Al parecer, la gran noticia (en algunos círculos en los cuales claramente yo no me muevo) es que Keanu Reeves sale con una mujer que está relativamente cerca de su edad (ella tiene 46 y él 55), pero que (agárrense fuerte) permitió que su cabello se vuelva canoso, aparentemente sin temor de mostrar señales de envejecimiento.

No sabemos si es o no así; el gris en verdad puede ser muy “chic” y yo conozco incluso a mujeres más jóvenes que lucieron cabelleras canas. Pero para Ali Drucker, que escribió un artículo sobre esto en el New York Times, es algo liberador. Reconociendo su propio miedo a “verse vieja”, ella aplaude a Alexandra Grant (la pareja de Reeves) por mostrar orgullosa su cabello sin teñir e incluso algunas arrugas.

Sí, Drucker también le prestó atención a eso. Lo cual me lleva al punto que quiero discutir. Mientras la señora Drucker analiza sus propios sentimientos y revela su deseo por inyectarse sólo la cantidad necesaria de botox antes de la boda, ella atribuye su preocupación y su actitud a “parte vanidad y parte misoginia internalizada”. Al final de cuentas, ella es una feminista declarada, así que obviamente “los hombres tienen que cargar de alguna manera con la culpa”.

Pero yo estoy un poco cansada de acusar a los hombres y culparlos de ser la fuente de todos los problemas del mundo y me gustaría tomar el paso (aparentemente) radical de colocar en este caso la responsabilidad en los hombros de otras mujeres.

Si somos honestas, la mayoría de las mujeres admitiremos que en verdad no nos vestimos para los hombres, sino que nos vestimos para las otras mujeres. Lamento decirlo, pero a menos que la prenda sea deliberadamente provocativa, los hombres prestan poca atención. “Ese vestido es lindo”, me dice mi marido (yo me siento agradecida por el cumplido). “¿Es nuevo?”. Yo gruño mientras enumero todas las veces que ya me lo puse. Eso nunca te pasaría con una amiga. Las mujeres se esfuerzan mucho, llenando sus placares para asegurarse de no vestir dos veces la misma prenda. Es decir, para que no la vean dos veces sus amigas y sus parientas mujeres con la misma ropa.

Si subo un poquito de peso, sólo mis amigas más cercanas tendrán la jutzpá de mencionarlo. Mi esposo no se atrevería. De hecho, a menos que fuera algo dramático, no creo que se daría cuenta. E incluso si mis amigas son suficientemente amables como para mantener sus bocas cerradas, yo sentiré claramente su escrutinio y su juicio.

También lo contrario es cierto. Después de una significativa pérdida de peso, sólo las mujeres comentarán tu “logro”. No es que el autocontrol necesario para lograrlo sea insignificante, pero yo necesito autocontrol para muchas otras áreas importantes de mi vida. Nadie hace comentarios sobre esos logros. “Te has vuelto mucho más bondadosa, más paciente, más misericordiosa…”.

Si permitimos que nuestro sentido de identidad sea determinado por cosas externas, particularmente por nuestra obsesión con la juventud, nunca seremos felices.

Y en relación a esas arrugas, respecto a las cuales la autora dice que “ni siquiera los rellenos logran hacerlas desaparecer”, yo tengo un montón. En otro artículo escribí que uno de mis nietos una vez me dijo que mi rostro se veía ‘crujiente’. ¡Hace poco otro de mis nietos me preguntó si me voy a morir pronto! Pero estos fueron comentarios inocentes de niños, sin prejuicios. No ocurre lo mismo con algunas de mis amigas que me ofrecieron voluntariamente (sin que se los pidiera) los nombres de las mujeres que les proveen su Juvéderm, Botox, etc… y sugirieron al unísono que “llegó el momento de que hagas algo”.

No me siento insultada y no guardo ningún resentimiento con las mujeres de ojos agudos que hay en mi vida. Sólo me gustaría dar un respiro a los hombres y sugerir que este es un tema que no debe caer sobre sus hombros.

También puedo atribuir parte de la culpa a una sociedad que ya no respeta a los ancianos ni a la sabiduría de la vejez, a diferencia de lo que ocurría en los tiempos del Talmud, cuando el joven líder recién electo para el Sanedrín envejeció milagrosamente en una noche para ayudar a sus colegas a relacionarse con él con la debida deferencia. O a diferencia de nuestro patriarca Itzjak, quien rezó pidiendo señales de envejecimiento por razones similares. Esta es una discusión mayor, sobre todo en un mundo donde aparentemente un jovencito puede dar por terminada una discusión llamando a alguien un Baby Boomer, implicando que ya está desconectado de la realidad y que es irrelevante.

Pero en definitiva, la culpa, si fuera esa la palabra correcta, está sólo sobre nuestros hombros. Si permitimos que nuestro sentido de identidad quede determinado por cosas externas, particularmente por nuestra actual obsesión con la juventud, nunca seremos felices. Si permitimos que los hombres, otras mujeres o la revista Vogue establezcan si somos o no atractivas, nunca llegaremos al nivel deseado. Nuestra autoestima necesita surgir de nuestra brújula interna, de nuestros valores, de nuestro carácter, de nuestros logros significativos y del hecho de haber sido creados a imagen Divina. ¿Qué puede ser más atractivo que eso?

No es que no podamos hacer cosas para realzar nuestra belleza física; es que no podemos dejar que estas cosas controlen nuestras vidas y nuestra felicidad. No podemos dejar que ellas determinen cómo nos sentimos respecto a nosotras mismas.

Somos bellas gracias a la luz de nuestras almas, a nuestra conexión con lo Divino, y si dejamos que domine ese elemento interno, esas arrugas extras se notarán menos.

Pienso que como mujeres, como judías y como hijas de Dios, llegó el momento de dejar de culpar a los demás, dejar de ser víctimas y de depender de otros para nuestra propia autoestima.

Llegó el momento de mirar hacia adentro y pedirle a Dios que deje que nuestra verdadera belleza brille e irradie luz hacia el mundo.