En el otoño del 2008, la economía mundial caía por un precipicio. De repente, las instituciones financieras más importantes comenzaron a desplomarse. Los principales índices de la bolsa de valores perdieron más del 50% de su valor entre el otoño del 2007 y la primavera del 2009. Los valores de los bienes raíces quedaron por el piso. Lehman Brothers y Bear Stearns dejaron de existir. Citibank, Merril Lynch y AIG estuvieron a punto de colapsar. Los mercados de valores ya no eran seguros. La mayoría de nosotros vimos caer estrepitosamente el valor de nuestras riquezas personales y fuimos testigos de cómo nuestros negocios quedaban prácticamente en bancarrota.

¿Cómo pudo tanta riqueza evaporarse en tan poco tiempo? Todo parecía imposible.

Desde una perspectiva lógica, esto nunca debería haber ocurrido. ¿Cómo podrían fallar las instituciones financieras más grandes del mundo? ¿Cómo podrían estar al borde del colapso las principales economías del mundo? ¿Cómo pudo tanta riqueza evaporarse en tan poco tiempo? Todo parecía imposible. Sin embargo, desde la perspectiva de la Torá, era muy posible. “Dios da y Dios toma” (Job 1:21). Este era el gran llamado de atención del 2008, no la Gran Recesión del 2008. ¿Despertamos? ¿Qué cambios hemos hecho en nuestras vidas? ¿Qué hemos aprendido?

¿Sobre terreno firme?

Cada noche nos acostamos y cada mañana nos levantamos con ciertas asunciones: el sol saldrá y se pondrá, la luna respetará su ciclo, nuestras casas tienen sólidos cimientos y por la mañana estarán en el mismo lugar. Antes de la caída del 2008, todos asumíamos que cuando depositábamos nuestro capital, ganado con tanto esfuerzo, en una de las principales empresas corredoras de acciones o en cuentas del mercado monetario, nuestro dinero estaba seguro. Asumíamos que el valor de los mercados monetarios jamás se reduciría. Asumíamos que los cheques que escribíamos en nombre de esos fondos serían recibidos y pagados. Asumíamos que el efectivo y los bonos y acciones que teníamos en grandes fondos de inversión como Merrill Lynch, Bear Sterns, Lehman y otros eran seguros. ¿Quién pensaría que las instituciones financieras más grandes y de mayor renombre del mundo quedarían en la quiebra?

Quienes hacemos inversiones o tenemos negocios nos apoyamos en ciertas normas para operar. Emitimos diariamente cheques para los proveedores y tenemos fondos en bancos comerciales que proveen flujo de dinero en efectivo a nuestros negocios. El límite del seguro de la FDIC (la cual asegura los depósitos bancarios ante una eventual quiebra de los bancos) no es suficiente para cubrir el flujo de efectivo de nuestras empresas, razón por la que depositamos en Citibank o Merryl Linch, porque era impensable que quebraran. ¿Cómo podríamos llevar adelante una empresa si existiera la posibilidad de que esos grandes fondos se perdieran? Cerrarían empresas en todo el mundo. Volveríamos a la Era de Piedra, en donde uno tenía que comerciar con materias primas o recurrir al trueque en lugar de usar dinero. ¿Cómo podemos aceptar un pago con tarjeta de crédito si el banco que la emite podría quebrar mañana y no pagarnos? ¿Cómo podemos pagarles a nuestros proveedores si los cheques que les enviamos con fondos suficientes en nuestras cuentas no son aceptados porque el banco quebró?

Todo esto era impensable. Vivíamos la vida con esas asunciones básicas. Yo tenía todo tipo de seguros, pero nunca consideré el riesgo de que la compañía de seguros AIG quedara en bancarrota y que las pólizas de los seguros pasaran a no valer nada. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos para disminuir el riesgo, ocurrió lo imposible. Lehman Brothers quebró. Merrill Lynch, Citibank, AIG y la mayoría de las demás instituciones financieras estuvieron a punto de colapsar. Goldman Sachs tuvo que ser rescatada por Warren Buffet.

El mundo estaba en estado de shock. La economía mundial estaba a punto de desaparecer. Incluso los inversores más sabios vieron derrumbarse su capital.

