Tras la ola de ataques antisemitas que arrasa el mundo, propulsados por la propaganda pro Hamás, nos hemos convertido en testigos de una pandemia para la cual no se ha descubierto ninguna vacuna. Usar una kipá, una cadena de oro con una estrella de David, hablar en hebreo en público o responder afirmativamente cuando te preguntan si eres judío… Todo esto implica una posibilidad real de ser atacado, golpeado y quizás incluso asesinado.

¿Piensas que exagero? No tienes más que leer los serios consejos que ofrecen varios "líderes prominentes" que transmiten la "sabiduría" de que en un momento como este negar nuestra propia espiritualidad es una alternativa mejor y más segura que admitir en público tu identidad judía. Un ejemplo de esto es lo que publicó en Twitter la semana pasada Aaron Keyak, cuya biografía en Twitter y en LinkedIn afirma que "lideró el compromiso judío en la campaña y la transición de Biden-Harris": "Me duele decir esto, pero si temes por tu integridad física, quítate tu kipá y esconde tu Maguén David. Obviamente, si tienes la posibilidad, consúltalo primero con tu rabino".

Por lo menos el Sr. Keyak fue suficientemente amable como para no considerar que su opinión es la última palabra en el tema. Probablemente no sea una mala idea "consultar primero con tu rabino", no sólo por razones religiosas, sino para agregar un poco de perspectiva histórica.

Hace dos años, en un preludio europeo a lo que está ocurriendo hoy en los Estados Unidos, supimos que la "nueva Alemania" alentaba a los judíos de Alemania a no cubrirse la cabeza en público. Para los judíos era peligroso ser fácilmente identificables. Felix Klein, el máximo funcionario de Alemania, responsable de los esfuerzos contra el antisemitismo, decidió que la seguridad personal era más importante que la libertad religiosa. De esta manera, en una notable ironía histórica, el país que nos dio el Holocausto y la Estrella de David amarilla como un signo de vergüenza, en la actualidad (disfrazado como una preocupación por sus residentes judíos), nos aconsejó cómo enfrentar el naciente resurgimiento del antisemitismo sugiriendo que esta vez ocultemos nuestra identidad y olvidemos nuestras tradiciones.

Michel Friedman, quien previamente fue presidente del Congreso Judío Europeo, respondió sin rodeos: "Cuando un representante del gobierno federal le dice oficialmente a la comunidad judía que 'no están a salvo del odio antijudío en cualquier parte de Alemania', esta es una patética manifestación del estado de derecho y la realidad política".

Es difícil creer que en el lapso de una generación pasamos de la derrota del nazismo y los indescriptibles horrores del antisemitismo a una repetición del odio a los judíos considerado tan imparable y sin solución que la única respuesta viable es que los judíos oculten quienes son e ignoren sus creencias religiosas.

En un notable Midrash, los sabios explican por qué el Templo, el símbolo más sagrado de la cercana relación de Dios con el pueblo judío, fue construido en la ciudad de Jerusalem, en un lugar destinado para la tribu de Benjamín. Benjamín tenía un mérito singular. Cuando Iaakov fue a encontrarse con Esav, él se prosternó ante su hermano y toda su familia hizo lo mismo. Algunos comentaristas interpretan que esto fue un error. Un judío sólo se prosterna ante Dios, no ante otro ser humano. Un judío no se acobarda ni tiembla ante otro ser humano; su fe lo vuelve inmune al miedo.

Debido a que Benjamín todavía no había nacido cuando tuvo lugar este encuentro, él fue el único de la familia de Iaakov que no se prosternó. El Templo sólo se podía construir en el territorio de Benjamín. Y sólo un descendiente de Benjamín, Mordejai en la historia de Purim, fue quien pudo desafiar la ley de Hamán respecto a que todos los judíos debían prosternarse ante él. La convicción de orgullo público por nuestra identidad como judíos fue responsable no sólo del milagro de la historia de Purim sino de nuestra supervivencia a lo largo de toda la historia.

La "nueva Alemania" y su liderazgo judío hace dos años llegaron a lo que creyeron que era "por ahora, la mejor solución". El director del Concejo Central Judío de Alemania, Josef Schuster, advirtió contra el uso de símbolos religiosos en las calles por miedo a los ataques, con una severa advertencia respecto a que los judíos que usan una kipá o una estrella de David pueden estar cortejando el peligro en las calles alemanas.

Sin embargo, el director de la Asociación Judía Europea, Rav Menajem Margolin, criticó a Schuster y dijo que estaba "equivocado respecto a la cura para este grave problema. No usar una kipá por miedo al antisemitismo de hecho es el cumplimiento de la visión de los antisemitas en Europa".

En la famosa escena de El violinista en el tejado, cuando los judíos son expulsados de Anatevka, uno de los hombres del pueblo le dice a Tevie: "Nuestros antepasados fueron expulsados de muchos lugares sin preaviso".

Tevie le responde: "Quizás por eso es que siempre tenemos puestos nuestros sombreros".

La respuesta fue típica de Tevie. Un humor entrelazado con ironía. Pero los judíos siempre entendieron el significado mucho más profundo de su frase. Nosotros usamos nuestros sombreros como un símbolo de orgullo judío, una forma de declarar públicamente no sólo nuestra afiliación e identidad religiosa, sino también nuestra firme convicción de que siempre hay alguien más arriba; por encima de nuestras mentes y de nuestro entendimiento. Ese Alguien es el Dios de Abraham, el Dios de Sinaí, el Dios del Templo en Jerusalem, en el territorio de Benjamín, y el Dios a quien servimos con orgullo, en las palabras de Isaías: como "una luz para las naciones".