Hace poco, Jonathan Frostick tuvo un ataque cardíaco.

Ocurrió cuando desesperadamente trataba completar un trabajo para su puesto como director de programación en una empresa de inversiones en Londres. Casi escogió ignorar el fuerte dolor que de repente sintió en el pecho y que prácticamente le impedía respirar. Se preocupó por lo que consideró una "inconveniente" interrupción a su trabajo.

Al verse obligado a convalecer en el hospital, Frostick tuvo una epifanía. Enfrentar la mortalidad lo motivó a reevaluar su vida, sus valores, las razones por las que vivía y, lo más importante de todo, sus prioridades. Luego publicó en LinkedIn las reglas que descubrió "para vivir". La publicación de Frostick se volvió viral.

Cientos de miles de "likes" expresaron su acuerdo. Decenas de miles se tomaron el tiempo de hacer eco a sus pensamientos mientras la pandemia global sigue cobrando víctimas día a día. Los periódicos de todo el mundo imprimieron sus palabras.

La verdad es que no hubo ideas recién descubiertas en las breves reglas que resumen los "descubrimientos" de la víctima de un infarto que reconoce abruptamente que el ángel de la muerte puede elegir a cualquiera en el momento más impredecible. Frostick simplemente nos recordó las más simples, y las más profundas, verdades de la vida.

Debajo de una foto de él mismo en su cama de hospital, Frostick publicó sus nuevos votos para su vida de aquí en adelante:

"Ya no voy a pasar todo el día en Zoom".

"Voy a reestructurar mi enfoque del trabajo".

"La vida es demasiado breve".

"Quiero pasar más tiempo con mi familia".

Estas lecciones para tener una vida realmente exitosa fueron conocidas y enseñadas durante miles de años. Ellas constituyen el eje de las enseñanzas judías que fueron repetidas interminablemente por filósofos y teólogos.

La pandemia transformó a la muerte de ser una realidad negada inconscientemente, muy alejada del presente, a una posibilidad constante y siempre presente.

Entonces, ¿por qué las palabras de Jonathan Frolick tuvieron tanto impacto? En mi opinión, esto está directamente conectado con la pandemia que transformó la muerte de ser una realidad negada inconscientemente a una posibilidad constante y siempre presente, un fin inevitable a las búsquedas infructuosas que permitimos que llenen la mayor parte de nuestro limitado tiempo en esta tierra.

El último año dejó claro para todos que la muerte puede llegar en cualquier momento, y el infarto de Jonathan Frostick sirvió como un poderoso mensaje de nuestra mortalidad.

Hay una interesante leyenda sobre la muerte de Alejandro el Magno. En su lecho de muerte, Alejandro mandó a llamar a sus generales y les transmitió sus tres últimos deseos:

  1. Los mejores médicos debían llevar su ataúd.

  2. La riqueza que él había acumulado (dinero, oro, piedras preciosas, etc.) debía ser esparcida en el camino que seguiría la procesión hasta el cementerio.

  3. Debían dejar sus manos sueltas, colgando fuera del ataúd, para que todos pudieran verlas.

Sus generales se sorprendieron de estos pedidos inusuales y le pidieron a Alejandro que explicara sus razones.

Él les respondió:

  1. Quiero que los mejores médicos lleven mi ataúd para demostrar que ante la muerte, ni siquiera los mejores médicos del mundo tienen el poder de curar.

  2. Quiero que el camino esté cubierto con mis tesoros para que todos vean que la riqueza acumulada en esta tierra se queda en la tierra

  3. Quiero que mis manos queden a la vista para que la gente entienda que llegamos a este mundo con las manos vacías y dejamos este mundo con las manos vacías cuando se acaba el tesoro más valioso, que es el TIEMPO.

El Talmud lo presenta de una forma un poco diferente. Nacemos con los puños cerrados. Es como si al llegar al mundo el bebé proclamara visualmente que va a tomar todo lo que el mundo puede ofrecerle. Al morir, nuestras manos se abren, completamente vacías. Todo lo que nos llevamos son los recuerdos de nuestros buenos actos y el legado de nuestra contribución al mundo, a otras personas y a nuestras familias.

Entre las innumerables respuestas a las "reglas de vida" de Frostick, la idea que más repiten los lectores es el agradecimiento por ayudarlos a poner en perspectiva el gran valor que tiene el tiempo compartido con la familia en vez de la idolatría del trabajo para obtener más bienes materiales.

Qué triste que uno de los hombres más ricos del mundo no aprendiera esta lección hasta que fue demasiado tarde. Sam Walton era el director multibillonario de Walmart, una de las corporaciones más grandes de los Estados Unidos. Cuando estaba en su lecho de muerte, se esforzó para pronunciar sus últimas palabras en la tierra. Él había entregado su vida a su trabajo. En esa área, su éxito superaba los sueños de cualquier persona. Pero eso tuvo un precio. Él casi no había pasado tiempo con su esposa, sus hijos y sus nietos. Él no se había permitido disfrutar momentos de interacción afectuosa, abrazar a un nieto en su regazo, jugar, reír y regocijarse con sus seres queridos.

¿Cuáles fueron sus tres palabras finales? "I blew it" – Fracasé. Él tenía miles de millones, pero admitió que había fallado.

Después de tanta muerte, que tengamos la sabiduría de aprender de la brevedad de la vida cómo vivir con verdadero sentido e importancia.