Hace unos días, cuando el huracán Dorian se mantuvo en alta mar y todavía su trayectoria seguía siendo incierta, llevé a mis hijos a ver lo que sabíamos que serían olas enormes. Estábamos observando las olas, cuando el hombre que estaba a mi lado decidió comentar cuán extraordinarias eran esas olas. En vez de emplear uno de los muchos adjetivos apropiados para describirlas, él se sintió cómodo e incluso impulsado a usar una extrema profanidad para capturar la ferocidad de las olas.

Dejando de lado el hecho de que no tenía ninguna razón para creer que yo mismo me sentiría cómodo con ese lenguaje, parece que tampoco se dio cuenta (o quizás le fue indiferente) que yo estaba con niños pequeños. Mi hijo de 12 años me miró y me preguntó: “¿Por qué necesita maldecir?”

No tenía una buena respuesta.

En 1952, un episodio de “Yo amo a Lucy” fue considerado “controversial”, porque en él, Lucy le contaba a su esposo que estaba embarazada. Los ejecutivos de CBS pensaron que usar la palabra “embarazada” era demasiado arriesgado y en consecuencia ella simplemente le dijo: “tendremos un bebé”.

En 1961, el comediante Lenny Bruce enfrentó su primer cargo por obscenidad por haber maldecido en el set. Después de haber sido arrestado varias veces más, finalmente lo detuvieron, lo juzgaron y lo declararon culpable de obscenidad en 1964.

Si bien todavía existen algunas reliquias de esa era (en Virginia, el “juramento profano” es un delito menor, castigado con una multa de $250), el mundo cambió de forma radical y lo mismo ocurrió con el medio en el que vivimos. La obscenidad pasó de ser un crimen a ser una forma legítima de comunicación.

La Comisión Federal de Comunicaciones sigue definiendo profanidad como un lenguaje que es tan “grosero y ofensivo” a “los miembros del público” que se vuelve una “molestia”. El problema es quién define lo que es “groseramente ofensivo”, quiénes son los “miembros del público” y qué califica como una “molestia”. Los límites de los tres se mueven con rapidez y no en la dirección de las definiciones tradicionales o recatadas.

¿Recuerdan cuando las personas que ocupaban cargos de liderazgo y distinción debían ser todavía más responsables que los demás por comportarse con dignidad y clase? GovPredict, una empresa de análisis políticos, registró una tendencia no sorprendente pero de todos modos impresionante respecto a los políticos y los medios sociales. En el 2014, hubo 83 instancias de legisladores que usaron palabras profanas en línea. En el 2017 esto creció a 1.571 instancias y en el 2018 hubo 2.409 instancias. En la que va del año 2019, ya se logró avergonzar a todos estos años previos. De acuerdo con la firma, los políticos maldicen y utilizan palabras que solían ruborizar tanto en sus campañas como en conferencias de prensa, debates y en sus medios sociales.

La epidemia de profanidades comienza desde la cima con el presidente actual de los Estados Unidos que regularmente usa palabras vulgares. Pero muchos de los que tratan de derrotarlo y argumentan ser más “presidenciales” no son mejores en este aspecto, y a menudo manifiestan profanidades en espacios públicos.

Ya no es seguro mirar una entrevista con un líder electo ni observar un debate delante de los niños. No podemos dar por obvio que los espacios públicos están libres de profanidades, y los medios de comunicación bajaron su nivel de forma drástica. La CBS, la misma red que se negó a difundir la palabra “embarazada”, presenta regularmente un programa cuyo título es una mala palabra “limpiada”. Estaciones de radio populares difunden habitualmente canciones con palabras que hace 10 o 15 años no hubieran sobrevivido a los censores.

¿Por qué esto es algo tan malo? ¿Por qué está mal maldecir? ¿Acaso no refleja pasión, sentimientos, emoción? ¿Maldecir no es saludable para aliviar la tensión, para responder al dolor y a la frustración? ¿No deberíamos creer la investigación que dice que maldecir tiene efectos positivos?

Nuestra parte animal quiere maldecir. Cuando nos contenemos, expresamos nuestra misma humanidad.

La respuesta es que no. Ceder al impulso de usar vulgaridades es perder nuestra propia humanidad y dar cabida a un impulso animal. Nuestra sagrada Torá nos dice que lo que nos diferencia de los animales es la capacidad de hablar, el arte de la comunicación. Cuando lo elevamos, actuamos de forma más similar a Dios, y cuando nos rebajamos utilizando vulgaridades y obscenidades expresamos nuestra parte animal.

En What the F: What Swearing Reveals About Our Language, Our Brains, and Ourselves, el professor Benjamin K. Bergen comparte la investigación sobre las maldiciones. Por ejemplo, él describe que algunas víctimas de accidentes cerebrovasculares pueden maldecir con fluidez a pesar de que sus otras habilidades lingüísticas se vean gravemente afectadas. El lenguaje más avanzado viene de partes más sofisticadas del cerebro mientras que las maldiciones surgen de una zona más primitiva en los ganglios basales. De forma similar, el síndrome de Tourette, que incluye una disfunción de los ganglios basales, puede provocar un impulso abrumador por maldecir. Nuestra parte animal quiere maldecir. Cuando nos controlamos, expresamos nuestra misma humanidad.

Es por esto que nuestros Sabios (Shabat 33a) se oponían tanto a lo que llamaron nivul pé, 'vulgaridades de la boca'. Cuando expresamos autocontrol y disciplina, imitamos a Dios y de esta forma exhibimos dignidad y clase. Cuando fallamos y cedemos a nuestro impulso natural por maldecir, nos degradamos.

No siempre es fácil luchar contra este impulso, particularmente cuando estamos enojados, frustrados o algo nos lastima físicamente. En esta era, puede ser particularmente difícil cuando gran parte de nuestra comunicación tiene lugar de forma escrita o en mensajes de textos, donde podemos permitirnos usar de forma digital palabras que no usaríamos de forma verbal. Sin embargo, la capacidad de preservar un lenguaje digno incluso en esos momentos y en esos medios, es de alguna manera la medida misma de nuestra humanidad y divinidad.

Usar o escuchar vulgaridades es tomar un regalo puro y bello, el poder de la comunicación, y contaminarlo y arruinarlo. Cada vez que escucho a alguien maldecir para tratar de explicar algo, no puedo evitar pensar que si fuera más inteligente encontraría una forma más efectiva de comunicar su postura sin necesidad de distraer con el sacudón de valores que provoca al usar una obscenidad. Siempre me impresiona menos (y no más), me concentro menos en lo que dice y presto más atención a por qué lo dice de esa manera. Me persuade menos, no más. Sobre todo, me siento desilusionado de que haya elegido transmitirme a mí su contaminación, comprometer mi ambiente y dañar el clima que compartimos.

Sólo podemos proteger nuestro medio espiritual si cada uno asume la responsabilidad de hacer su parte. Tanto en línea como en persona, las palabras que decimos y cómo las decimos reflejan la esencia de lo que somos y quiénes aspiramos ser. Si hacemos que los “miembros de nuestro público” juzguen todas las obscenidades y vulgaridades como una “molestia” “groseramente ofensiva”, podemos exigir que el lenguaje limpio no se aleje de las emisiones que impactan negativamente nuestro ambiente tanto para nuestra generación como para las generaciones futuras.