Una perspectiva judía

Un tiempo después me senté a pensar en lo que había pasado y me di cuenta de que el terreno sólido sobre el que caminamos es una ilusión. Siendo un judío que estudió durante 12 años en una Ieshivá, sé muy bien que todo lo que tenemos es un regalo de nuestro Creador. Aprendí que Dios nos puso en este mundo a cada uno de nosotros con la misión de ayudar a mejorar el mundo que Él creó. Si hay un Creador omnipotente que creó el piso sobre el que caminamos y que nos dio vida, salud y riqueza, ¿por qué no podría quitarnos esas cosas? ¿Por qué no podría ponernos a prueba?

Así es como entendí nuestra historia y las muchas tragedias que le ocurrieron a nuestro pueblo. Así es como entendí los momentos grandiosos que tuvimos: el Éxodo, la entrega de la Torá, Yehoshúa haciéndonos entrar en Israel, la era del Rey David, del Rey Salomón y del Templo Sagrado, el regreso a Israel y la reconstrucción del Templo, el período talmúdico, la reconstrucción del estado judío moderno, el éxito de la Guerra de los Seis Días y demás. Tal como nuestro Creador nos da riqueza, de la misma forma puede quitárnosla. Nos da vida y puede dejar de hacerlo. Nada es imposible cuando ves el mundo de esta forma.

Con el crecimiento del éxito y la riqueza, ¿perdimos el enfoque en nuestra misión?

Cuando estudié los libros de los Profetas me sorprendí de ver cómo el pueblo judío se desviaba constantemente de su misión. Los profetas advertían continuamente sobre la gran tragedia que ocurriría si no volvían a las leyes de su Creador, pero el pueblo no escuchó las advertencias y el resultado fue la destrucción de los dos Templos, la dispersión entre las naciones y la casi desaparición del pueblo.

Cuando nos volvimos más ricos y exitosos, ¿perdimos el enfoque en nuestra misión? ¿Nos levantamos cada mañana sintiéndonos agradecidos por nuestra salud, familia, amigos y riqueza? ¿Pensamos en lo que pasaría si alguna de estas cosas nos fuera arrebatada? ¿Pensamos que no las perderíamos nunca? Trabajamos muy duro y durante toda la vida para tener riqueza, le otorgamos mucha importancia y asumimos que siempre estará allí. Dios puede quitárnosla en cualquier momento. Y cuando lo hace, ¿qué nos queda?

Cuando los mercados estaban colapsando, después de mirar ininterrumpidamente las noticias por mucho tiempo decidí que era hora de apagar la pantalla. Dejé de leer cada artículo que aparecía en las revistas de economía. Dejé de escuchar a los comentaristas que trataban de explicar lo que estaba ocurriendo. Siendo judío, reconocí lo que estaba ocurriendo. Mientras observaba el pánico absoluto en el rostro del Secretario de Estado, me di cuenta que Dios había entrado en escena. La teoría moderna del portafolio ya no tenía vigencia. La diversificación ya no servía de nada. Todos los tipos de bienes caían con rapidez. Dios nos estaba poniendo a prueba. ¿Era la riqueza lo más importante? ¿No era nuestra salud y nuestra familia más importante? ¿Qué hemos logrado, además de la acumulación de una riqueza que ya no existe? Hice lo mejor que pude para asegurar mi portafolio y me di cuenta que era tiempo de enfocarme en mi misión real. ¿La estaba logrando?

Nuestra riqueza es una ilusión. Úsala como se debe. Gánatela como se debe.

Si se requiere tanto esfuerzo para obtener riqueza y tan poco tiempo para que se evapore, ¿por qué enfocamos la mayoría de nuestras energías en la acumulación de riqueza?

El judaísmo no nos desalienta respecto a la acumulación de riqueza, siempre y cuando incluya nuestra obligación de usarla para tikún olam, para ‘mejorar el mundo’ que nos rodea, dando un mínimo de 10% a caridad (si tenemos suficiente riqueza, ese porcentaje debería ser mayor). Este es un porcentaje pequeño; pagamos en impuestos más que esto. Esta es la comisión de Dios por darnos esa riqueza. Dios no emplea auditores e investigadores para verificar si pagamos ese 10% o más, pero sabe lo que hemos hecho con nuestro dinero. Si ha sido sólo para nosotros, entonces no hemos sido buenos administradores de esos bienes. Recuerda, puede que esos bienes estén en nuestra cuenta pero, en realidad, no son nuestros, sino que son de nuestro Creador. Sólo los tenemos por un tiempo; pueden sacárnoslos en cualquier momento, como vimos en septiembre del 2008. Nuestra riqueza es una ilusión. Úsala como se debe, gánala como se debe.

