En El hombre en busca de sentido, el libro en el que relata sus experiencias en los campos de concentración nazi, el psicoanalista Viktor Frankl escribió: “En este mundo hay dos razas de hombres. Sólo dos: la ‘raza’ de los hombres decentes y la ‘raza’ de los hombres indecentes. Ambos se encuentran por todas partes, penetran en todos los grupos sociales. Ningún grupo consiste por completo de personas decentes o indecentes”.

Derek Chauvin, el oficial de policía de Minneapolis que usó su rodilla para presionar el cuello de George Floyd contra el suelo hasta que murió en agonía, pertenece a la raza de los indecentes. Así también Gregory McMichael, un ex policía, y su hijo Travis McMichael, los dos hombres de Georgia que persiguieron y le dispararon a Ahmaud Arbery, quien estaba desarmado y pasó corriendo por su casa. Lo mismo ocurre con cualquier oficial de policía que deliberadamente acude a la violencia mortal contra alguien que no tiene armas ni representa ninguna amenaza.

La raza de los indecentes no incluye a los hombres y mujeres que se enfurecen ante la injusticia o la brutalidad policial. No incluye a quienes responden con protestas no violentas, demostraciones, marchas o desobediencia civil. No hay nada indecente en aquellos que gritan furiosos y horrorizados ante la muerte de Floyd y de Arbery, que demandan un cambio policial que evite semejantes atrocidades, o insisten que todo el peso de la ley caiga sobre los responsables de cometerlas.

Pero las legiones de los indecentes por cierto incluyen a quienes reaccionan ante la terrible violencia infligida contra Floyd infligiendo su propia violencia contra otros, destruyendo, quemando, robando e incluso matando. No hay nada decente en los disturbios que estallaron en los últimos días en decenas de ciudades. Sólo hubo una destrucción inútil y un desenfreno inexcusable. Se perdieron más vidas y arruinaron innumerables comercios. Si el asesinato de Floyd ilustró de forma repugnante de lo que es responsable la “raza de los indecentes”, también lo es la angustia de los comerciantes negros que lloraban al ver los ahorros de sus vidas reducidos a escombros y cenizas.

George Floyd

También son repugnantes aquellos que desde los costados alientan mientras los barrios arden en llamas, como el cineasta Michael Moore que elogió a los “buenos ciudadanos que quemaron el malvado recinto policial”, o la revista Essence que publicó una columna alentando a la turba a “quemarlo todo”.

Durante los disturbios de 1992 en Los Ángeles, en donde murieron cantidades de personas y hubo cientos de millones de dólares de daños, en su mayoría sobre comercios que pertenecían a coreanos, la artista de rap Sister Souljah fue una de las que alentaron la violencia. En una entrevista en el Washington Post, ella aplaudió la “rebelión” que estaba destruyendo a gran parte de la ciudad:

Es decir, si los negros matan cada día a otros negros, ¿por qué no puede haber una semana en que maten a los blancos? ¿Entiendes lo que digo? En otras palabras, los blancos, este gobierno y ese alcalde, tenían plena consciencia de que los negros mueren cada día en Los Ángeles por violencia entre pandillas. Por lo tanto, si eres miembros de una pandilla y normalmente estarías matando a alguien, ¿por qué no matar a los blancos?

La respuesta más memorable a la incitación de Souljah fue la de Bill Clinton, que era el gobernador de Arkansas y se postulaba para presidente. Al hablar ante la coalición Rainbow de Jesse Jackson, él citó los venenosos comentarios de Souljah al Post y en una entrevista previa en la que dijo que todos los blancos tienen una “naturaleza sucia, baja” y que “si es que hay alguna persona blanca buena, todavía no la he conocido”. Clinton dijo ante su audiencia: “Si toman las palabras ‘blanco’ y ‘negro’ y las invierten, podrían pensar que el que habló fue David Duke”.

