“Las etiquetas son para la ropa, no para las personas”, suelen decir. Una versión más honesta sería esta: “Las etiquetas son para la ropa y para otras personas, ¡pero no te atrevas a tratar de etiquetarme a mí!”.

La mayoría de las personas detestan que les pongan rótulos, pero les encanta etiquetar a los demás. Como seres humanos complejos, nos resistimos a ser reducidos a un prolijo y pequeño paquete. Nuestras almas anhelan ser libres, sin ataduras y auténticas, por lo que nos irrita que nos encierren y nos limiten dentro de las diversas categorías sociales.

Pero las etiquetas también tienen un propósito (aparte del que tienen en las prendas), y un mundo que se resiste en exceso a las etiquetas quizás sea también un mundo que no está cómodo con los límites y las definiciones. Sin duda el deseo de no limitarse a uno mismo es positivo, pero si nunca te limitas ni te defines… ¿entonces quién eres realmente? Una palabra es significativa porque significa algo, pero sólo significa algo porque no significa otra cosa.

Tomemos por ejemplo la etiqueta “judío”. Si la palabra judío significa cualquier cosa que uno desee que sea, entonces la palabra pierde su significado. Esto no significa que la definición de ciertos términos y etiquetas no vayan a ser polémicos y muy debatidos, pero el punto de partida debe ser que es necesaria una definición y esto no es intrínsecamente ofensivo. En un mundo en el que cada vez hay más definiciones subjetivas, se vuelve cada vez más difícil discutir ideas. Al final de cuentas, si cada uno tiene su propia definición de las palabras, ¿cómo podemos usar esas palabras para discutir sobre ideas y mantener una comunicación significativa?

Las etiquetas son constructivas cuando proveen claridad y ayudan a promover el diálogo y el entendimiento. Pero a menudo se las usa para impedir la comunicación.

Esta es la distinción básica entre un uso positivo o negativo de las etiquetas. Las etiquetas son constructivas cuando proveen claridad y ayudan a promover el diálogo y el entendimiento. Pero a menudo se las usa exactamente con el propósito contrario: para descartar a alguien e impedir la comunicación. Conversaciones importantes se interrumpen porque una o ambas partes se niegan a ver más allá de la identidad o de la etiqueta de la persona con la que están conversando para llegar realmente a discutir el contenido.

¿Cuántas veces vimos que alguien intenta aclarar un punto significativo en una discusión política y se lo descarta simplemente diciendo: “¡izquierdista!” o “oligarca!”. El deseo de etiquetar a los demás en este contexto es claro. Si puedo demostrar que alguien es del “otro equipo”, entonces simple y convenientemente puedo rechazarlo en base a su identidad, sin llegar a relacionarme con la sustancia misma de lo que dice. El pensamiento introspectivo o la conversación matizada es mucho más complicada que permanecer en una cámara de eco. La misma dinámica entra en juego cuando se discute sobre religión.

Hace poco completamos el período de las tres semanas y Tishá BeAv, donde guardamos duelo por la destrucción del Templo. Dado que el Templo fue destruido a causa del odio infundado, la manera en que podemos contrarrestarlo es con abundante amor. Superar nuestros egos y nuestras parcialidades, nuestros juicios y nuestra estrechez mental y en cambio abrir nuestros brazos, nuestras mentes y nuestros corazones. Hoy más que nunca esto puede parecer algo imposible, pero siempre fuimos un pueblo que acepta lo imposible.