Entrar a la escuela sabiendo que eres diferente. Esta es probablemente una de las cosas más destructivas que pueden ocurrirle a un niño de 11 años. Recuerdo el día en sexto grado: entré a la escuela sintiéndome extremadamente inadecuado y diferente porque ahora tomaba Ritalín. Una píldora que me colocaba el rótulo de “tonto” o “incapaz de arreglárselas solo”… De una u otra forma, fue un duro golpe a mi autoestima.

Mis padres, que son personas afectuosas y bondadosas, trataron de convencerme que eso podía ayudarme a concentrarme y a mejorar mi capacidad deportiva, porque en esa etapa mi sueño era convertirme en un futbolista profesional, pero sabían que era un intento fútil, porque yo sentía que valía muy poco y no tenía demasiado para ofrecer.

En verdad mis tareas y mis notas mejoraron un poco, pero cuando repartieron la libreta de calificaciones y yo seguía sin grandes “logros”, los maestros estuvieron convencidos de que necesitaba una dosis mayor. Yo también me convencí a mí mismo que así era. Con una dosis de 56 mg de Concerta durante la escuela secundaria, era un zombi, socialmente torpe y apenas comía. No me concentraba en clase, en cambio me la pasaba dibujando y mirando el espacio.

Me rotularon de “perezoso” y de “no aprovechar mi potencial”. Terminé la escuela en el nivel más bajo de mi clase y estaba destruido. El Ritalín no ayudó, sólo me volvió un marginado, un bicho raro que tomaba una píldora, un adolescente socialmente inadaptado.

Al ir a estudiar un año en una ieshivá en Israel, opté por seguir tomando la píldora. Bajé la dosis y mi personalidad naturalmente extrovertida comenzó a tomar forma. En las vacaciones directamente no la tomaba. Comencé a construir mi autoestima y empecé a pensar que era más “normal”.

Ahora, a los 23 años, soy maestro de estudios judaicos. Soy el maestro divertido, emocionante, que hace que el judaísmo sea relevante, que sabe de deportes, que hace cosas divertidas en su vida, a quien los estudiantes adoran, pero que sigue tomando 18 mg de Concerta, lo cual ahora considero como la forma de recibir la ayuda que necesito para poder desarrollar a pleno mi potencial.

Un día estaba dando clase en quinto grado y un alumno comenzó a burlarse de otro porque tomaba Ritalín. Miré fijamente al ofensor y le pregunté: “¿Sabes que también tu maestro toma Ritalín?”.

Toda la clase me miró con incredulidad y confusión. El niño de quien se habían burlado me preguntó horrorizado: “¿De veras?”.

Les expliqué que la píldora me ayuda a enfocarme y a concentrarme mejor, no hace que de repente me interese estudiar todo, pero ayuda.

Entonces ocurrió algo que nunca podré olvidar. Algunos de mis amados alumnos comenzaron a admitir abiertamente que tomaban píldoras. De repente ya no eran marginados, sino parte de un grupo de personas normales. El estigma había sido destruido.

Esto les permitió a mis estudiantes sentirse bien consigo mismos y les dio una oportunidad de ser vulnerables en el aula. También me ayudó a tomar más consciencia de sus miedos e inseguridades.

Como padres y maestros, a menudo no prestamos suficiente atención a los miedos y las ansiedades de los niños que nos rodean. En cambio queremos que sean “normales” y que se adecuen a la sociedad.

Propongo que dejemos de provocar que los niños se sientan mal por ser niños; que los alentemos de forma positiva para que hagan cosas que pueden ser difíciles y que los apoyemos genuinamente cuando las hagan. Que les mostremos que está perfecto recibir la ayuda que uno necesita para triunfar, cualquier clase de ayuda que sea necesaria, incluso cuando esa ayuda llega en la forma de una pequeña píldora.