¿Lo has notado?

La pandemia global parece haber traído no sólo atemorizantes síntomas físicos, sino también un significativo cambio respecto al comportamiento social aceptable.

Megan Hays, una psicóloga clínica y profesora asistente en la escuela de medicina Marnix E. Heersink, en la Universidad de Alabama-Birmingham, lo denominó "la ira del COVID", una especie de rabia ardiente que parece haberse apoderado de una parte importante de la población en respuesta a los momentos cotidianos frustrantes, con reacciones que sobrepasan con creces la causa inmediata de su enojo. Esto tiene mucho más que ver con la acumulación de tensión, estrés y miedo a un virus que con una clase de situación que de otra manera se hubiera considerado normal y apropiada.

Los científicos sociales lo entienden. A fin de cuentas, la mayoría de nosotros pensamos que las cosas serían diferentes después de casi dos años de cuarentenas, aislamiento y muerte. Cuando las vacunas contra el COVID-19 finalmente aparecieron en la primavera del 2021 y los casos parecieron llegar a su punto más bajo en junio, todos suspiramos aliviados. Teníamos buenas razones para creer que el COVID estaba bajo control. 

Pero la variante Delta tenía otros planes. De pronto, sentimos una inimaginable sensación de déjà vu. Volvieron las mascarillas y el distanciamiento. Los viajes fueron cancelados. Ya no podíamos dirigir nuestras propias vidas.

Y entonces llegó el Ómicron.

La civilidad y los simples actos de cortesía y consideración hacia los demás, dieron paso a la mezquindad antisocial y a un comportamiento irracional.

El costo físico llegó a ser de millones. El costo mental aún no ha sido reconocido ni evaluado por completo. La civilidad y los simples actos de cortesía y consideración hacia los demás, dieron paso a la mezquindad antisocial y a un comportamiento irracional que recuerda las rabietas infantiles. 

Un estudio reciente concluyó que sólo el 39% de los participantes dijeron que creían que el tono en los Estados Unidos era "civilizado". Los empleados que necesitan interactuar con otras personas se niegan a regresar a sus puestos de trabajo. Las personas se golpean entre sí en los aviones, enfureciéndose contra las azafatas que les piden que se pongan la mascarilla o que esperen un momento hasta que terminen de pasar a su lado con el carrito. En las redes sociales y en los supermercados vemos estallidos de rabia y frustración.

Algunos sugirieron que tal vez el hecho de esconder nuestros rostros detrás de las mascarillas creó una sensación de anonimidad que permite comportamientos que nunca antes hubieran sido posibles.

La mezquindad está de moda; la cortesía está fuera de onda. Los gritos reemplazaron la conversación. Y la rabia parece ser el estado emocional predeterminado de muchos que están estresados por la pandemia de COVID.

Los terapeutas ya no tienen turnos. Las víctimas de la ira necesitan ayuda. Y el primer paso para corregir cualquier problema grave es identificarlo adecuadamente.

Los efectos negativos de la ira

Yo creo que la sabiduría judía puede jugar un rol predominante para ayudarnos a enfrentar la actual amenaza a los valores y a los códigos éticos de comportamiento.

Cuando Iaakov, el último de los patriarcas, estaba en su lecho de muerte y deseó bendecir a sus hijos identificándolos por los defectos que más les impedirían lograr su perfección espiritual y llegar a la felicidad, él condenó la ira que habían manifestado sus hijos Shimón y Levi: "Maldita su furia, pues feroz es, y su ira, pues es cruel" (Génesis 49:7)

Los comentaristas bíblicos explican que a Moshé no se le permitió completar su misión y entrar a la Tierra Santa como castigo por haberse enojado contra el pueblo judío, un pecado que provocó que olvidara la palabra de Dios, que maldijera a los israelitas y, en definitiva, trajo su propia muerte.

Como escribió el Rey Shlomó en Mishlé: "El que tarda en enojarse es mejor que el poderoso y quien domina sus pasiones es mejor que quien conquista una ciudad" (Proverbios 16:32).

A quien lo consume el enojo es como si hubiera hecho idolatría.

El Talmud dice que el enojo provoca que el sabio pierda su sabiduría y que la persona que está destinada a la grandeza la pierda. El Talmud dice que quien se ve consumido por el enojo es como si hubiera practicado idolatría.

Rav Shneur Zalman de Liadi explica el paralelo entre la ira y la idolatría en vista de que quien se enoja ignora la Providencia Divina: lo que sea que haya causado su ira en última instancia fue decretado por Dios y, al enojarse, uno niega la mano de Dios dentro de su vida.

La ley judía consistentemente enfatiza la primacía de la salud y la atención adecuada para asegurar la protección de la vida. Pikúaj Néfesh es el principio judío de que la preservación de la vida anula prácticamente todas las demás consideraciones. La ira amenaza a la vida misma.

De acuerdo con los últimos descubrimientos médicos, la ira excesiva puede llevar a cualquier cosa, desde un resfrío común hasta un ataque cardíaco. Un ataque de ira implica un gran riesgo para tu corazón. El efecto más dañino del enojo es sobre nuestra salud cardíaca. "En las dos horas siguientes a un ataque de ira, se duplican las posibilidades de sufrir un infarto", afirma el director del Centro de Tratamiento de Estados Anímicos en Winston-Salem, Carolina del Norte.

Asimismo, debilita tu sistema inmunológico. En un estudio, los científicos de la universidad de Harvard descubrieron que en personas sanas, simplemente el hecho de recordar una experiencia de enojo de su pasado provocaba seis horas de disminución de los niveles de los anticuerpos de la inmunoglobulina A, la primera línea de defensa contra las infecciones. En síntesis, ellos concluyeron que "Aferrarse al enojo es como beber veneno y esperar que muera la otra persona".

Proteger la salud es un imperativo judío, no sólo un buen consejo, sino una ley religiosa. El judaísmo cree que el enojo puede ser controlado y dominado. Podemos superarlo si comprendemos sus consecuencias negativas.

El enojo es el fracaso de una prueba espiritual. Controlar el enojo es una mitzvá. Necesitamos aprender a dominar el enojo fortaleciendo nuestra conexión espiritual con el alma.

También necesitamos reconocer que la "ira del COVID" es una amenaza al orden social.

Después de un ataque de ira injustificado, por lo general las personas decentes admiten su error: "Perdí el control". Quizás sin saberlo, han identificado la causa de su comportamiento inexcusable. Lo que perdieron fue su propia imagen Divina. La ira nos lleva a perder temporalmente nuestro vínculo con el Creador. Perdemos el control y atacamos como animales.

Además de vencer al virus del COVID, necesitamos dejar de ser víctimas del síndrome de la "ira del COVID".