Quizás nadie sintió de forma más visceral el sangriento ataque antisemita a una sinagoga de San Diego justo antes del día del recuerdo del Holocausto que Judah Samet. Judah Samet, un sobreviviente de los trenes mortales del Holocausto, estuvo a un paso de las balas de la masacre en la sinagoga Tree of Life (Árbol de Vida) en octubre de 2018.

Judah recibió a AishLatino.com en su hogar en Pittsburgh, para compartir su increíble historia de coraje, fe y buena suerte; una vida celebrada por millones de personas en el discurso del Estado de la Unión del presidente Trump del año 2019.

Génesis

Judah Samet nació en 1938 en Hungría, en una destacada familia ortodoxa. Su abuelo era un jasid que fue al jéder con el Rebe de Belz (“Fueron amigos de por vida”, asegura Judah). De niño, Judah pasó los veranos en Israel, codeándose con famosos tales como el laureado con el Premio Nobel, Shay Agnon, a quien le gustaba pasar su tiempo en la librería del abuelo de Judah en Mea Shearim. En Hungría, los padres de Judah intentaban construir un negocio. “Ellos trabajaban en el almacén de mi abuelo”, explica Judah. “La gente pobre venía al negocio y mi abuelo les regalaba la comida. Esa generosidad llevaba a que perdieran sus ganancias y a mis padres les costaba ganarse la vida”.

La familia se mudó a Debrecen, la segunda ciudad de Hungría con los dos hermanos mayores de Judah. Allí prosperaron con dos fábricas de tejidos y un comercio minorista de vestidos tejidos de alta categoría.

Antes de la guerra: la única foto que existe del padre de Judah. Judah está sentado a su lado.

La noche oscura

La memoria fotográfica de Judah recuerda detalles de 1942, cuando tenía 4 años. “Un día, llegó a la fábrica de tejidos la hija de un gobernador de la región y dijo: ‘Ayer hubo una gran reunión en el palacio con importantes oficiales alemanes. Allí hablaron sobre el problema judío y todos estuvieron de acuerdo en que hay demasiados judíos en Hungría’ (Los judíos constituían el 8,5% de la población). Mi madre miró a esa mujer a los ojos y le dijo: ‘El problema de Hungría es que no hay suficientes judíos’. Ese fue el fin de su relación”.

Judah menciona que históricamente Hungría era muy antisemita. “¿Recuerdas a Atila, el huno? Hungría tenía este patrón de expulsar a los judíos. Cuando la economía decaía, volvían a traer a los judíos. Esto se repitió una y otra vez, durante siglos”.

Los nazis llegaron al pueblo en marzo de 1944, cuando Judah tenía 6 años.

“Escuché el redoble de su marcha cuando estaban como a un kilómetro de distancia. Sabíamos que llegaban. Los soldados SS entraron al pueblo y se detuvieron justo frente a nuestra puerta; nosotros vivíamos al frente de la sinagoga. El oficial anunció por altoparlante: ‘En 15 minutos todos deben salir. Traigan sólo sus objetos de valor, documentos y una muda de ropa interior. Van a ir a un lugar mejor’”.

En ese momento vivían en Debrecen 7300 judíos. Los nazis acorralaron a otros 6000 judíos de los pueblos vecinos.

“Nos llevaron por las calles principales de Debrecen. A los ancianos los golpearon allí mismo. Los padres llevaban a sus hijos. A lo largo del camino, vi a algunos de los empleados de mis padres. Pero parecía que para ellos éramos fantasmas. Todavía peor que el odio era esa sensación horrible de que a nadie le importaba que existieras”.

Junto con su familia y otros miles de judíos, Judah fue encerrado en una fábrica de ladrillos hasta que los malditos nazis consiguieran un tren. Durante esa etapa de la guerra, la Wehrmacht le pedía a Hitler que diera prioridad a las líneas férreas para transportar tropas vitales y los suministros que necesitaban con desesperación en el frente de batalla. Ignorando esos pedidos, Hitler ordenó utilizar los trenes para deportar a los judíos húngaros a los campos de exterminio. Esta decisión fue un factor clave en el debilitamiento del esfuerzo de guerra alemán, sin embargo Hitler parecía considerar que matar a los judíos era más importante.