Clinton recibió algunos ataques por sus palabras. Souljah dijo que era un racista y Jackson la defendió. Pero la mayoría de los norteamericanos valoraron su postura pública en contra del extremismo. La frase “un momento Sister Souljah” entró al léxico como una referencia de repudio a los extremistas, incluso cuando ese repudio pueda afectar de mala manera a los propios aliados.

Hoy en día, Estados Unidos, mucho más polarizado de lo que estaba en 1992, realmente podría usar algunos “momentos Sister Soulja”. Pero los círculos políticos, y todavía menos los medios, no están muy inclinados a tratar de aliviar la fiebre del agravio racial.

En una sociedad donde casi todo se discute, la repulsión por la muerte de Floyd y el deseo de que se haga justicia con sus asesinos es prácticamente universal.

No hay nadie que no piense que lo que ocurrió con George Floyd no sea espantoso y repulsivo. En una sociedad donde casi todo se discute, la repulsión por la muerte de Floyd y el deseo de que se haga justicia con sus asesinos es prácticamente universal. Este no es un país que piensa que está bien que la policía mate a personas negras. “Espero que estos policías sean tratados de la forma y con la dureza que merecen”, dijo ante su enorme audiencia de radio el comentarista conservador Rush Limbaugh. Él afirmó que lo que le hicieron a Floyd “me enfurece tanto que no puedo ver con claridad”.

En los Estados Unidos hubo una época en la que los blancos podían matar impunemente a personas negras, y los que eran testigos podían aceptarlo. Moral, psicológica y políticamente estamos a años luz de distancia de esa era. Sin embargo se volvió políticamente incorrecto decirlo. Cualquiera que trata de hacerlo puede esperar ser acallado por las voces que insisten en que la esclavitud y Jim Crow quedaron para siempre grabadas en el corazón de los Estados Unidos y lo volvieron irremediablemente racista.

La brutalidad policial es demasiado común. A algunas personas no habría que confiarles un arma, una insignia y la capacidad de arresto. Al mismo tiempo, el Washington Post señaló el año pasado que los asesinatos por parte de policías son “casos raros” en una nación con “millones de encuentros entre oficiales de policía y el público”. Cuando tienen lugar esos casos raros (de los que se sigue el registro desde el 2014, cuando Michael Brown fue asesinado por policías en Ferguson), el quiebre racial es sorprendentemente consistente: “45% hombres blancos, 23% hombres negros y 16% de hombres hispanos. Las mujeres representan el 5% de aquellos que fueron asesinados y las personas con problemas mentales son un 25% de todos los casos”. En la gran mayoría de los casos, la persona asesinada estaba armada, sólo un 4% no tenía armas. El asesinato de George Floyd, en otras palabras, fue una excepción, no la regla. Decir esto no hace que su muerte sea menos atroz, sino que lo agrava todavía más. Ver que le ocurra algo así a un ciudadano es especialmente estremecedor porque es una profanación de todo lo que representan los Estados Unidos.

Fue un asesinato intolerable y nadie lo acepta. Las personas responsables fueron despedidas al día siguiente. Chauvin fue acusado de asesinato.

Pero igual de intolerable es el caos que se desató en todo el país en nombre de Floyd.

“Estoy destruida. Despertarme y ver Minneapolis en llamas es algo que hubiera devastado a Floyd”, le dijo al Minnesota Star Tribune la novia de Floyd. Ella lo describió como el hombre más espiritual que conoció: “él defendía a las personas, estaba al lado de quienes se sentían deprimidos, amaba a las personas que los otros rechazaban”.

Su empleador, Jovanni Thunstrom sintió lo mismo: “Él no discriminaba. Ya fueras hispano, negro o blanco, él trataba a todos con respeto y eso es lo que me encantaba de él”.

Como hubiera dicho Viktor Frankl, Floyd era de la raza de los hombres decentes. Esto sólo agrava la indecencia de que su muerte se utilice como un justificativo para los disturbios.


Este artículo editorial apareció originalmente en “Arguable”, el email del Boston Globe de Jeff Jacoby. Reimpreso con permiso.