La semana pasada, cuando vi los discursos de la ONU, no pude evitar recordar la historia de Franklin Delano Roosevelt y mi padre, y más importante que ello, la lección que me enseñó mi padre en base a aquel histórico momento.

Me gustaría decir que se trata de una historia de cuando mi padre se reunió con Franklin Delano Roosevelt, pero eso no sería verdad. Aquella reunión debería haber ocurrido, pero no ocurrió. Y en el trasfondo hay una increíble historia que sucedió dos días antes del Iom Kipur de 1943.

Una repetida mentira sobre los eventos del Holocausto es que el mundo no sabía lo que estaba ocurriendo con la judería europea a principios de los años 40. Hitler hace tiempo que había dejado en claro sus planes genocidas y habían suficientes testigos oculares sobre las atrocidades que ocurrían en los campos de concentración y de los asesinatos en masa como para verificar la seriedad de sus esfuerzos. Lo inimaginable era una realidad, ya no era un secreto. Sin embargo, el mundo hizo la vista gorda ante los horrores del Holocausto. Y lamentablemente, el presidente de Estados Unidos, quien en ese entonces era venerado por casi todos los judíos como una figura santa, de todas formas eligió no intervenir ni con acciones ni con palabras.

¿Qué podía hacer la comunidad judía de Estados Unidos? Es difícil ponernos en la mente de una generación pasada, una generación cuyas demostraciones en contra de las políticas del gobierno eran desconocidas, en la cual no habían protestas. Incluso pedir en favor de los intereses de un grupo particular era considerado algo “poco estadounidense”.

El silencio ante el asesinato de judíos era una opción imposible, pero, ¿cuál era la alternativa?

Los líderes rabínicos estaban perplejos; el silencio ante el asesinato de judíos era una opción imposible, pero tenían dificultad para encontrar una alternativa viable. Los líderes espirituales ortodoxos se enfrentaron con un problema adicional: Con sus barbas y vestimentas distintivas, su apariencia los hacia parecer forasteros. Y al ser inmigrantes relativamente recientes, muchos de ellos apenas hablaban inglés. ¿Cómo podrían tener alguna influencia en la política estadounidense?

Pero de todas formas, dos días antes de Iom Kipur de 1943, la historia registra que más de 400 rabinos ortodoxos, con sus sombreros negros y sus fracs, se dirigieron al Congreso y a la Casa Blanca en una emotiva muestra de unidad para rescatar a los judíos de la exterminación nazi. Estos eran los ancianos de la comunidad ortodoxa en la década del 40, la mayoría de ellos eruditos de Torá nacidos en Europa, para quienes lo políticamente correcto en el nuevo mundo era tan desconocido como su lenguaje.

Y uno de ellos era mi padre.

Mi padre, el Rabino Ben Zion Blech, en la primera fila, quinto desde la izquierdaMi padre, el Rabino Ben Zion Blech, en la primera fila, quinto desde la izquierda

Los rabinos se reunieron frente al Capitolio, recitaron Kadish por quienes habían fallecido, cantaron el tradicional rezo judío por los líderes de la nación con la melodía del himno de Estados Unidos, y leyeron solemnemente, en inglés y hebreo, su petición sobre que fuera creada una Agencia Federal especial para rescatar a la judería europea y para expandir la limitada cuota de inmigración de refugiados judíos a Estados Unidos. Entonces marcharon hacia la Casa Blanca con una petición urgente de que les fueran permitidos unos pocos minutos para presentar su caso personalmente ante el presidente.

Franklin Delano Roosevelt evitó a los rabinos y abandonó la Casa Blanca por una salida trasera, mientras estos marchaban silenciosamente en la parte frontal. Él argumentó que tenía otra reunión urgente. Los registros de la Casa Blanca confirman que su calendario estaba vacío. Los rabinos fueron desdeñados. El Holocausto y el genocidio de seis millones de judíos continuó como antes.

¿Qué lograron?

Sin embargo, debemos preguntar: ¿Qué lograron los rabinos?

Lo que realmente nos define no es lo que logramos, sino lo que intentamos.

Mi padre siempre me decía que esa era una de las lecciones más importantes que debía aprender en la vida. Dios no nos juzga por nuestros éxitos, sino por nuestros esfuerzos. Lo que realmente nos define no es lo que logramos, sino lo que intentamos.

Tan sólo imagina si aquellos rabinos que fueron parte de lo que hoy es conocido como la Marcha de los rabinos hubieran simplemente aceptado la derrota sin siquiera luchar, consintiendo con el asesinato de su propio pueblo mediante su silencio. ¿Cómo habrían podido enfrentar el juicio de la historia y el juicio de la corte celestial al final de sus días?

“Lo que logramos”, me dijo mi padre, “es que no abandonamos nuestro rol de líderes espirituales. No nos quedamos inactivos ante el derramamiento de sangre de nuestros hermanos y hermanas. Nos rehusamos a mantenernos indiferentes ante el mal y ante el sufrimiento de nuestro pueblo. No fuimos manchados por el pecado de la pasividad, un crimen que puede atormentar a un indefenso testigo con una culpa comparable en alguna medida a la que siente el perpetrador”.

“Los héroes”, destacaba siempre mi padre, “no siempre necesitan ser exitosos. Todo lo que podemos pedir de ellos es que hagan lo que está en su poder… y el resto, está en las manos de Dios”.

Y así es como juzgo todos los esfuerzos que he realizado a lo largo de los años en lo que respecta a “causas perdidas”. Y así es como me siento cuando pienso sobre cuán duro hemos tratado tantos de nosotros de bloquear el desastroso acuerdo con Irán, el cual les garantiza a los iraníes billones de dólares para patrocinar el terrorismo global y que les garantiza obtener capacidad nuclear en un futuro no tan distante.

El ensordecedor silencio de Bibi

Y así es como me sentí la semana pasada cuando vi al primer ministro Netanyahu hablar en la ONU. Para Netanyahu seguramente no es algo extraño tener una recepción hostil en la ONU. Pero esta vez fue capaz de usar para bien la animosidad hacia el estado judío que siente la gran mayoría de los estados miembros. En un punto durante su discurso ante la Asamblea General, señaló que tan sólo 70 años después del Holocausto, Irán amenaza repetidamente al estado judío con la aniquilación. Pero “la respuesta de casi todos los gobiernos que se encuentran representados aquí ha sido nula. Un completo silencio. Un ensordecedor silencio”.

Y entonces Netanyahu se quedó en el podio por los que pueden haber sido los 44 segundos más angustiantes de la historia de los discursos en la ONU. Aquel verdaderamente ensordecedor silencio expresó todo lo que necesitamos saber sobre la comunidad internacional y sobre su indiferencia ante los esfuerzos de aniquilar a Israel.

Luego del silencio continuó declarando lo obvio: “Quizás ahora podrán entender por qué Israel no se unirá a ustedes para celebrar este acuerdo. Si los líderes de Irán estuvieran trabajando para destruir vuestro país, quizás ustedes serían menos entusiastas sobre el acuerdo”.

¿Qué ganancia, se preguntarán, obtuvo Netanyahu al recordarle a los líderes mundiales su incontrolado antisemitismo? La respuesta se basa en la misma verdad que me enseñó mi padre. Al menos la historia registrará que alguien alzó la voz… y eso por sí mismo es un acto heroico.