Durante esos duros momentos, Judah fue protegido por su madre, Jana Rajel. “Ella me recordaba a la Deborá de la Biblia, una profetisa, jefe de gobierno, directora militar. Ella era el alma y el corazón de nuestra familia. Siempre sentía su apoyo”.

Durante esos pocos meses en la fábrica de ladrillos, Jana Rajel voluntariamente llevó y cocinó alimentos para las masas de personas, “literalmente salvó a cientos de judíos”, dice Judah.

Además de húngaro, la madre de Judah hablaba con fluidez alemán y se convirtió en la principal traductora entre los oficiales de la SS y los prisioneros judíos. Ella creía que eso mejoraría significativamente las posibilidades de supervivencia de su familia.

En su hogar en Pittsburgh: El muro de Judah repleto de queridas fotografías familiares

Los trenes de la muerte

En junio de 1944, llegó el día fatal. Llegó a Debrecen un tren para transportar su carga humana a Auschwitz.

“Para ese momento la máquina asesina estaba bien aceitada”, reflexiona Judah. “Adolf Eichmann asesinó a 450.000 judíos en menos de dos meses.

“En cada vagón de ganado subieron 80 personas, sólo había lugar para estar de pie. Nos dieron dos baldes pequeños, uno con agua y el otro para usarlo como baño. Todo sentido de recato había desaparecido”.

La madre de Judah comprendió que con una cantidad de agua tan pequeña, quienes estaban en cada vagón nunca podrían sobrevivir un viaje de 3 días.

“Ella fue directamente al comandante de la SS y le habló con un alemán de alto nivel”, recuerda Judah. “Nosotros estábamos completamente demacrados y él estaba vestido inmaculado, con calaveras como botones y también en su gorra. Aunque la ley era que un judío no podía hablar a menos que le hablaran primero, mi madre pensó que no había nada que perder. Si ella no conseguía más agua, cientos de personas morirían.

“Con absoluta calma, el nazi siguió el procedimiento habitual: sacó su arma y la colocó sobre la cabeza de mi madre. Pero su lenguaje y sus habilidades de liderazgo le salvaron la vida. Un oficial superior dijo que era una tontería matar a su intérprete más confiable”.

Y trajeron un gran barril de agua.

Así comenzó el viaje de Judah a Auschwitz: amontonados, sedientos y desconcertados. Aunque se suponía que el viaje debía durar unos pocos días, nunca llegaron. Los partisanos checos habían volado las vías.

El tren se desvió hacia Austria, donde Judah y sus compañeros fueron arrojados en un depósito de madera en espera de su destino.

Por las noches, la madre de Judah salía a las granjas vecinas donde cambiaba ropa tejida a medida por pan, queso y huevos. Un granjero se burló de los judíos desabotonando su camisa para revelar la esvástica que tenía tatuada en el pecho.

“Mi madre salvó a cientos de personas”, dice Judah. “Era una empresa muy peligrosa, para ella y para los granjeros, porque Hitler había ordenado no tratar con los judíos. Una noche ella no regresó y nosotros estuvimos seguros de que la habían matado. Comenzamos a entrar en pánico, porque sin ella no podríamos sobrevivir”.

Bergen Belsen

Después de unos pocos pero interminables meses, finalmente llegó un tren que transportó a los judíos a Bergen Belsen. Judah tenía 7 años.

“Lo primero que vi fue pilas de cadáveres al lado del portón. Probablemente había miles de cuerpos, piel y hueso, amontonados formando una montaña de la altura de un edificio de dos pisos. Cada día la pila desaparecía y cada día se formaba una nueva pila”.

Judah describe las condiciones en el campo:

“En Auschwitz uno se convertía en humo que salía por la chimenea una hora después de haber llegado. En Bergen Belsen la política era ‘inanición’. Una vez por día recibíamos una rodaja de pan duro, lleno de moho y un poco de agua con color. Mi madre sabiamente lo dividía en pequeñas porciones y nos alimentaba seis veces al día”.

La energía juvenil de Judah logró conseguir algunos otros bocados. “Cuando los oficiales alemanes terminaban una comida, tiraban al suelo los huesos. Yo levantaba un hueso, lo mordía y el sabor llenaba mi boca”.

