el parámetro que nos define, en lugar de la lista de nuestros éxitos que, en su mayoría, son sólo herramientas útiles en el proceso de crecimiento.

En algunos aspectos, “cerrar el trato” y “llevar la ropa a la tintorería” son quehaceres más gratificantes que esforzarnos para mejorar nuestras relaciones; siempre es más fácil manipular los objetos que nos rodean que relacionarnos con ellos. Pero las mujeres (y los hombres) que lo hacen cometen un gran error. Tener el ítem “mejorar mi relación con mi pareja” en la lista de quehaceres puede ser lo más importante que podemos hacer para permanecer en contacto con nuestro humanismo y hacer del mundo un lugar mejor.