Tenía unos 6 años. Era un placer ver la fuerza, la flexibilidad y la gracia de su cuerpo al estirarse en un completo spagat. El maestro de ballet húngaro de Edith Enger aplaudió con alegría y luego la levantó del suelo, por encima de su cabeza.

“Editke, todo tu éxtasis en la vida debe surgir desde el interior”, le dijo. Años después, cuando llegó a enfrentarse en Auschwitz con el Dr. Iosef Mengele, el infame ángel de la muerte, la joven bailarina recordaría esas palabras y otra frase similar que le dijo su madre.

Tres hermanas: Magda, Edie y Clara

Edie Eger, la menor de tres hermanas, creció en Kassa, Hungría, una de las comunidades judías más grandes de Europa, la cual se convirtió en Kosice tras la creación de Checoslovaquia. Su madre dejó claro que ella nunca sería hermosa como Magda, la hermana mayor. Clara, la hermana del medio, tenía talento: era un prodigio en violín; ella era la única niña judía aceptada en el conservatorio de música en Budapest. Edie tenía cerebro.

El último Séder

En el Séder de Pesaj, Edie, de 16 años, formuló las cuatro preguntas. Al final de la cena, su padre se largó a llorar y besó a Magda y a Edie en la cabeza. Clara, a quien le habían advertido, se había quedado en Budapest. En medio de la noche, soldados alemanes llamaron a la puerta, irrumpieron en el dormitorio y llevaron a la familia a una fábrica de ladrillos con otros judíos. Edie llevaba puesto un vestido azul de seda con moños. Les permitieron llevar una maleta para cuatro personas.

”Sólo recuerda: nadie puede quitarte lo que tú has puesto en tu mente”.

Semanas después, en un tren oscuro y repleto camino a Auschwitz, su madre le dijo: “No sabemos a dónde vamos. No sabemos qué va a ocurrir. Sólo recuerda: nadie puede quitarte lo que tú has puesto en tu cabeza”.

Cuando las puertas del vagón de ganado se abrieron en mayo de 1944, un cartel proclamando “Arbeit Macht Frei” recibió a los judíos de Kosice. Los nazis los separaron en filas de hombres y de mujeres. Edie no entendió que nunca más volvería a ver a su padre. Mengele le ordenó a su madre a ir hacia la izquierda. “Verás a tu madre muy pronto. Ella sólo va a darse una ducha”, le dijo ominosamente.

Una capo quebró con frialdad las esperanzas de Eger. Señalando el humo de las chimeneas, le dijo: “Ahí están quemando a tu madre”.

Observando la chimenea que había sobre el edificio al que su madre había entrado, su hermana Magda le aseguró: “El alma nunca muere”.

Nadie puede quitarte tus pensamientos

“Todos los días me decían que nunca saldría con vida”, recordó Eger en una conferencia por Zoom organizada por Jabad Intown Atlanta. Cuando la desesperanza la abrumaba, ella pensaba en las palabras que le había dicho su madre cuando estaban apretujadas en el vagón de ganado. “Nadie puede quitarte lo que tú has puesto en tu mente”.

Ella pensaba en su novio y en sus picnics junto al lago, imaginando el futuro que habían planeado. Se concentraba en ayudar a su hermana Magda a sobrevivir el infierno en el que se encontraban.

Cuando le ordenaron entretener a Mengele con una presentación de ballet, Eger se imaginó que estaba bailando para sus admiradores en la ópera de Budapest. Por algún milagro, logró ver al experto asesino como un miserable prisionero de sus malvadas elecciones. Ella era libre en su mente, algo que él nunca podría ser. Sus presentaciones le permitían recibir una hogaza de pan, la cual compartía con Magda y sus compañeras de litera, un gesto que más adelante le salvaría la vida cuando ellas la ayudaron a levantarse cuando tropezó en una marcha de la muerte hacia un subcampo en Mauthausen, demasiado débil para caminar.

Edith y Bela

En mayo de 1945, soldados norteamericanos la encontraron acostada en un bosque de Austria, apenas viva, bajo una pila de cadáveres, con la espalda fracturada, tifus, neumonía y pleuritis. Un año más tarde, cuando su cuerpo había sanado, se casó con Bela Eger, un hombre húngaro que conoció en un hospital para tuberculosos en los Montes Tatra, y se convirtió en madre. Sin embargo, sanar su mente, tomaría mucho más tiempo. Eso se convirtió en su pasión y vocación después de establecerse en los Estados Unidos.

En Auschwitz no había Prozac

En su primer libro, La bailarina de Auschwitz (el cual escribió a los 90 años), la Dra. Edith Eger relató su vida antes del Holocausto, cuando se entrenó como gimnasta para las Olimpiadas, y después de la guerra, cuando crío una familia, fue a la universidad y obtuvo un doctorado en psicología clínica. La energética bisabuela mantiene una activa clínica y tiene un puesto en la facultad de la Universidad de California, San Diego. Ella también es asesora del Ejército y de la Fuerza Naval de los Estados Unidos en entrenamiento de resiliencia y tratamiento de trastorno de estrés postraumático.

