¿Qué pasaría si supieras cuándo vas a morir? Un grupo de investigadores alemanes recogió muestras de sangre de 44.168 personas entre 18 y 109 años. Durante los siguientes 17 años murieron 5.512 personas de ese grupo. Tras analizar 226 biomarcadores en las muestras, los científicos determinaron que había 14 mediciones sanguíneas, incluyendo inflamación y equilibrio de fluidos, que eran los mayores indicadores para predecir si una persona moriría dentro de los siguientes 5 a 10 años.

Para probar su teoría, en el año 1997 ellos analizaron muestras de sangre tomadas de 7.603 personas. Luego, utilizando los 14 biomarcadores identificados, intentaron predecir la posibilidad de que cada una de esas personas llegara a morir dentro de los 5 a 10 años siguientes. Resultó que sus predicciones fueron correctas aproximadamente el 83 por ciento de las veces, incluso un porcentaje más elevado de lo que habían anticipado.

Basándonos en sus conclusiones, que fueron publicadas en una destacada publicación médica, con una muestra de tu sangre puedes saber cuánto tiempo puedes llegar a vivir si no cambias nada. La pregunta es: ¿qué harás con esa información?

La verdad es que no necesitamos un análisis de sangre para decirnos que no vamos a vivir eternamente. En este momento, en el sur de Florida nos enfrentamos a un huracán categoría 5 con condiciones potencialmente catastróficas. Cuando se desarrolla una nueva tormenta y comienza a acercarse a tierra, los expertos ofrecen sus mejores proyecciones respecto a dónde se dirige y cuándo llegará allí. Entonces se forma el “cono de incertidumbre”, y con cada actualización las comunidades y las personas que se encuentran en su camino con desesperación tratan de saber si siguen estando en la zona que puede ser afectada. Mientras uno permanece dentro del cono de incertidumbre, existe una angustia inevitable y el tortuoso proceso de esperar y anticipar lo que puede llegar a ocurrir.

Nadie tiene ninguna certeza; en esos momentos confrontamos nuestra mortalidad y nuestra vulnerabilidad.

Si este último año en el mundo en general y en nuestra comunidad en particular nos enseñó algo, eso es que todos estamos siempre bajo el cono de incertidumbre. Cada día en que nos despertamos tenemos la incertidumbre de lo que nos espera. ¿Recibiremos un diagnóstico devastador, un atentado masivo, un desastre natural, un evento terrorista, un accidente de tránsito o alguna otra amenaza? Nadie tiene ninguna certeza; en esos momentos confrontamos nuestra mortalidad y nuestra vulnerabilidad.

¿Pero qué hacemos con esos sentimientos? ¿Nos damos por vencidos y con fatalidad nos volvemos complacientes? ¿O eso nos motiva a dejar de postergar las cosas y aprovechar al máximo cada momento? ¿No nos tomamos la molestia de intentarlo porque al final de cuentas nada vale la pena, o dejamos de decir “lo voy a hacer” y lo hacemos en ese mismo momento? No sabemos qué nos espera mañana, sólo podemos aprovechar al máximo el día de hoy.

Nuestros Sabios describen dos reacciones opuestas ante un sentimiento de mortalidad y fragilidad. Ellos nos desalientan de la posibilidad de enfrentar la vida con la actitud de ejol veshatu, ki majar namut, comamos, bebamos y estemos alegres, porque mañana podemos morir. Reconocer nuestra propia mortalidad para algunas personas se convierte en una licencia para el hedonismo, para vivir egoístamente y pasarse la vida buscando la gratificación inmediata y el placer instantáneo.

En cambio, nuestros Sabios nos alientan a decir: im lo ajshav aimatai, si no ahora, ¿cuándo? El judaísmo nos enseña a tomar nuestros sentimientos de fragilidad y vulnerabilidad y utilizarlos como trampolines para crecer, para cambiar y marcar una diferencia. La sensación de mortalidad debe alentarnos a aprovechar cada momento, a valorar cada oportunidad. De hecho, la Torá cree en carpe diem, aprovechar el día, pero no para tener placer o con intereses egoístas, sino aprovechar el día para contribuir a la sociedad, para afectar de forma positiva sobre otra persona, para convertirnos en un mejor esposo, padre o abuelo, para aprovechar al máximo cada momento. Nunca es demasiado tarde para convertirte en la persona que debes ser.

Siempre me sorprendo ante los héroes de los huracanes, las personas que salen al frente y con generosidad ayudan a los demás prestando sus generadores, colocando postigos, entregando linternas o simplemente informando donde no hay largas filas de espera para cargar nafta. Algunos al enfrentar un huracán de categoría 5 sólo se ocupan de atender a sus propias necesidades y las de su hogar. Otros confrontan una potencial catástrofe colectiva y salen a preguntar en qué pueden ayudar a los demás. Algunos tratan de asegurar sus hogares, sus bienes y su propio bienestar y otros piensan en un vecino, en una persona sola, enferma o anciana que puede llegar a precisar ayuda. La sensación de mortalidad y miedo ante lo desconocido puede inspirar un presente más egoísta o un presente más desinteresado, la elección depende de cada uno.

Acaba de comenzar el mes de elul y con él la cuenta regresiva hacia las Altas Fiestas. No es una coincidencia que en los dos días de Rosh Hashaná y en Iom Kipur terminemos Musaf con un emotivo piut en el que cada frase comienza con la palabra haiom, hoy.

Nadie sabe que nos espera mañana… literalmente. ¿Sufriremos una tormenta catastrófica o se alejará de nosotros? ¿Sufriremos daños o emergeremos indemnes? ¿Correremos peligro o estaremos a salvo? La incertidumbre es un cono inmerso y estamos dentro de él. Nadie, ni siquiera los especialistas en cuestiones climáticas, saben que pasará mañana. Así que por ahora, nos aseguremos de vivir nuestras vidas de la mejor manera posible en la única dimensión que nos es posible hacerlo: haiom, hoy.