La tragedia, enseñó Aristóteles, requiere que alguien prominente caiga desde grandes alturas. Es el repentino y abrupto derrumbamiento de un héroe desde su pedestal lo que define una verdadera desgracia.

En ese sentido, de acuerdo a algunos, la historia de Lance Armstrong ciertamente clasifica. De acuerdo a otros, él es la víctima de celosos competidores, la presa de una cacería de brujas.

Ganó el Tour de Francia un récord de siete veces consecutivas, convirtiéndose en uno de los atletas más exitosos de la historia reciente. Y adquirió una estatura casi icónica gracias a su heroico y finalmente exitoso triunfo sobre el cáncer testicular que amenazó su vida a los 25 años. En ese entonces, siendo ya un campeón mundial de ciclismo pero con una pequeña probabilidad de supervivencia, conquistó su enfermedad y prosiguió para obtener victorias aún más importantes.

La agencia norteamericana antidoping despojó a la súper estrella de sus históricos siete títulos del Tour de Francia.

Lance Armstrong fue más que un ganador. Él fue una inspiración. Sus afectuosos fans alrededor del mundo lo reverenciaban como un modelo a seguir. Era el paradigma del espíritu humano negándose a ser derrotado por la aflicción y superando todos los obstáculos con un coraje indomable.

De acuerdo a la Agencia Antidoping de los Estados Unidos, sustancias prohibidas jugaron un rol crucial en el asombroso éxito de Armstrong. Su deseo de ganar se tradujo en un enfoque de “ganar a cualquier costo”.

La USADA (Agencia Antidoping de Estados Unidos) hizo la controversial movida para despojar a la súper estrella del ciclismo de sus históricos siete títulos del Tour de Francia, la medalla de bronce que obtuvo en los juegos olímpicos del año 2000 y todos sus otros títulos, premios y dinero ganado desde agosto de 1998 en adelante. Ahora tiene prohibido de por vida competir, entrenar o desempeñar cualquier rol oficial en cualquier deporte olímpico. Armstrong decidió no seguir argumentando en contra de las alegaciones, haciendo efectivo el castigo. Él niega toda culpa, y nunca falló en ninguno de los test antidoping a los que se sometió.

No sé si Armstrong es culpable, pero su castigo excesivamente duro, conlleva un mensaje que aplica a todos nosotros.

En una cultura cada vez más habituada a la corrupción, a las prácticas ilegales, a la deshonestidad y al fraude en casi todas las áreas de la vida, es hora de dejar en claro una simple verdad que es central en el judaísmo: Las acciones tienen consecuencias.

Por supuesto que podemos sentir compasión por quienes tomaron malas decisiones en la vida, decisiones que condujeron a grandes caídas. Pero sentir pena por ellos no es lo mismo que aceptar que no haya castigo por sus malas acciones. Si no hay retribución para nuestras acciones, ¿por qué molestarnos en ser honestos cuando es tanto más fácil – y ciertamente más beneficioso – tomar atajos y simplemente esperar ser perdonados?

El juicio de la USADA en contra de Lance Armstrong tuvo lugar durante los días en que los judíos nos preparamos para Rosh HaShaná y nos presentamos ante Dios en el momento en que asume su rol como Juez del Universo. También nosotros seremos puestos en la balanza divina del Árbitro de nuestro destino para el año entrante. Y, a diferencia de la USADA, el juicio de Dios es perfecto e irrebatible. Más nos vale internalizar el mensaje de que si las victorias de nuestra vida están basadas en fraudes, eventualmente serán revocadas.

Joe Paterno: Otro Gigante Caído

Esta es una verdad que fue sorprendentemente ilustrada hace unos pocos meses en una historia muy similar de un gigante caído. Quizás no hubo un entrenador de fútbol americano más exitoso que Joe Paterno, quien dirigió a los Penn State Nittany Lions desde 1966 hasta 2011. Paterno lideró a cinco equipos invictos que ganaron la liga y, en 2007, fue incluido en el College Football Hall of Fame. En total, llevó a los Nittany Lions a 37 finales con 24 victorias. Paterno fue el único entrenador con la distinción de haber ganado los cuatro trofeos principales: rosa, naranja, fiesta y azúcar, junto al Cotton Bowl Classic, al menos una vez. Penn State ganó al menos tres finales en cada una de las tres décadas entre 1970 y 1997.

Fuera del estadio de Penn State había una estatua de 2 metros del hombre que asumió proporciones míticas. Y este pasado julio la estatua fue removida de su pedestal fuera del Beaver Stadium para ser depositada en una "ubicación secreta". La decisión llegó 10 días después de que un mordaz reporte del ex-director del FBI, Louis J. Freeh, revelara que Paterno había ocultado alegaciones de abuso sexual de menores hechas en contra del ex-coordinador de defensa Jerry Sandusky. Paterno eligió hacer la vista gorda ante la impropiedad moral. Prefirió vivir de acuerdo al famoso credo de que "Ganar no es todo, ¡es lo único!". Sus victorias fueron manchadas por el escándalo.

Las victorias inmorales no son nada más que derrotas.

El resultado de este fracaso ético fue monumental. No sólo fue la remoción de la estatua lo que marcó vívidamente la magnitud de la caída de Paterno. La NCAA golpeó a Penn State con una sanción de $60 millones de dólares, una suspención de la postemporada de fútbol por cuatro años y el retiro de todas las victorias hasta 1998 – y el legado de Paterno ahora reflejará estos registros vacíos.

Por años se creía que Penn State había ganado todos esos juegos. Ahora resulta ser que no lo hicieron. ¿Cómo es posible que los ganadores sean perdedores? La respuesta no sólo es crucial para los ciclistas o para los entrenadores de fútbol americano, sino para todos nosotros también: la victoria no sólo está determinada por el resultado o por quien llegó primero. Lo más importante, es saber cómo llegamos allí. Y las victorias inmorales no son nada más que derrotas.

Las victorias manchadas no sustituyen los legados eternos.

*Este artículo fue subsecuentemente editado para reflejar la falta de claridad y pruebas respecto a las acciones de Armstrong.