Al igual que mucha gente, me puse muy triste cuando me enteré del reciente fallecimiento de Robin Williams, quien se quitó la vida después de aparentemente luchar por muchos años contra una enfermedad psiquiátrica, depresión y adicción. El hombre que hizo a tanta gente feliz al parecer era alguien increíblemente triste.

Hay muchas lecciones que podemos aprender de esta trágica muerte. Descubrir la profundidad de la depresión de Williams y el devastador e irreversible impacto que tuvo finalmente en su vida, ha despertado el interés del público para saber más sobre las enfermedades mentales y su tratamiento. Algunos han apoyado la errada, ignorante e incluso cruel noción de que el suicidio de una persona clínicamente deprimida podría haberse evitado si tan sólo lo hubiera intentado más, se hubiera preocupado más, o se hubiera dado cuenta de cuánto le dolería a su familia que se quitase la vida.

La depresión clínica no es un estado de ánimo del cual uno puede recuperarse con rapidez.

Pero la depresión clínica no es un estado de ánimo del cual uno puede recuperarse con rapidez, no es un sentimiento que uno puede ajustar y no es una emoción que uno puede regular. Es una condición química y requiere tratamiento, apoyo, empatía y paciencia como cualquier otra enfermedad o padecimiento. La ley judía misma reconoce que la persona mentalmente enferma no sólo está luchando con su estado de ánimo, sino también con su libre albedrío que en cierto grado está suprimido. Aunque técnicamente una persona que comete suicidio tiene prohibido ser enterrada en un cementerio judío, en la práctica lo permitimos explicando el suicidio como el resultado de un dolor mental, una angustia y alteración más que como una decisión objetiva y consciente.

Ciertamente tenemos que hacer más en nuestras comunidades por aprender sobre la depresión, adicción y enfermedades mentales, y debemos preocuparnos por crear un ambiente que esté libre de estigmas en el cual aquellos que enfrenten dichas luchas puedan solicitar ayuda y apoyo sin miedo a las consecuencias que esto tenga en su reputación o en la de sus familias.

Bajo la máscara

Hay otra poderosa lección que aprendí mientras reflexionaba sobre la muerte de Robin Williams. Vivimos en una cultura que promueve y nos invita a estar extremadamente preocupados de las vidas de las celebridades, atletas, políticos y figuras públicas. Pensamos que los conocemos e incluso nos identificamos con ellos. Pero la verdad es que ni los conocemos ni nos identificamos con ellos sino con la idea de ellos, los roles que juegan y las partes limitadas de sus vidas a las cuales tenemos acceso.

Yo pensé que "conocía" a Robin Williams porque cuando yo era adolescente me hizo reír y como adulto joven algunos de los personajes que él interpretó me tocaron y fomentaron pensamientos y conversaciones significativas. Yo apreciaba su auto impuesta condición de “judío honorario”, respetaba su amable personalidad y lo veía como un mensch.

Pero ahora sabemos que nunca conocimos realmente a Robin Williams. Admiramos sus talentos, apreciamos sus contribuciones artísticas y nos gustaba lo que se nos permitía ver de él. Pero en realidad no lo conocíamos y la verdad es que no conocemos a ninguno de los actores, atletas o personalidades públicas cuyas vidas seguimos tan de cerca y cuyas opiniones sobre cosas de las que no son expertos —como Israel—nos preocupan en demasía.

La muerte de Robin Williams nos permite darnos cuenta que todo lo que conocemos es la persona (palabra en latín para 'máscara') que se ponen las personalidades públicas, pero a ellos no los conocemos realmente y nunca lo haremos. Debiéramos guardar nuestro interés y preocupación para la gente que realmente conocemos y con quienes hemos construido una relación real y personal.

Y la verdad es que incluso algunas de las personas por las que sí es correcto que nos preocupemos e interesemos también visten disfraces a diario. Muchas de las personas que nos rodean —incluyendo a nuestros compañeros de trabajo, conocidos y vecinos, e incluso seres queridos y amigos queridos— se ponen la máscara de la felicidad y parecen sumamente compuestos y funcionales por afuera cuando en realidad están luchando con la soledad, tristeza o incluso adicción y depresión en su interior.

"Sé amable, porque toda persona que conoces está luchando una difícil batalla".

Pirkei Avot (2:4) cita a Hillel quien dijo: "No juzgues a otro hasta que hayas estado en su lugar". Dado que es imposible ponerse en el lugar de otra persona —ser ellos, tener su carga o vivir sus luchas—, nunca podemos realmente juzgar a otro. En lugar de eso debemos ser amables, sensibles, brindar apoyo y ser comprensivos con todos quienes nos rodean.

Ian Maclaren, un autor y teólogo escocés del siglo XIX, dijo: "Sé amable, porque toda persona que conoces está luchando una difícil batalla".

La muerte de Robin Williams es terriblemente triste. Ojalá que al menos nos sirva para reconocer que a menudo no sabemos qué está ocurriendo bajo la máscara y que por lo tanto siempre debemos apoyar y ser tan amables y comprensivos como sea posible con toda persona con la que tengamos contacto.