Es el sueño de los mejores atletas del mundo. Muchísimo esfuerzo y preparación, junto a una dedicación absoluta durante muchos años, se invierten con la esperanza de ocupar el lugar más alto en el podio y ser reconocido como el ganador de la medalla de oro.

Pero sólo una persona puede alcanzar ese objetivo, e incluso los ganadores de la plata y el bronce sienten el agudo dolor del fracaso.

Y la diferencia entre llegar primero o ser relegado al tormento por lo que podría haber sido es, por lo general, una fracción de segundo. En el estadio olímpico de Río de Janeiro, en la final femenina de natación —100 metros estilo pecho—, Lily King de Estados Unidos venció a Yulia Efimova con un tiempo de 1:04.93. Este tiempo fue el mejor de King en su vida y registró un record olímpico. Efimova fue segunda, con un tiempo de 1:05.50 llegando diecinueve centésimas de segundo delante de Katie Meili, compañera de equipo de King, que resultó tercera. Tres competidoras separadas por una mera fracción de menos de un segundo, ¡pero con resultados tan distintos en relación a la posición final!

“Sólo un segundo”, decimos a menudo, implicando que esa cantidad de tiempo nos es indiferente. Las Olimpiadas nos recuerdan que incluso una fracción de segundo puede cambiar el mundo, al igual que la identidad de sus mayores héroes.

Las Olimpiadas nos recuerdan que incluso una fracción de segundo puede cambiar el mundo, al igual que la identidad de sus mayores héroes.

 

Es irónico que las Olimpiadas sirvan como recordatorio de uno de los mensajes espirituales más poderosos, un mensaje que los judíos fueron los primeros en reconocer, así como lo registró el autor irlandés Thomas Cahill en The Gift of the Jews, su libro más exitoso.

Antes de los judíos y la Torá, nota Cahill, se consideraba que el tiempo no tenía ningún valor en particular. La gente nacía, vivía y moría en un ciclo constante y sin sentido. Fue la Torá lo que consideró apropiado definir al tiempo como algo sagrado. De hecho, la santificación de la luna y el mes fue la primera mitzvá que recibió el pueblo judío. El tiempo era la definición de la vida misma. El tiempo era efímero. El tiempo pasaba rápidamente y exigía atención. El tiempo, para los judíos primero —y a través de la Torá para el mundo en general— se convirtió en la vara con que medimos nuestros triunfos y fracasos, tomamos nota de los eventos, conmemoramos nuestros festivales y registramos nuestra historia.

En la actualidad sigue habiendo personas que sólo quieren “matar el tiempo”. Es un objetivo contraproducente. No podemos matar el tiempo porque el tiempo en realidad nos mata. El tiempo es el mayor recordatorio de nuestra mortalidad. Y sólo al reconocerlo podemos salir victoriosos frente a sus restricciones.

“Enséñanos a numerar nuestros días”, fue la plegaria del Rey David en el libro de Salmos. Cada día debe contar de alguna forma; la suma total de nuestros días es el juicio divino del significado y objetivo de nuestras vidas.

Nuestros sabios enseñaron: “Están aquellos que adquieren su porción en el mundo venidero en el mero lapso de una hora”. Los místicos judíos nos recuerdan un vínculo numérico impresionante. El tiempo de vida bíblico es de 70 años. 70x365 días es 25.550. Ahora, multiplica la cantidad de días por 24 horas y nuestra cantidad total de horas en la tierra es un poquito más de 613.000, una correspondencia con las 613 mitzvot, ¡para enseñarnos que cada hora de nuestra vida debería considerar mil veces el cumplimiento de la voluntad de Dios!

No recuerdo dónde la vi, pero la historia a continuación es una metáfora excelente de la vida:

Imagina que hay una cuenta bancaria que abona $86.400 dólares en tu cuenta cada mañana. Ahora bien, tu cuenta no guarda el balance de un día para el otro. Cada mañana, el banco borra lo que no alcanzaste a utilizar del balance del día anterior. ¿Qué harías? ¡Retirarías cada centavo!, por supuesto.

Cada uno de nosotros tiene un banco así. Su nombre es ‘TIEMPO’. Cada mañana, te abonan 86.400 segundos a tu cuenta: 24 horas por 60 minutos por 60 segundos. Cada noche descuenta como perdido lo que sea que no hayas logrado invertir en un buen propósito. No se guarda el balance. No se permiten sobregiros. Cada día se abre una cuenta nueva para ti. Cada noche se borra lo que queda al final del día. Si no logras utilizar los depósitos del día, tú pierdes. No se puede girar a cuenta de mañana. Debes vivir en el presente con los depósitos del día. Invierte para obtener lo máximo en salud, felicidad y éxito.

El reloj de cada uno de nosotros sigue corriendo. Los días, las horas, los minutos y, sí, hasta los segundos se mueven rápidamente en su ritmo imparable. Pero podemos cambiar el curso de nuestra vida en una pequeña fracción de tiempo, incluso en un segundo. Quizás por eso se llama ‘segundo’, porque cada segundo nos da una “segunda oportunidad” para rectificar nuestros errores, para redirigir nuestros objetivos, para redefinir nuestros valores, para convertirnos en versiones mejores de quienes somos desde la perspectiva de quienes podríamos ser.

Sólo un segundo, después de todo, es lo que marca la diferencia en las Olimpiadas entre ganar la medalla de oro o llorar por lo que podría haber sido.

Gracias a Michael Hoenig por sugerir que escribiera sobre este tema.