Esta fue una de las incursiones más osadas de la Segunda Guerra Mundial. Hitler trataba de construir una bomba atómica y los esfuerzos de los Aliados para frustrar sus planes no tuvieron éxito. El ataque a la fábrica nuclear nazi en 1942 fue un terrible fracaso y murieron 35 hombres. Aterrorizado de que Hitler lograra construir una bomba atómica, Churchill ordenó un osado ataque final.

Las posibilidades eran mínimas. La instalación nuclear secreta de los nazis se encontraba oculta en una remota montaña en Telemark, una región al sudeste de Noruega. La ex planta fertilizadora producía agua pesada, u óxido de deuterio, un componente crítico para las armas nucleares. El único mapa actual de la instalación era una foto aérea tomada desde 4.000 metros de altura. Allí se veía un desfiladero y un río que bloqueaban el acceso a la planta. La única ruta de acceso era un puente colgante sumamente custodiado. La nieve y el hielo blanqueaban la zona y la operación estaba programada para el medio del invierno.

Teniente Joachim Ronnenberg

Como líder del equipo eligieron el teniente Joachim Ronnenberg, de 23 años. Hasta unos pocos años antes él vivía con sus padres en su pueblo natal, Alesund, donde trabajaba como pescador. Si bien muchos de sus compatriotas noruegos colaboraron con los nazis, Joachim y un grupo de sus amigos decidieron rebelarse y una noche escaparon de Noruega en un bote pesquero rumbo a Escocia. Posteriormente, Joachim afirmó que abandonar Noruega y ofrecerse para servir en la guerra fue la decisión más importante que tomó durante la guerra. Una vez que llegó a Gran Bretaña, se puso en contacto con la SOE, el Comité de Operaciones Especiales, una organización secreta que Churchill había establecido para coordinar las misiones de sabotaje del otro lado de las líneas enemigas.

En 1942, le pidieron a Joachim que eligiera un equipo de hombres para planificar y llevar adelante un ataque a la planta. Ellos estarían completamente solos. No los respaldarían con ataques aéreos, porque el agua pesada se fabricaba en un taller subterráneo fortificado contra bombas. Tampoco habría ninguna fuerza aliada disponible para ayudarlos: las tropas más cercanas se encontraban a muchos kilómetros de distancia. Joachim y su equipo de 11 hombres pasaron varios meses de planificación y entrenamiento.

En uno de los pocos días de descanso que tuvo, Joachim decidió ir al cine y a beber algo en Cambridge. Al caminar por el pueblo, entró a una ferretería e impulsivamente compró un cortador para metales resistentes. Esa herramienta fue la que le permitió a Joachim abrir el grueso candado de la entrada de la planta cuando el grupo comprendió que la sierra que les habían dado sus entrenadores británicos sería demasiado lenta y ruidosa para usarla sin alertar a los guardias nazis.

El fiordo Hardanger

En octubre de 1942 la primera parte del grupo se arrojó en paracaídas sobre Noruega que estaba ocupada por los nazis, y aterrizaron en la lejana meseta de la montaña Hardangervidda, a unos 65 kilómetros de Telemark y de la planta de enriquecimiento de agua pesada. El grupo sobrevivió durante meses comiendo musgo ártico y carne de los renos. En febrero de 1943 aterrizó un segundo grupo, entre ellos Joachim. Ellos se arrojaron en paracaídas en medio de la peor tormenta que vieron en su vida, una señal de lo difícil que sería cruzar el tosco terreno noruego y llegar a la remota planta nuclear.

La planta de agua pesada (el edificio delantero) en 1935

Los dos grupos se reunieron, completamente decididos a cumplir su misión a pesar de que las condiciones parecían ser casi imposibles. Cada uno llevaba una píldora de cianuro para tragar en caso de llegar a ser capturados. Llegaron a Telemark esquiando, para evitar viajar por las rutas, y sólo viajaron por las noches. Finalmente llegaron a la planta en la noche del 27 de febrero de 1943 y entonces volvieron a entender cuán difícil sería llevar a cabo su misión.

El equipo del Comité de Operaciones Especiales. Joachim Ronnenberg está abajo a la derecha.

Las empinadas laderas se elevaban unos 305 metros por encima del río Mana. La planta estaba ubicada en una meseta poco profunda en medio de la pendiente. La única manera de llegar al frente de la planta era por el angosto puente colgante que estaba sumamente custodiado. La entrada trasera estaba bloqueada por una cerca de alambre y muy cerca pasaba una vía de tren y había barracas alemanas. Los guardias nazis patrullaban la zona. Años después, Joachim recordó que muchos de los miembros de su equipo “a menudo pensaban que ese era un viaje en una sola dirección” y que nunca serían capaces de destruir la planta nuclear, mucho menos llegar a escapar después de intentarlo.

El pequeño grupo observó los movimientos de los guardias. Posteriormente Joachim explicó que “no tenían un plan” para entrar. “Simplemente esperábamos que resultara de la mejor manera”. Después de observar los movimientos de las tropas, decidieron tratar de entrar a la planta por la parte trasera. Esperaron hasta después de la medianoche y entonces avanzaron aproximadamente 70 metros escalando por el río Mana, tan silenciosamente como pudieron. Descendieron por la empinada orilla aferrándose a los arbustos para evitar caer en el agua congelada.

