Los responsables de salud pública en todo el mundo están desesperados ante el riesgo de contagio del coronavirus. Cada vez se teme más que llegue a convertirse en una pandemia mundial imposible de detener. Hasta el momento, esta enfermedad respiratoria ha infectado a más de 75.000 personas y hasta donde sabemos fallecieron por lo menos 2.000. Barcos de crucero, turistas desprevenidos y otros lentamente van transmitiendo este "ángel de la muerte" a destinos alejados de su fuente en China.

La medicina moderna, con todos sus milagros, no puede hacer mucho. No hay cura. Por ahora la mejor y única solución es la cuarentena. Aquellos que se sospecha que pueden ser transmisores, deben aislarse. Tener contacto con quienes están infectados simplemente es demasiado peligroso.

Existe un paralelo bíblico de la cuarentena que los eruditos judíos consideran desde una perspectiva moral.

El libro de Levítico describe al metzorá, la persona afectada con tzaraat, una enfermedad que muchas veces es mal traducida como lepra. De hecho, se trata de una enfermedad espiritual, causada principalmente por hablar mal y calumniar a otros. El metzorá es alguien que motzí ra, 'originó un habla malvada', y tiene que pasar una cuarentena: lo envían fuera del campamento, para salvar a la comunidad de la posibilidad que tiene de infectarlos con su habla destructiva.

Por lo tanto, la intención de la cuarentena bíblica no era aislar a quien sufría una enfermedad física sino más bien alejar a quien tenía una bajeza moral.

Mientras esperamos que se encuentre una cura para el coronavirus, podemos derivar una lección ética de esta desgracia. Todos reconocen lo obvio: no debemos permitir que los que están sanos se vean expuestos a aquellos que pueden dañarlos.

¿Acaso esta no es la verdad más fundamental respecto a las relaciones humanas?

Sin duda los amigos son buenos para todos. En los últimos años, las investigaciones científicas sugirieron que las personas que tienen amistades fuertes experimentan menos estrés, se recobran más rápido de los ataques cardíacos y tienen probabilidades de vivir más años que quienes no tienen amigos. Los estudios incluso demuestran que son menos susceptibles a los simples resfríos.

Pero no todos los amigos tienen un efecto tan saludable. Algunos mienten, insultan y traicionan. Algunos son demasiado dependientes. Otros dan consejos erróneos. Los psicólogos y sociólogos ahora señalan los efectos negativos que los malos amigos tienen sobre la salud.

No subestimemos la advertencia del Rey Shlomó en su libro de Proverbios: “El que anda con los sabios, será sabio; pero el que anda en compañía de los tontos será destruido” (Proverbios 13:20).

No sólo es importante tener buenos amigos, sino tener amigos que sean buenos

Uno de los ejemplos más tristes de esto lo encontramos en Samuel II 13. Amnón,el hijo del Rey David, luchaba con deseos y pensamientos pecaminosos. Él deseaba con fuerza una relación física prohibida con su media hermana, Tamar. Amnón sabía que sus deseos eran erróneos y que no podía cometer esa maldad.

Entonces cinco palabras cambiaron todo: “Pero Amnón tenía un amigo”.

El amigo de Amnón, Ionadab, también era su primo. Ionadab propuso un plan para que Amnón pudiera satisfacer sus deseos lujuriosos. Amnón recibió lo que él pensó que deseaba. Poco después perdió todo lo que tenía. Él arruinó la vida de Tamar. Creó división y provocó dolor a su familia. Dos años más tarde lo asesinó su hermano, Avshalom.

Los amigos pueden enriquecer nuestra vida. Pero también pueden destruirla. “A menudo la clase equivocada de amigos genera mucho dolor”, escribió la Dra. Harriet Lerner, psicóloga y autora de The Dance of Connection.

Quizás la forma más importante en que podemos ayudar a dirigir el camino de la vida de nuestros hijos es recordarles constantemente cuán importante es para ellos no sólo tener "buenos amigos", sino tener amigos que sean buenos. Es una lección que todos debemos aprender. Algunas personas necesitan estar en "cuarentena" para que no lleguen a infectarnos con sus valores indeseados.