Los prisioneros pasaban la mayor parte del tiempo dentro de las barracas, tratando de evitar la inanición. “Todo el campo estaba lleno de piojos”, explica Judah. “Mi madre nos dijo que comiéramos los piojos, porque como ellos chupan sangre eran una fuente de proteínas. ‘Recuperen lo que ellos les quitan’, nos decía. En el Séder de Pésaj, cuando se menciona la tercera plaga de piojos, siempre pienso que ellos me salvaron la vida”.

Durante sus 10 meses en Bergen Belsen, Judah tuvo varios roces con la muerte.

“Una vez, un guardia nazi comenzó a hablar en húngaro con mi amigo y conmigo, por lo que pensamos que era amigable. Pero entonces empezó a disparar balas entre nuestras piernas. No trataba de matarnos, sino que quería asustarnos de forma sádica”.

Al borde de morir de hambre, los sistemas inmunitarios de los prisioneros se debilitaron por completo, lo que llevó a que la fiebre tifoidea se extendiera por todo el campo. Se estima que 50.000 judíos murieron en Bergen Belsen (entre ellos Anna Frank).

Para la primavera de 1945, los rusos se acercaban desde Hungría y Polonia y los alemanes en esencia estaban en retirada. A cada prisionero de Bergen Belsen le ofrecieron una opción: permanecer en el campo o subir a un tren con destino desconocido.

La madre de Judah eligió el tren. “Ella pensó que si permanecíamos en Bergen Belsen moriríamos en uno o dos días. La infraestructura se había desmoronado y habían dejado de proveernos comida y agua. La otra opción era subir al tren que iba a dar vueltas en busca de un lugar donde pudieran matarnos, quizás el gueto de Theresienstadt, o simplemente harían caer el tren desde un puente bombardeado. Pero pensamos que tal vez ocurriría un milagro”.

Efectivamente, ocurrió.

“Una mañana, de repente nuestro tren se detuvo. Todos los guardias alemanes se escaparon. Del bosque emergió un soldado. No sabíamos quién era, y pensé que estábamos muertos. Mi padre había estudiado inglés y gritó con alegría: ‘¡Son los norteamericanos!’ Durante días habían estado monitoreando nuestro tren para determinar si transportaba soldados, y en ese caso destruirlo”.

“Vi reír a mi madre por primera vez en 15 meses y supe que el hambre y el dolor se habían acabado. Empezamos a bailar y a gritar con alegría”.

Sin embargo, la alegría de haber sido liberados fue breve. Una semana más tarde falleció Iekutiel, el padre de Judah, de fiebre tifoidea.

Después de la guerra, Judah a los 7 años. La cabeza parece enorme en comparación con su cuerpo escuálido.

La Tierra Santa

Inmediatamente después de la guerra, Judah manifestaba signos de desnutrición: una cabeza grande, un cuerpo pequeño y el vientre inflado. La Agencia Judía envió a su familia a París. “Nos pusieron en un hotel elegante y nos alimentaron”.

La familia Samet tenía que decidir a dónde iría. El gobierno invitó a la madre de Judah a regresar a Hungría para operar sus fábricas textiles, una opción que ella no estaba dispuesta a considerar. Los Estados Unidos no eran una opción, porque carecían de los documentos necesarios.

Así fue que en 1946 se mudaron a Jerusalem. “En ese momento mi madre deseaba vivir con judíos”, dice Judah. Primero lo anotaron en un jéder y luego lo transfirieron a un orfanato en Benei Brak, dirigido por el ilustre Rav Iosef Kahaneman, quien salvó a muchos niños judíos de los orfanatos cristianos en Polonia. “Él tenía grandes ojos azules y una larga barba blanca que brillaba como diamantes bajo la luz del sol”, recuerda Judah.

El trauma del Holocausto era una presencia constante en el orfanato. “Todos mojábamos las camas de noche”, cuenta Judah. “Yo mojé la cama hasta los 11 años. Recuerdo a una mujer maravillosa, la Sra. Munk, que caminaba por los pasillos en medio de la noche y nos despertaba para que fuéramos al baño”.

A Judah le gustaba asistir a las plegarias matutinas con el sagrado Jazón Ish, el líder de Torá en el tiempo en que comenzó el estado judío.

