Esther es una querida amiga a quien realmente admiro por su coraje heroico durante los últimos meses de pandemia global. Sin temer por su seguridad personal, como médica en una sala de emergencias, ella atendió a los enfermos, los infectados y los moribundos. Esther compartió conmigo una observación que en las últimas semanas asumió un significado completamente nuevo: un increíble nexo entre dos eventos históricos aparentemente desconectados.

Esther me contó que la muerte por coronavirus es un espanto que no puede describirse. Un proceso doloroso y prolongado en el cual la persona agoniza y lucha desesperadamente para que entre a su cuerpo tan sólo un poco de aire vital. Me dijo que es muy triste que para muchos, sus últimas palabras sean una súplica a la que ella es incapaz de responder. “Ayúdenme, no puedo respirar”, este es su último pedido en la tierra.

Esta misma expresión de las víctimas del coronavirus tuvo su secuela en la trágica muerte de George Floyd. También él suplicó poder respirar. Sus últimas palabras fueron: “Ayúdenme, no puedo respirar”. Esta vez la causa de la muerte fue el racismo y no el contagio.

No podemos negar que hoy en día las dos principales amenazas para la supervivencia son la plaga y el prejuicio. Ambas tienen el potencial de destruir a la civilización tal como la conocemos. Y ambas, si no son superadas, llevarán a un resultado similar: una "súplica por aire", lo que desde el momento de la creación nos otorga vida.

Es fascinante que el español preserva una profunda idea bíblica. Cuando una persona muere decimos que “expira”. La palabra viene del latín ex, que significa afuera, y spiritus, espíritu, alma, aliento. La muerte es el momento que revierte lo que describe el libro de Génesis: “Y Dios formó al hombre del polvo de la tierra e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se volvió un ser vivo” (Génesis 2:7).

El aliento es lo que nos da la vida. Es lo que nos hace humanos y, a la vez, nos otorga una porción de la esencia de Dios. Cuando el aliento parte de nuestro cuerpo, morimos, porque ya no tiene ningún sentido que estemos vivos si perdemos la chispa Divina que teníamos en nuestro interior.

Para evitar que “expiremos” sólo hay una alternativa. Necesitamos estar “inspirados”, reanimarnos con la sabiduría espiritual del alma.

No me atrevo a sugerir, como Dios le advirtió a Iov cuando trató de entender Sus caminos, que podemos comprender o justificar nuestra pandemia global. Sin embargo, sé que de esta tragedia ya surgieron muchas lecciones vitales que pueden “inspirarnos” profundamente. Tenemos que reconocer que este “tiempo afuera” decretado por la Divinidad en nuestros frenéticos estilos de vida y en lo relativo a las normas previas a la pandemia que amenazan a nuestro medioambiente, nuestra salud y nuestras familias, pueden habernos enseñado una perspectiva mucho más sabia. En las palabras que me dijo un adinerado ejecutivo: “Por primera vez en veinticinco años cené cada noche con mi familia, tuve tiempo de recuperar el aliento, de leer, de pensar y de conversar con mis seres queridos”. Quizás hay más verdad de la que él pudo vislumbrar en sus propias palabras. Tal vez podemos llegar a comprender qué gran bendición es ser capaces de detenernos y recuperar el aliento antes de que no seamos capaces de respirar.

Asimismo, después del asesinato de George Floyd, a quien le quitaron cruelmente el regalo divino de la respiración, necesitamos inspirarnos para volver a aprender la simple verdad de que todos fuimos creados a imagen de Dios. El Talmud enseña que la razón por la que Dios formó a todos los seres humanos a partir de la creación de una única persona, fue para recordarnos que quien destruye a una persona, destruye un mundo entero. La tragedia de la muerte de George Floyd necesita despertar algo más que protestas. Para que tenga significado y propósito histórico, debe impulsarnos a generar una ráfaga sanadora de aire fresco, una ráfaga de espíritu Divino que nos recuerde nuestra singularidad compartida como hijos de Dios.