Probablemente muchos leyeron la historia del desventurado empleado de un restaurant que por error cambió el vino de $2.000 que pidieron en una mesa con el de $18 dólares que pidieron en otra mesa. Los clientes no se dieron cuenta del error y procedieron a disfrutar su bebida e incluso elogiaron la experiencia de acuerdo con sus expectativas.

Quienes pensaron que estaban bebiendo un vino que costaba $2.000 elogiaron sus virtudes y su superioridad, aunque en verdad estaban bebiendo el que costaba $18. La pareja que había pedido el vino (significativamente) más barato, no tuvo ningún indicio de la singular y privilegiada situación en la que se encontraba. En sus mentes (y paladares) ellos disfrutaban su cena con un vino agradable y no especialmente caro.

¿Qué podemos aprender de esta historia? (Sin entrar en una perorata sobre el esnobismo del vino y si alguien realmente nota el sabor de las cáscaras de naranja y el toque de lavanda).

Creo que lo más importante aquí es que frecuentemente obtenemos de nuestras experiencias aquello que nosotros mismos les brindamos. No hay nada mágico. La primera vez que mi esposo fue al Muro Occidental, él no tenía la menor idea de lo que se trataba (literalmente). Para él era sólo una pila de piedras, potencialmente una antigua pila de piedras. Sólo cuando entendemos la historia del Muro, el significado del Templo para el judaísmo, cómo la Presencia Divina reside allí, todo lo que nosotros y el mundo ha perdido, sólo entonces podemos valorar debidamente la importancia del Kótel. Sólo con la debida educación y preparación antes de llegar al Muro Occidental eso se convierte en una profunda experiencia emocional y espiritual.

Esto ocurre prácticamente con todas las experiencias importantes de la vida (y también con las que no son importantes, como compartir una botella de vino). Prepararse para muchas de las festividades judías, incluyendo el Shabat, puede verse como una carga y un trabajo pesado o como una oportunidad para conectarse con las mujeres judías de toda la historia y de todo el globo, identificarnos con nuestro pueblo, acceder a su significado inherente. Todo depende de lo que nosotros ponemos en la experiencia. ¿Shabat es una oportunidad para dormir o para crecer (o un poco ambas cosas)? Todo depende de nuestras expectativas.

Esto también puede aplicarse al matrimonio y a la paternidad. Si llevamos expectativas positivas y realistas, probablemente esa será nuestra experiencia. Y también es cierto lo contrario. Si buscamos los aspectos maravillosos de una situación, los encontraremos. Y si buscamos los aspectos desagradables, también los hallaremos.

Que hayan mezclado el vino es gracioso (para todos, menos para el dueño del restaurant que ahora tiene $2.000 menos), y las reacciones de los clientes son interesantes, pero en definitiva irrelevantes. Pero la vida nos presenta a diario situaciones y oportunidades en las que sí importa lo que nosotros aportamos a la experiencia. Si comenzamos con el conocimiento, el contexto y las expectativas adecuadas y el deseo de ver el vaso medio lleno, entonces realmente lo veremos (sin importar la calidad del vino que haya adentro del vaso).