Herramientas para tu misión

Desde el punto de vista de la Torá, la riqueza es sólo una herramienta que recibimos para cumplir nuestro propósito en la vida. Dios nos otorgó a cada uno de nosotros talentos únicos. Puede ser una gran capacidad de oratoria, una gran capacidad motivacional, una gran capacidad para enseñar, una gran capacidad organizativa, una gran capacidad para acumular bienes u otros talentos. Cuando usamos esos talentos y capacidades para cumplir con nuestra misión, sentimos una gran felicidad interior; sentimos que nuestra vida tiene sentido. Cuando nos damos cuenta de cuál es el propósito de nuestra vida, nos damos cuenta también de que las herramientas que nos fueron dadas para cumplir con éste son prestadas y que nos las pueden sacar en cualquier momento.

En ocasiones, necesitamos que nos despierten y nos recuerden que las herramientas que tenemos nos fueron dadas con un objetivo. No las apreciamos sino hasta que nos las quitan. ¿Las estamos usando para cumplir nuestra misión?

La gran recesión me ayudó a enfocarme aún más en mi misión. Continúo activo en los negocios pues el mundo de los negocios me da acceso a personas y organizaciones que de otra forma no tendría al alcance. Me permite continuar agregando a los bienes de nuestra Fundación. Me levanto todos los días y le agradezco a nuestro Creador por lo que me ha dado. El ‘gran llamado de atención del 2008’ me recuerda que debo preguntarme todos los días: ¿Estoy cumpliendo mi misión? ¿Estoy esforzándome lo suficiente en mi camino hacia mi misión? ¿Hice hoy algo que convierta al mundo en un mejor lugar? ¿Estoy usando los talentos que me dio mi Creador de manera efectiva?

Me hice estas preguntas (y te sugiero que hagas lo mismo):

  1. ¿Estás criando una familia y asegurando la continuidad de los valores y principios que son importantes para ti? Si no tienes hijos, o si tus hijos ya son grandes, ¿estás asegurando que tu comunidad tenga los recursos para enseñar la continuidad de tus valores y principios? ¿Eres un ejemplo para ellos? ¿Estás enseñándoles lo que es importante para ti? ¿Los estás motivando?

Después de la recesión de 2008, me dediqué mucho más a enseñarles a mis hijos. Preparé a cuatro de mis hijos para sus bar/bat mitzvot. Estudié Torá con mi hijo mayor casi todas las noches durante años. No he tenido un mayor placer que estudiar con mis hijos. La Gran Recesión me acercó mucho a mis hijos.

  1. ¿Llevas una vida ética? ¿Eres honesto en tus negocios? Pasamos gran parte de nuestro tiempo trabajando, ¿qué pasaría si desaparecieran todos nuestros ahorros? ¿Podríamos mirar hacia atrás y decir que todo ese tiempo fue productivo? ¿Hay otra cosa importante en nuestros negocios además del dinero que ahorramos? ¿Usamos nuestras posiciones para hacer que la gente que nos rodea sea más caritativa? ¿Alentamos la caridad en nuestras organizaciones? ¿Creamos un ambiente de honestidad e integridad? ¿Les pagamos a nuestros trabajadores a tiempo y como corresponde? ¿Fuimos honestos con nuestros clientes y con nuestros socios? Cuando nos enfrentamos a preguntas difíciles, ¿elegimos el camino ético a pesar de que no haya sido el más rentable?

  1. ¿Estamos cumpliendo nuestra misión? ¿Qué hemos hecho para mejorar nuestro mundo? ¿A qué personas hemos ayudado? ¿A qué organizaciones hemos ayudado? ¿Hemos dado al menos el 10% de nuestro ingreso a caridad? ¿Hemos usado nuestros talentos para mejorar el mundo que nos rodea? ¿Hemos dedicado tiempo a mejorar a nuestro pueblo y a nuestra comunidad? ¿Dejaremos esta tierra en mejor condición que como la encontramos?

Con la perspectiva judía que obtuve gracias al estudio de Torá, la recesión del 2008 se convirtió en una excelente oportunidad para enfocarme en mi misión y propósito en la vida.