Las semana pasada, el ex presidente de Estados Unidos Jimmy Carter reveló públicamente que le había sido diagnosticado cáncer al cerebro. Su condición implica prácticamente con seguridad que en el futuro cercano se enfrentará a la muerte.

Sentí necesario emitir una advertencia a quienes desde ya están ofreciendo un juicio teológico sobre su enfermedad, un juicio que remontándonos al libro bíblico de Job ha sido claramente denunciado como cruel e inapropiado.

Verán, hay quienes desde ya están proclamando con certeza profética que Jimmy Carter está siendo castigado por Dios por sus pecados en contra de Israel y el pueblo judío. El cáncer de Carter sería el edicto divino por su antisemitismo. Y con ese petulante análisis sobre la justicia divina, estos falsos profetas sin saberlo han mancillado a millones de personas justas y temerosas de Dios que también se encuentran sufriendo de enfermedades incurables y que se enfrentan a dolorosas muertes.

Carter no es el único que está muriendo de cáncer. Integrantes de mi propia familia han sido víctimas; personas piadosas y santas que he conocido personalmente han sido blanco de enfermedades terminales. Pero la Torá nos advirtió que no nos atrevamos a hacer juicios que relacionen los sufrimientos de una persona con sus pecados, lo cual nos llevaría a ser culpables del mismo crimen que cometieron los amigos de Job.

El Talmud (Baba Metzía 58b), en medio de su explicación sobre el daño que puede ser inflingido con palabras, explica a qué se refiere la Torá al condenar el pecado de "oprimir al extranjero". Ofrece un ejemplo: "Si alguien es visitado por el sufrimiento, se encuentra afligido por una enfermedad o ha enterrado a sus hijos, uno no debe hablarle como le hablaron sus amigos a Job: 'Piensa ahora, ¿qué hombre inocente ha muerto?'". El Talmud condena al tipo de amigos que le dijeron a Job que él debía haber cometido algún crimen para merecer su sufrimiento. Nuestros sabios consideran que este comportamiento está en la misma categoría de quienes oprimen a otros con sus palabras. Los amigos de Job simplemente asumieron que era por causa de sus pecados, mientras que Dios mismo le deja en claro al lector al principio del libro que puede haber otras razones para el sufrimiento, las cuales de ninguna forma reflejan la virtud del enemigo afectado.

Es verdad, el Talmud también enseña que "Si un hombre ve que el sufrimiento lo visita, que examine su conducta" (Brajot 5a). Nuestro sufrimiento podría perfectamente ser una consecuencia de nuestras transgresiones y debemos intentar descifrar qué hicimos mal para volver al camino correcto. Podemos entender el mensaje de Dios pues Él nos castiga "medida por medida".

¿Cómo podemos reconciliar estas declaraciones aparentemente contradictorias?

La verdad es que no hay ninguna contradicción aquí. En ambas instancias el sufrimiento podría ser o podría no ser una consecuencia de las acciones de la persona. Pero hay una gran diferencia entre usar una tragedia para encontrar fallas en otros y usarla para alcanzar un mayor entendimiento sobre nuestros propios errores.

En resumen, ningún individuo puede juzgar a otro y deducir de la mera presencia del sufrimiento que éste se debe a que Dios lo está castigando por sus pecados. Eso podría ser verdad o podría no serlo. Es en nuestras vidas personales que nos fue enseñado que para nosotros mismos debemos utilizar el sufrimiento como un gatillante de reflexión; nuestra respuesta ante el sufrimiento debe ser la introspección, para descubrir si efectivamente podría haber un mensaje divino que nos llama al arrepentimiento.

Pero la historia de los amigos de Job nos advierte firmemente que no tenemos derecho a condenar a otros simplemente por sus sufrimientos. El dolor de otro no puede ser razón para justificar la desaprobación moral.

Permítanme dejar algo en claro. Tengo sentimientos sumamente negativos sobre Jimmy Carter. Estoy de acuerdo con quienes lo sitúan entre los tres peores presidentes de la historia de Estados Unidos, e incluso podría tratarse del peor de ellos. Lo culpo de muchas fallas de liderazgo internas, y como judío, encuentro particularmente ofensiva la forma en que ha dejado en claro su sesgo a favor de los palestinos —de quienes ha aceptado personalmente millones de dólares para su fundación— y su incesable odio hasta hoy en día hacia Israel y sus políticas. Su comparación del estado israelí con el apartheid de Sudáfrica —llegando incluso a titular sus reflexiones sobre por qué el fracaso del proceso de paz es sólo culpa de Israel "Palestina: Paz, no apartheid"— deja en claro cómo su prejuicio venció a su razón e ilustra a la perfección por qué el liberal Alan Dershowitz no tiene problemas en llamarlo públicamente "antisemita".

Lo que fue particularmente irritante la semana pasada fue que en la misma conferencia de prensa en la que Carter anunció su enfermedad, de todas formas encontró apropiado utilizar aquel momento para vilipendiar a Israel y acusarlo de ser la causa de que no haya paz en el Medio Oriente. Calumniar a los judíos parece estar en lo más alto de su mente a pesar de que sabe que pronto se encontrara con el Creador.

No vine a defender a Jimmy Carter. No estaré entre quienes den un discurso fúnebre por él. Pero eso no quita mi preocupación de que no debemos confundir el cáncer de Carter con el juicio divino que seguramente le espera cuando enfrente a Dios en el veredicto final.

Hacerlo sería cuestionar la rectitud de todos aquellos que están batallando contra la enfermedad. Lo que debemos hacer es afirmar que a pesar de que está más allá de nuestra habilidad de comprender, incluso los piadosos sufren e incluso los santos se enferman.

Juzguemos a Jimmy Carter en base a sus acciones, y no en base a su enfermedad mortal.