“Un día mi hermana Henia se enfermó gravemente, cayó en coma y la llevaron al hospital, donde dijeron que no había esperanzas de que se recuperara”, recuerda Judah. “Yo fui a ver al Jazón Ish. Cuando llegué, él me estaba esperando, pero no había teléfonos y no había manera de que supiera que yo iba a verlo. Él me preguntó: ‘¿Cuál es su nombre?’. El Jazón Ish comenzó a rezar y me dijo: ‘Que Dios le envíe una curación completa’. Fui a mi casa y le dije a mi madre que todo iba a estar bien. Al día siguiente mi hermana abrió los ojos y se recuperó”.

Judah se detiene y reflexiona: “¡Yo sé que esta historia es verdadera porque me ocurrió a mí!”.

La vida en Israel era difícil, Judah no tenía padre ni dinero. Él recuerda haber aprendido una importante lección sobre educación infantil:

“En esos días, el joven que hacía bar mitzvá recibía como regalo de sus padres una lapicera a fuente. Nosotros no teníamos dinero para eso, y un día le robé la billetera a una mujer. Fui al comercio y pedí una lapicera. El dueño sabía que yo era del orfanato y le informó a la Sra. Munk. Al día siguiente ella me mandó a llamar a su oficina y trató de lograr que yo confesara. Yo le dije que había encontrado el dinero, pero ella sabía la verdad.

“En la escuela no me iba bien, y un día el maestro le dijo a la clase: ‘Es una pena que el niño más inteligente de la clase tenga que repetir el año’. El maestro nunca me miró, pero yo recibí el mensaje. Comencé a esforzarme y al terminar el año tenía sólo 10. La Sra. Munk me mandó a llamar a su oficina y me dio una caja. Adentro había una lapicera a fuente. Ella me dijo: ‘En este mundo, la única manera de obtener algo es ganárselo’”.

La Campaña del Sinaí

El año 1956 marcó el segundo capítulo en la guerra árabe-israelí, un esfuerzo de Israel, Inglaterra y Francia por recuperar el control sobre el Canal de Suez. Judah se había entrenado y servido como paracaidista en las fuerzas armadas de Israel. (“Cuando saltas de aviones, 50 años más tarde tus rodillas dejan de funcionar”, afirma).

También Iaakov, el hermano de Judah, luchó en la Campaña del Sinaí. Un día, cuando buscaban terroristas en el sur de Gaza, un palestino volteó una puerta y arrojó una granada a la habitación donde estaban los soldados israelíes. Cuando Iaaklov corrió hacia afuera, lo mató un francotirador. Tenía 20 años.

“Mi madre dijo: ‘Por lo menos Iaakov no murió en Bergen Belsen. Él murió por Israel’. Eso le dio consuelo”.

(El otro hermano de Judah, Moshé, es un bibliotecario académico en la Universidad Hebrea de Jerusalem, y una autoridad global sobre el Jatam Sofer, el gran Rabino húngaro del siglo XIX).

Después de completar su servicio militar, Judah trabajó para el gobierno israelí dirigiendo algunos pueblos, y continuó participando en la vida religiosa preparando a niños para su bar mitzvá.

Una vez, un tío que llegó de visita de Canadá propuso una pareja para la hermana menor de Judá. Judah viajó con ellos a los Estados Unidos y allí, en el bar mitzvá de un primo, conoció a Bárbara, una nativa de Pittsburgh. Ellos se casaron unos pocos meses más tarde y tuvieron una hija, Elizabeth. (Bárbara falleció en el año 2013).

Judah se asentó en Pittsburgh, donde dictó clases de judaísmo y fue el encargado de leer la Torá en la sinagoga. Obtuvo buenos ingresos al hacerse cargo y expandir la joyería de su suegro. Judah siempre apoyó con generosidad a Israel.

La madre de Judah a los 17 años. Iaakov con su uniforme del ejército israelí.

El Árbol de Vida

Regresemos a la mañana del 27 de octubre del 2018. Judah es un asistente regular de la sinagoga el Árbol de Vida, y le gusta llegar a tiempo a los servicios. Pero ese día llegó cuatro minutos tarde.

Eso le salvó la vida.

