Acabo de terminar de corregir trabajos y colocarles calificaciones. Este semestre les puse a todos 10. Tú piensas: “ella regala las notas”. Yo pienso: “realmente me importa el aprendizaje”. Todos mis alumnos trabajaron duro, manifestaron seriedad y dominio de lo estudiado. Quiero que se sientan bien respecto a lo que aprendieron, que lo lleven con ellos y que sientan confianza en sí mismos como futuros adultos. Cuando otorgas calificaciones, tienes un poder inmenso sobre las personas. Cada nota que das es un rótulo que obligas a vestir a tu alumno y que dice lo que piensas de ellos, sin importar lo que en verdad pienses de ellos.

Este es el gran secreto que no es secreto en absoluto: nada se interpone más al aprendizaje que las calificaciones.

Yo no fui la primera que lo dijo. Lee “Feel-Bad Education” de Alfie Kohn, o lee acerca de su desafío: pasar de escuelas que degradan a sus alumnos a escuelas sin grados, sin calificaciones. Puedes ser miembro del Movimiento contra las Calificaciones o unirte al grupo de Facebook “Teachers Throwing Out Grades”, un grupo de miles de maestros que creen que la observación, la retroalimentación, la repetición y la autoevaluación del alumno convierten al estudiante en un verdadero aprendiz. Las calificaciones no lo logran. Puedes leer sobre las más de 40 escuelas en la ciudad de Nueva York que pasaron a un sistema de estudio basado en el aprendizaje para el dominio. O aún mejor, puedes buscar una escuela de este tipo para tus hijos.

Pero no esperes demasiado. Los niños que no reciben buenas calificaciones pueden encontrar en su libreta de calificaciones una confirmación de su fracaso ante aquellos cuyas opiniones más les importan: sus padres y maestros. Las malas calificaciones pueden dañar de forma letal la autoestima de los niños, sin importar quiénes sean fuera del aula. Las buenas calificaciones pueden tener un impacto igualmente perjudicial. El drama. El auto odio. Las recriminaciones. El juicio. La humillación. Las expectativas sobredimensionadas, incluso olímpicas, que llevan a los niños a actuar como robots, no a aprender. Como dice el refrán: “Las calificaciones del maestro se convierten en las calificaciones del estudiante sin pasar por el cerebro de ninguno de ellos”. Esta es la descripción perfecta de todo lo que acumulé en mi cabeza para los exámenes finales y que se mantuvo allí precisamente hasta que terminó el examen.

Los niveles de estrés que experimentan en la actualidad los “buenos” alumnos, simplemente no valen el precio del papel de ese impresionante diploma. Y debido a que lo bueno es sobre todo un juicio moral, veamos cuánta bondad podemos sacar de las calificaciones cuando son la razón primordial para que los alumnos hagan trampa, busquen atajos o actúen con una competitividad brutal. Lo que las calificaciones producen más que nada es ansiedad, y hoy en día no podemos permitir que en las escuelas haya más ansiedad de la que ya existe.

Eliminar las calificaciones transfiere la motivación de lo extrínseco a lo intrínseco.

En The Case for Not Giving Grades, Marty Nemko asegura que “eliminar las calificaciones transfiere la motivación de lo extrínseco a lo intrínseco” y nos recuerda que dar calificaciones es una manera que tienen los maestros y profesores para escaparse de una instrucción pobre. A veces, los niños se esfuerzan más en las clases que peor se enseñan. Ellos no quieren arruinar su promedio general a causa de un maestro perezoso o incompetente. Los maestros que ceden a las calificaciones encontraron una forma alternativa y significativa de llevar a sus estudiantes a sus materias y crean juntos planes de estudio personalizados. Lleva tiempo. Requiere intención. Hace falta enseñar bien para formar buenos aprendices. Y cuando todo se logra, esto es lo que se llama educación.

Sí, este tema me apasiona más que nada en las clases de estudios judíos en las escuelas judías. Puedes argumentar que si no les damos a los niños calificaciones, no tomarán con seriedad sus clases. Yo argumento que la mayoría de los niños de todas maneras no toman con seriedad lo que se les enseña mal. Simplemente arrojan su amor por un tema a algo más valioso, donde se sienten bien consigo mismos. Un maestro de Talmud me confesó que tenía un alumno excelente pero sólo le puso un 8 porque a menudo llegaba tarde a clase. No es sorprendente que ese alumno se alejara por completo del estudio del Talmud. Él vio que su maestro era una persona con las prioridades erróneas. Piénsalo. La mayoría no podemos recordar lo que aprendimos hace algunos años. Pero recordamos nuestros sentimientos hacia ciertos maestros y esos sentimientos se trasladan a los temas que ellos enseñaban. Las asociaciones perduran.

Algunas escuelas ponen calificaciones por las plegarias. Imagina el juicio. La espiritualidad más tierna se ve apabullada. Seguro, es difícil mantener a los niños en silencio, pero considera el daño a largo plazo que sufre el alma. Simplemente es algo irreparable. ¿Acaso piensas que Dios nos pone calificaciones? No puedes tener una relación cálida, afectuosa e íntima con un Dios que pone calificaciones. Incluso si eres un alumno que siempre obtiene 10.

Llegará el día en que algunas escuelas judías valientes tendrán la perspectiva necesaria para dar este paso audaz y salirse de un sistema que no funciona para hacer lo que los judíos hemos hecho durante milenios: estudiar por el estudio mismo. Esas personas valientes convertirán a sus estudiantes en aprendices de por vida. Promoverán la curiosidad y el amor. Nutrirán el compromiso y el intelecto. Permitirán que se expanda el alma. Nos mostrarán a los demás el camino que debemos seguir.