Este mes, es la primera vez que un presidente de los Estados Unidos visitará Hiroshima durante su mandato. Han pasado ya setenta años desde que la “era atómica” comenzó con la decisión del Presidente Harry S. Truman de utilizar esta nueva arma de destrucción masiva en contra de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. El objetivo era poner un rápido e inmediato fin a la guerra, una guerra comenzada cuatro años antes por los japoneses con el ataque sorpresa en contra de Pearl Harbor.

Poco después, Japón se rindió incondicionalmente. Una larga y horrorosa batalla terrestre, lo que Truman llamó “un Okinawa desde un extremo de Japón hasta el otro”, fue evitada, con varias decenas si no cientos de miles de fuerzas aliadas salvadas de una muerte casi segura.

Pero el costo de muertes civiles fue trágico más allá de lo expresable. En Hiroshima el número de muertos está estimado entre 90.000-150.000 y en Nagasaki entre 40.000-80.000. La mayoría de las muertes ocurrieron inmediatamente en el primer día, a lo cual se sumaron grandes números durante los meses siguientes que murieron por los efectos de la radiación, quemaduras y otras heridas agravadas por enfermedades y desnutrición.

El primer —y hasta hoy el único— uso de bombas atómicas le puso fin a una barbárica guerra, pero con un costo espantoso.

¿Cómo determina uno el balance moral correcto entre las dos fuerzas que están en juego? El primer —y hasta hoy el único— uso de bombas atómicas le puso fin a una barbárica guerra, pero con un costo espantoso. Tanto historiadores como teólogos siguen debatiendo el asunto. Lo que hace tan difícil la pregunta es la enormidad del número de inocentes que fallecieron.

Pero en la víspera de la visita del Presidente Obama al sitio en donde la decisión del Presidente Truman fue llevada a cabo, la Casa Blanca ha dejado en claro que no habrá disculpas. En retrospectiva, Estados Unidos hizo lo que tenía que hacer. La guerra es un infierno. Eso es un hecho. Mueren inocentes en ambos lados. Aquellos que declaran abiertamente —como lo hizo Japón— su intención de destruir a otra nación, deben estar preparados para enfrentar las consecuencias. Murieron civiles en Hiroshima y Nagasaki porque Estados Unidos le dio mayor prioridad a las vidas y al bienestar de sus propios ciudadanos quienes eran las víctimas de un pueblo bélico.

“No hay disculpa para Japón”, es el titular de Estados Unidos para el mundo. Si la alternativa está entre ellos y nosotros, la muerte colateral de civiles es un mal triste pero necesario.

Pero de alguna manera esta política parece perder apoyo específicamente cuando se trata de Israel.

Israel también, tiene la habilidad hoy de utilizar una bomba atómica en contra de sus enemigos. Nunca lo ha hecho ni lo hará a menos que sea en respuesta a una amenaza de destrucción total. Lo que Israel ha hecho cuando ha sido atacada por Gaza una y otra vez, es demostrar autocontrol en medio de constantes y no provocados ataques de misiles por más de dos años (no olvidemos que Gaza es un territorio que fue cedido voluntariamente a los palestinos en un esfuerzo por evaluar si un fin a la ocupación tanto como la autonomía gubernamental palestina aumentaría las posibilidades de paz). Cuando finalmente los militantes de Gaza proclamaron la guerra y a través de su propia acta constitutiva declararon como su objetivo el 'llevar la existencia de Israel a su fin', Israel contraatacó. Bombardeó los lugares desde donde los palestinos lanzaban sus misiles, lugares deliberadamente situados en áreas civiles, cerca de escuelas y hospitales, para aumentar de esta manera las víctimas civiles.

Nunca en la historia se hicieron esfuerzos tan elaborados para prevenir muertes en la población civil que rodea a soldados involucrados en medio de actividades hostiles en contra de los propios civiles de Israel.

Israel literalmente inventó nuevas formas de disminuir el número de muertes del mismo pueblo que asiste a su destrucción. Un conflicto armado que a lo largo de las épocas no hizo distinción entre combatientes recibía ahora “golpes en el techo” como advertencia para abandonar las áreas que pronto serían bombardeadas como sitios militares. Ataques a oficiales y líderes enemigos fueron cancelados si era aparente que mujeres y niños inocentes podrían ser también víctimas. Nunca en la historia se hicieron esfuerzos tan elaborados para prevenir muertes en la población civil alrededor de los soldados involucrados en medio de actividades hostiles en contra de los propios civiles de Israel.

¿La respuesta de John Kerry, el Secretario de Estado de Estados Unidos? Israel debiera estar haciendo más para proteger a sus enemigos. Después de todo, parece haber un mayor número de muertes palestinas que israelíes, ¡como si los judíos tuvieran que disculparse ante el mundo por rehusarse a asumir el rol de víctimas que les fue asignado a lo largo de la historia aumentando el número de sus propios muertos! ¿La respuesta de las Naciones Unidas? Israel debiera ser llevada ante la corte mundial y un tribunal internacional por sus esfuerzos inmorales e ilegales de defenderse a sí misma de los misiles que llueven sobre sus ciudades desde la atormentada y “ocupada” Gaza.

En este mismo momento, mientras los militantes en Gaza malversan el cemento y los materiales de construcción que reciben y construyen en vez más cantidad y más sofisticados túneles que llegan a Israel —túneles desde los cuales nuevamente esperan conducir la guerra de acuerdo a su pacto de destruir a Israel—, Israel sigue siendo condenada internacionalmente como el “agresor”.

Todo esto mientras Estados Unidos reafirma que no le debe a Japón una disculpa por las muertes de casi un cuarto de millón de personas, porque guerra es guerra y aquellos que la empiezan tienen que pagar el precio por su maldad. Un principio que aparentemente el mundo piensa que suscribe para todos, excepto para los judíos.