“Apenas llegué, un hombre me dijo que me fuera porque estaban disparando adentro de la sinagoga. Me llevó un minuto procesar lo que ocurría. Entonces un policía asomó la cabeza desde atrás de un muro y disparó con su pistola hacia la entrada de la sinagoga. Tres tiros”.

Judah tuvo una visión clara del intercambio de disparos. “El asesino estaba de pie en la puerta, con una enorme ametralladora negra. Tatatatata, cinco disparos en cada ráfaga. Sentí que las balas pasaban sobre mi cabeza”.

Increíblemente, 70 años después de sobrevivir algunas de las peores atrocidades de la humanidad, el antisemitismo casi termina con la vida de Judah. “Mientras estaba allí pensé en el Holocausto y dije en voz alta: ‘Para mí, esto nunca termina’”.

Ese día, once amigos de Judah fueron masacrados, el más sangriento ataque antisemita en la historia de los Estados Unidos. “En la sinagoga, yo siempre me sentaba cerca de una de las víctimas. Si hubiera llegado cinco minutos antes, hubiese estado en la línea de fuego”.

El FBI entrevistó cuatro veces a Judah, lo que lo llevó a reflexionar: “Los judíos nunca estamos completamente a salvo. Está en nuestro ADN. Nunca se termina. Para mi familia, nunca se termina”.

Improvisado monumento conmemorativo frente a la sinagoga el Árbol de Vida en Pittsburgh

El discurso del presidente Trump

Fascinados por la historia de supervivencia de Judah, la Casa Blanca lo invitó a asistir al Discurso del Estado de la Unión 2019 del presidente Trump, como un huésped personal del presidente.

Enviaron al FBI y al servicio secreto a Pittsburgh para hablar con gente que conoce a Judah, y el 5 de febrero viajó a Washington, se hospedó en el Grand Hyatt y luego lo llevaron a la casa Blanca para una charla con la Primera Dama, Melania Trump, seguido por una cena kasher de lasaña y salmón.

“Tuve una agradable conversación en la oficina oval con el presidente Trump. Le dije las últimas palabras que Moshé le dijo a Ieshoshúa: jazak veematz – sé fuerte y valiente. El presidente lo apreció y me dio un largo apretón de manos. Físicamente es muy fuerte, con manos como de acero”.

Judah de visita en la Casa Blanca con la Primera Dama, Melania Trump

Al entrar a la Cámara de Representantes, le pidieron a Judah que se quitara la gran kipá de estilo bujariano que generalmente usa. “Uno de los porteros me dijo: ‘Nadie usa una gorra en el Congreso’. Pero lamento habérmela quitado. Yo vengo de una familia muy jasídica y esta kipá es un símbolo de mi fe. Además me mantiene caliente la cabeza”.

En el discurso del presidente: Judah escucha cuando el presidente Trump habla de él.

El clímax del día fue el discurso del Estado de la Unión 2019, cuando el presidente habló sobre Judah y dedicó varios minutos a narrar su historia de supervivencia, tanto en el Holocausto como en la sinagoga el Árbol de Vida.

En un momento viral, el presidente mencionó que era el 81 cumpleaños de Judah, lo que despertó una ovación de pie y una improvisada versión del “feliz cumpleaños” por parte de todo el congreso (lo que un comentarista llamó “un extraño momento de unidad política”). El presidente imitó la batuta del director de orquesta y Judah sopló un beso y gritó “gracias”. El presidente sonrió y dijo: “No lo hubieran hecho por mí”.

Uno de los principales asistentes del presidente le dijo a Judah: “Usted ha hecho historia. Esta es la primera vez que el Congreso armó un coro”.

El tratamiento de celebridad continuó. “En el vuelo de regreso a casa, el piloto se acercó, me dio un gran abrazo y un beso y se sacó una foto conmigo. Y después, durante varias semanas, a todas partes donde iba la gente me deseaba un feliz cumpleaños”.

Hoy, la vida de Judah consiste en hablar frente a miles de personas, principalmente en escuelas secundarias, en paneles de discusión y en el Centro del Holocausto de Pittsburgh. Él disfruta al contar su historia y alentar a la gente a “No olvidar”.

Nuestro tiempo juntos llegaba a su fin, le pregunté a Judah cómo logró sobrevivir estos dos espantosos eventos.

“Tienes que seguir adelante. Alguien me está cuidando”, dijo pensativo.