Eger es considerada un testamento a la resiliencia del espíritu humano y del poder de la elección en nuestras vidas.

“Leer su historia me cambió para siempre”, escribió Oprah Winfrey.

Su libro En Auschwitz no había Prozac, es una guía práctica para el proceso de sanación que ella experimentó en su propia vida y con pacientes en su trabajo clínico.

En cada capítulo ella explora una prisión habitual de la mente, y concluye con las claves para liberarnos.

Por ejemplo, en “En Auschwitz no había Prozac” les recuerda a los lectores que lo opuesto de la depresión es la expresión, y nos alienta a sentir para poder sanar. En sus palabras: “Lo que sale de ti no te enferma; lo que se queda adentro sí lo hace”.

El título del capítulo vino de uno de sus pacientes, un médico adicto a medicamentos recetados. Él le dijo que se había dado cuenta que en Auschwitz no había Prozac: no había forma de automedicarse, dormirse, olvidar el dolor del hambre, de la tortura y de la muerte inminente.

Expandir el pensamiento

En una entrevista exclusiva con Aishlatino.com, Eger dijo: “Lo que yo hago es expandir las zonas de confort de las personas. Te pido que enfrentes todos tus miedos, porque el miedo y el amor no coexisten”.

La bailarina de un metro y medio de altura, con ojos brillantes y rostro resplandeciente, sigue su propio consejo. “Durante muchos años tuve enormes problemas con el enojo”, admite. “Perdonar es soltar, y yo no podía dejar ir algunas cosas hasta que me di permiso de sentir y expresar mi rabia. Finalmente le pedí a mi terapeuta que se sentara arriba mío, para que yo tuviera una fuerza contra la cual empujar y así poder liberar un grito primigenio”.

"La peor prisión no es la prisión en la que me pusieron los nazis. La peor prisión es la que yo construí para mí misma”.

En el mundo de Eger, no hay perdón sin ira. Lo que sea que encarcele nuestras mentes, debe pasar por el valle de la sombra de la muerte y no quedarse atascado allí. Ella explica: “El perdón es un regalo que te das a ti mismo, al no permitir que el pasado controle tu vida. Aunque el sufrimiento es inevitable y universal, siempre podemos escoger cómo responder… Podemos elegir ser nuestros propios carceleros o podemos escoger ser libres”.

“Puede parecer erróneo decir que algo que salió de los campos de exterminio es un regalo. Yo estoy aquí para decirles que la peor prisión no es la prisión en la que me pusieron los nazis. La peor prisión es la que yo construí para mí misma”.

Bailar para Mengele

Sorprendentemente, Eger dice que ella encontró a Dios en Auschwitz. “Mi Dios estaba conmigo. Yo considero que Auschwitz fue una oportunidad para descubrir mis recursos internos y acercarme a mi Dios”.

La elegante psicóloga de La Jolla le da crédito a Dios por haber transformado su odio en lástima, por ayudarla a sentir lástima por los guardias y verlos a ellos como los verdaderos prisioneros. “Ellos nacieron para ser hermosos y tener alegría, amor y pasión por la vida. Pero les enseñaron a ver a los judíos como el cáncer de la sociedad”.

Muchas décadas después, una compañera bailarina validó la perspectiva de Eger. El 4 de mayo del 2019, en el 74° aniversario de su liberación y un día de recuerdo nacional en Holanda, Eger habló en la casa de Anna Frank en Ámsterdam. Posteriormente fue a ver a Igone de Jongh, la primera bailarina del Ballet Nacional Holandés, representar una pieza inspirada en la primera noche de Eger en Auschwitz, cuando bailó para Mengele.

Refiriéndose al Ballet Holandés como una de las experiencias más preciadas de su vida, Eger se asombró de la representación de belleza y trascendencia en medio del infierno. Mengele aparecía como un fantasma hambriento, triste y vacío, atrapado por su necesidad de poder y control.

Flores de Igone de Jongh

Al final de la presentación, de Jongh descendió del escenario y caminó directamente hacia Eger. Con lágrimas en sus ojos, la bailarina abrazó a la sobreviviente del Holocausto y le entregó un enorme ramo de flores. La audiencia aplaudió y ovacionó de pie.

Eger continúa bailando por la vida, feliz de realizar su característico grand battement de ballet después de sus charlas. El 29 de setiembre celebró su cumpleaños número 94. “Yo nunca me retiraré”, declara. “El significado en la vida es cuando puedes ser útil. Creo que la única razón por la que sobreviví es porque puedo servir a otros”.