En la película Intensa-Mente, cuando Riley finalmente toma posesión de su tristeza y deja de estar en conflicto con ella, se siente unificada con sus sentimientos y consigo misma. Como resultado, experimenta alegría y un significativo aumento de vitalidad y empoderamiento. Mientras más emocionalmente integrados nos sintamos, más vivos nos sentiremos. Mientras más en guerra estemos con nuestros sentimientos, menos vivos nos sentiremos.

La integración emocional requiere de honestidad emocional. No puedo integrar un sentimiento que me rehúso a reconocer. Me resisto a reconocer lo que siento porque hacerlo es demasiado peligroso y amenazante. El obstáculo más grande para la honestidad emocional es el temor.

Por ejemplo, la novia de Jake rompe abruptamente el compromiso. Él se siente enojado, abandonado y vacío. La experiencia gatilla inconscientemente que reviva recuerdos de cuando su padre abandonó a la familia cuando él tenía 10 años. Así que recurre a la única cosa que alejará el dolor: el alcohol. Al día siguiente Jake muestra una falsa sonrisa en el trabajo, pero siente que en su interior se está cayendo a pedazos; se siente más muerto que vivo.

Sólo cuando aceptamos la verdad, sin importar cuán dolorosa sea, es que podemos tener esperanzas de encontrar alguna vez la paz.

Un hombre que ha estado casado por 25 años ha sentido últimamente que ya no ama a su esposa. Se siente solo. Está aterrado de admitir que ya no ama a su esposa porque en su mente eso lleva inevitablemente al divorcio. Y el divorcio es algo inconcebible por las devastadoras consecuencias que tendría en su mundo social y en sus hijos. Por lo tanto intenta pretender que la ama, pero cada día que pasa se siente más y más atrapado y solo.

Cuando nos escondemos de nuestros sentimientos entramos en modalidad de “pretender”. Actuamos, vivimos una mentira. Mientras más tiempo negamos la verdad, más difícil es pretender. Estamos en guerra con nosotros mismos. Perdemos nuestra vitalidad y nuestra alegría de vivir. “Una casa dividida en contra de sí misma no puede mantenerse de pie”. La única solución es reconocer la verdad. Sólo cuando aceptamos la verdad, sin importar cuán dolorosa sea, es que podemos tener esperanzas de encontrar alguna vez la paz. El dramaturgo Arthur Miller, captura dramáticamente esta transformativa dinámica:

Intenté morir cerca del final de la guerra. El mismo sueño volvía cada noche hasta que me atreví a no dormir y enfermé gravemente. Soñaba que tenía un hijo horrendo, e incluso en mis sueños me daba cuenta que se trataba de mi vida… y yo huía. Pero él siempre se aferraba a mí, agarrándose de mis ropas. Hasta que pensé: si pudiera besarlo, besar lo que de mí haya en él, quizás podría dormir. Y me incliné hacia su rostro desfigurado, y era horrible… pero lo besé. Creo que, finalmente, uno ha de tomar las riendas de su vida (Después de la caída).

Un colega recientemente compartió la siguiente idea conmigo. “Cuando dejas de temer a tus sentimientos, entonces dejas de temerle a la vida. Y cuando ya no le temes a la vida, entonces puedes dejar la oficina de tu terapeuta y dedicarte a vivir”. Una vez que podemos tolerar lo intolerable, comenzamos el camino hacia la integración emocional.

En el judaísmo, el proceso de integración emocional es llamado “alcanzar shlemut”, ‘completitud’. Shlemut viene de la misma raíz que la palabra shalom, que significa ‘paz’. Cuando nos volvemos más completos e integrados emocionalmente, experimentamos una mayor paz. Y una persona que se encuentra en paz se siente más viva.

Tómate un momento y pregúntate: ¿Estoy experimentando sentimientos en algún área de mi vida —como matrimonio, familia, trabajo, judaísmo o salud— de los cuales estoy huyendo? Sí la respuesta es afirmativa, entonces deja de correr y toma la decisión de hacerte cargo de ellos. Mientras más profundo nos internamos en el bosque, más difícil se nos hace encontrar el camino de salida. Pero si dejamos de correr nos daremos a nosotros mismos una oportunidad de descubrir un camino que nos sacará y nos llevará de vuelta a la luz de la vida.

Mis pacientes suelen preguntarme: “¿Cuánto tiempo tardará?”. Yo les respondo que no tengo respuesta para esa pregunta. Pero hay una cosa que sí puedo decir: si enfrentamos juntos la verdad, no importa cuánto tiempo tome, la travesía valdrá la pena.