Cuando llegaron abajo, cruzaron el río sobre un puente de hielo y comenzaron el lento ascenso hacia el otro lado. La nieve les llegaba hasta la cintura. Una vez allí, caminaron hacia la base de la planta y se dividieron en grupos. Joachim y otros tres soldados esperaron hasta que los guardias dieron la vuelta en su ronda, entonces corrieron hacia el portón y abrieron el pesado candado con el cortador de metales que él había comprado en Cambridge. Joachim y otro soldado, Fredrik Kayser, se separaron de los otros y entraron por un pequeño conducto de ventilación que había en la pared. Ellos avanzaron por el pequeño espacio y arrastraron tras ellos las mochilas repletas de equipamiento.

Una vez que estuvieron dentro del edificio, Joachim y Fredrik siguieron por el corredor hasta llegar al corazón mismo del laboratorio de agua pesada. Gracias al entrenamiento que recibieron en Inglaterra, reconocieron que los cilindros de acero 18 que había en la fábrica eran contenedores de agua pesada. Un solo soldado custodiaba la habitación. Apuntándolo con su arma, Joachim le dijo a ese soldado que no hiciera ningún ruido y logró que cooperara sin disparar ni un tiro.

Trabajando rápidamente, Joachim, Fredrik y otros dos miembros del equipo que habían entrado a la planta rompiendo una ventana, comenzaron a colocar explosivos sobre los contenedores de metal y sobre otras máquinas. Cuando llegó el momento de poner las mechas, Joachim tomó una decisión rápida. En Gran Bretaña le habían dado mechas largas, a las cuales les llevaría dos minutos quemarse y estaban diseñadas para brindarles suficiente tiempo para que lograran escaparse. Joachim cortó las mechas para que detonaran después de apenas 30 segundos, él quería estar “suficientemente cerca para escuchar el bum” y “saber que habíamos cumplido con nuestro trabajo”.

Con unos pocos instantes a su disposición, los soldados salieron de la planta tal como habían llegado y se reagruparon afuera. Oyeron las explosiones y corrieron a tiempo para lograr evadir a los guardias nazis. Al reagruparse, se colocaron los esquíes y comenzaron un escape desesperado sobre las escarpadas montañas de Noruega en pleno invierno. Unos 2.800 soldados nazis se dispersaron por el terreno para buscar a los saboteadores, pero nunca los encontraron. Joachim y su equipo esquiaron 450 kilómetros a través de montañas y bosques hasta llegar a salvo a la frontera sueca.

Hitler trató de volver a comenzar su programa nuclear, pero nunca lo logró. La planta de Telemark fue reconstruida, pero los Aliados la bombardearon en un ataque aéreo en noviembre de 1943. Hitler ordenó que el programa nuclear se trasladara a Alemania, pero los combatientes de la resistencia hundieron la embarcación que trasladaba el equipo y los restos del suministro de agua pesada. Alemania nunca logró crear una bomba.

Sólo después de la guerra Joachim entendió cuál era la importancia de la planta que había destruido. Le habían dicho que allí producían “agua pesada”, pero nunca comprendió el significado del término. “La primera vez que oí hablar de bombas atómicas y agua pesada fue después de que los norteamericanos arrojaran las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki”, explicó. En ese momento Joachim entendió que si su misión no hubiera tenido éxito los alemanes hubieran podido bombardear Londres y habrían terminado “igual que Hiroshima”. Michael Foot, historiador oficial de la SOE, explicó que la incursión “cambió el curso de la guerra” y que los soldados que la llevaron a cabo merecen “la gratitud de toda la humanidad”.

Después de la guerra, Joachim regresó a Alesund e hizo carrera como periodista y administrador en la compañía de difusión pública de Noruega. Durante décadas se negó a hablar sobre el osado ataque de 1943, pero eso cambió en los años 70, cuando comenzó a preocuparse porque pensó que la nueva generación estaba olvidando las lecciones de la Segunda Guerra Mundial.

Una estatua de Joachim Ronnenberg en Alesand, Noruega.

“Muchas veces dicen ‘nunca más’, pero eso es imposible si no recordamos lo que ocurrió entonces”, afirmó Joachim. A él le horrorizaba que muchos de los científicos noruegos que trabajaron en el proyecto nuclear de los nazis nunca hubieran enfrentado cargos por sus actos y que siguieran adelante sus carreras en Norsk Hydro, la prestigiosa compañía que poseía la planta y que cooperó abiertamente con Hitler. A pesar de sus testimonios, los científicos que colaboraron en el proyecto nunca fueron considerados responsables.

“Para todo el mundo debe ser obvio que se debe luchar por la paz y por la libertad”, advirtió Joachim. “Al parecer los políticos lo han olvidado”.

Joachim Ronnenberg falleció a los 99 años en octubre del 2018 en Alesand, Noruega.