El escandaloso asesinato en Minneapolis de George Floyd es un crimen que no puede tolerarse ni excusarse. También deben condenarse los esfuerzos de los extremistas para infiltrarse en manifestaciones pacíficas y convertirlas en disturbios violentos. No se los puede racionalizar falsamente como una forma de protesta legítima o como parte de un camino necesario para el progreso.

Las personas sensibles saben que ambas cosas pueden ser igualmente ciertas y que la preocupación por la anarquía en las calles de las grandes ciudades no debe disminuir nuestro enojo por la muerte de Floyd ni por ningún otro crimen que parezca tener sus raíces en el racismo.

Este peligroso momento en la historia de los Estados Unidos debería haber creado un consenso sobre la necesidad de abordar tanto la injusticia como la violencia nihilista que trascendiera a cualquier partidismo. Por eso las organizaciones religiosas y los grupos religiosos se unieron a otras personas de fe de todas las denominaciones para expresar su consternación por lo que le sucedió a Floyd, así como su deseo de combatir los prejuicios.

Algunos de los que buscan aprovechar la tragedia están atacando a los judíos.

Pero no todo el mundo está dispuesto a observar el cese al fuego que la mayoría de los norteamericanos preferirían observar ante este trauma. Y, como siempre, algunos de los que buscan aprovechar la tragedia están atacando a los judíos.

Eso quedó claro cuando una sinagoga y comercios pertenecientes a judíos en Los Ángeles fueron vandalizados con propaganda pro-palestina. Sólo eso ya hubiera sido terrible, pero esos edificios fueron sólo unos pocos de los innumerables lugares del país que sufrieron la misma indignidad o algo peor.

El contexto para este incidente, y la ola de odio anti-judío y anti-Israel que floreció durante los últimos días por Internet, no es una ira al azar que podría haber sido dirigida hacia cualquier otro objetivo, sin importar cuán alejado pudiera estar del incidente que desencadenó esta crisis. Esa incitación es el producto directo de un movimiento interseccional que continua tratando de vincular los crímenes cometidos en las calles estadounidenses contra los afroamericanos con el conflicto entre Israel y los palestinos. Y tal como con otras formas de prejuicio sobre las que no debería existir tolerancia, el esfuerzo de culpar a Israel o a los judíos por lo que hacen los policías norteamericanos corruptos debe etiquetarse claramente como una forma de discurso de odio.

El esfuerzo por fabricar una conexión entre los asesinatos de afroamericanos con Israel no es algo nuevo. La idea de que la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos está conectada con la violencia de los palestinos en contra de Israel se convirtió en la base del movimiento BDS. Esto tiene sus raíces en la idea de interseccionalidad, un concepto que ganó popularidad en ciertos sectores académicos. Esta idea supone la existencia de una afinidad entre las luchas de las personas de color o de las poblaciones indígenas contra las jerarquías imperialistas y racistas. Por lo tanto, si piensas que todos los judíos en Israel son el equivalente moral de los colonos europeos blancos en África, entonces tiene sentido pensar que los negros que se oponen al racismo sistemático en los Estados Unidos mantienen la misma lucha que los palestinos que se resisten al sionismo.

Esto es lo que se encuentra detrás de la caricatura que circuló en los medios sociales mostrando a un soldado israelí sentado sobre el cuello de un árabe oprimido cerca de la imagen del deshonesto policía de Minneapolis, Derek Chauvin, sofocando a muerte a George Floyd, todo con el título: “Las vidas negras importan”. La misma falsa analogía está detrás del tweet de un grupo autodenominado “Campaña de los Estados Unidos por los Derechos de los Palestinos”, que declara que los departamentos de policía de los Estados Unidos envían personal a Israel con el objetivo de ser entrenados para atacar a negros desarmados.

Este falso meme también argumentó que Israel ayuda a “militarizar” la aplicación de la ley en Norteamérica.

El movimiento “Las vidas negras importan” ya presentó antes estos argumentos, pero quienes particularmente adoptaron esta mentira fue el grupo anti-sionista Jewish Voice for Peace (JVP - Voz judía por la paz). El programa “intercambio mortal” de JVP es acorde a sus esfuerzos para promover boicots contra Israel. Proclamar que los grupos judíos que facilitaron viajes a Israel para policías y personal de primeros auxilios norteamericanos son de alguna forma responsables de los asesinatos de negros desarmados por parte de policías estadounidenses, no sólo es mentira sino que es un ejemplo clásico de un líbelo de sangre antisemita porque busca culpar a los judíos de crímenes espantosos de los cuales no tienen ninguna responsabilidad.

El entrenamiento que los norteamericanos reciben en Israel tiene poco que ver con los ataques a los que JVP y otros grupos BDS dicen oponerse. De hecho, se concentra en la antítesis del estereotipo de brutalidad policial al tratar de promover el compromiso comunitario y una política no violenta que hacen menos probables las confrontaciones.

La interseccionalidad es odio enmascarado como defensa de los oprimidos

La disposición a aceptar la gran mentira respecto a que los israelíes les enseñan a los norteamericanos a matar a las minorías se basa en la ignorancia de la verdadera naturaleza del conflicto entre Israel y los grupos terroristas palestinos. En oposición al mito interseccional, los judíos en Israel no son colonialistas opresores. Los judíos no sólo son naturales del país que es su antigua patria, sino que la mayoría de los israelíes también entran en la categoría que los ideólogos de izquierda llamarían “personas de color”, porque sus familias llegaron al país desde tierras árabes y musulmanas de las que tuvieron que huir cuando los expulsaron después de 1948.

La misión de las Fuerzas de Defensa Israelí no es la opresión racial, sino defender al pueblo de Israel contra los enemigos que no les dieron ni un día de paz en los 72 años de historia del país. Su récord protegiendo vidas civiles, incluyendo las vidas de palestinos que son utilizados como escudos humanos por los terroristas, no tiene paralelos.

Despojado de su falsa retórica, el interseccionalismo es una forma poco disimulada de antisemitismo. Por eso no sorprende que los grupos anti-Israel cobren nueva vida con estas mentiras cuyo propósito es alimentar el odio contra los judíos en vez de buscar justicia para George Floyd y los afroamericanos.

Podemos apoyar una cruzada en contra del racismo y la mala conducta policial sin aceptar la idea de que todos los policías son igualmente culpables de semejantes crímenes, o que toda la nación norteamericana es irremediablemente culpable de intolerancia. Asimismo, es vital que todas las personas decentes rechacen los intentos de difamar a Israel y a sus amigos estadounidenses al asociarlos con incidentes como el asesinato de Floyd. Aunque algunos la asocian erróneamente con el antifascismo, la interseccionalidad es odio disfrazado de defensa de los oprimidos.


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